2ª parte: El peronismo, la vida es un sueño

I. Gob­ier­na el Padre eter­no

           El líder fun­ciona como un kitsch estéti­co, le regala ilusión a quien lo con­sume sin pre­gun­tar nada, les deja un sabor dulzón en el sitio de los deseos, per­manecen felices gozan­do de lo que reciben, la mano que entre­ga la sal de la vida lo hace sin ningún esfuer­zo per­son­al, el boca­do edul­co­ra­do del líder pater­nal­ista lo mas­ti­can en silen­cio, se sien­ten ungi­dos por una mano supe­ri­or.

          La fotografía del líder cuel­ga en la pare­des de todas las escue­las del país, en las comis­arias, en los despa­chos públi­cos, es la ima­gen de un cen­tau­ro mon­tan­do en un cabal­lo tobiano, mira des­de su cabal­gadu­ra a la muchedum­bre, su mira­da pro­tege y sana a los desposeí­dos, su mira­da les renue­va la esper­an­za de cada día, los deja com­placidos.

Car­tel de Raúl Man­te­o­la — 1948 — Museo del Bicen­te­nario, Buenos Aires.

          Perón recorre los bar­rios caren­ci­a­dos en su auto descapota­do, regala pelotas de fut­bol, las número 5, de cuero, en los gajos de cuero esta la cara del líder, con su mejor son­risa, una pelota de cuero pican­do en un baldío, era un sueño que ningún rey mago podía super­ar.

          La masa está domes­ti­ca­da, acep­ta con rui­dosos can­ti­cos apro­ba­to­rios la ver­bal­ización del líder, es apos­tóli­ca, la mul­ti­tud solo quiere su pres­en­cia, escuchar su voz, ver­lo con su peina­do bril­lante de gom­i­na, la cara restal­la por la cre­ma que ocul­ta una vie­ja enfer­medad de la piel, nun­ca por­ta un dis­cur­so escrito, las caras expec­tantes de la Plaza de Mayo, las expre­siones de los mov­i­liza­dos son sufi­ciente inspiración para decir lo que ellos quieren escuchar, pal­abras y gestos del líder son el pan para la muchedum­bre.

          Yo, cernido por la difi­cul­tad de com­pren­der el entra­ma­do históri­co, entro a pun­ta de machete en algunos tramos espe­sos de la his­to­ria, escri­bi­en­do recon­struyo el mito des­de el llano, mis recuer­dos de aquel tren de madera que recibí en una navi­dad, era de la fun­dación Eva Perón. Acari­cia­ba el tren de madera como un tal­is­mán, desea­ba via­jar por mares, mon­tañas, lagos. Mi abue­lo me con­struyó una escalera de madera para trepar a un árbol, des­de su fon­da podía ver el paso de un tren de ver­dad, la for­ma­ción cruz­a­ba por el hor­i­zonte echan­do vapor por su chime­nea, era una visión mág­i­ca para un niño de cin­co años, aque­l­la ima­gen se parecía mucho a un acto prodi­gioso, al bajar del árbol, me reunía con mi tren de madera de la fun­dación Eva Perón, nun­ca olvide aquel primer rega­lo de reyes.

          Perón se mues­tra como el gran cocinero de una real­i­dad ilu­so­ria y tóx­i­ca, per­son­ifi­ca a un vende­dor de fan­tasía, los que siem­pre piden, esper­an ser toca­dos por sus manos, recibir las sales de la bue­naven­tu­ra. Su mujer, Evi­ta, aprende rápi­do, los rescol­dos del poder la motor­izan, se está ganan­do un lugar entre los humildes, será una ima­gen de cul­to; ella encar­ga la rev­olu­ción dis­trib­u­ti­va, el mila­gro de obse­quiar unas casas, una maquinas de coser, unos tornos mecáni­cos para los emprende­dores, canoas a los pescadores del Rio Paraná, col­chones, juguetes, uni­formes esco­lares, mejo­rar las leyes lab­o­rales, leg­is­lar el voto femeni­no.

          “Las mujeres votaran por ella, los hom­bres por mí” decía el gen­er­al. Acer­ta­do. No todas las mujeres, no todos los hom­bres, pero sí los creyentes, los que veían en ellos los mesías del mila­gro de la fe, los quienes luego año­raran “los días felices”, cuan­do la his­to­ria, sin piedad para los fieles, habrá deci­do cam­biar de rum­bo para ben­e­fi­ciar a otras almas.

II. Magia del poder

          Existe una creen­cia bas­tante arraiga­da en la mente de unos argenti­nos, en cuan­to al poder mági­co de sus diri­gentes supre­mos: la del pres­i­dente sal­vador de cuer­po y alma. Así la famil­ia Godoy cel­e­bra­ba la lle­ga­da de su sép­ti­mo hijo varón, Hipól­i­to Godoy. El padre del vásta­go comen­zó a ges­tionar por dis­tin­tas ofic­i­nas públi­cas como con­seguir el padri­naz­go de vásta­go por el pres­i­dente de la nación. Porque el padri­naz­go pres­i­den­cial es el úni­co recur­so ter­re­nal para evi­tar que el sép­ti­mo hijo varón se trans­forme en un lobizón, (un hom­bre lobo). Así el sép­ti­mo hijo de la famil­ia Godoy fue ano­ta­do con el nom­bre de Juan Domin­go, o sea, como el pres­i­dente, como el líder.

           El bautismo con la venia pres­i­den­cial para evi­tar la con­ver­sión del retoño en una bes­tia sedi­en­ta de san­gre. De no cumplirse con lo estip­u­la­do por la igle­sia y el manda­to del gob­ier­no, la mutación en lobizón con­sti­tuirá una mala pren­sa para el gob­ier­no del gen­er­al. Después de dos sem­anas de gestión, Godoy fue escucha­do en las ofic­i­nas del epis­co­pa­do como de la gob­er­nación, le otor­garon una fecha para bau­ti­zar a su sép­ti­mo hijo. Todos fes­te­jan, el pueblo fes­te­ja, nada va a cam­biar, todo vuelve a estar en armonía. La unción pres­i­den­cial ha sal­va­do el hijo de la maldición.

          Den­tro de esta mez­cla de real­i­dad cotid­i­ana y de irra­cional­i­dad, soy par­ticipe de la expe­ri­en­cia viva, mi memo­ria es par­cial, indi­vid­ual y colec­ti­va, crecí en un país que no me per­mite com­pren­der su entra­ma­do políti­co, inten­to una primera aprox­i­mación, solo me deja ver un entrete­ji­do de inco­heren­cia, de con­tradic­ciones, de cor­rup­ción, al recor­rer la andadu­ra políti­ca la expli­cación me lle­ga a través de la fic­ción, el per­o­nis­mo en su trayec­to­ria deja pis­tas fal­sas, unos mon­ta­jes des­ti­na­dos a dar viso de ver­dad a supuestos hechos, a sen­timien­tos de inten­ción, a gestos que se ago­taron en ade­manes, en amagues.

          Poseo frag­men­tos de com­pren­sión, son ecos y som­bras de una ver­dad esqui­va, bus­co el dato ausente, la nota que me ayude a inter­pre­tar el laber­in­to por donde se escurre la his­to­ria de un país que se ovil­la en su pro­pio cre­do, la real­i­dad Argenti­na es un ani­mal mon­tuno, siem­pre esqui­vo al análi­sis y la com­pren­sión.

          Los argenti­nos deam­bu­lan como sonám­bu­los en un mun­do que no recono­cen como pro­pio, después de 70 años seguimos escuchan­do el mis­mo concier­to, el mis­mo griterío, rep­re­sen­tan el refle­jo reprim­i­do de una his­to­ria trág­i­ca. Los acon­tec­imien­tos se vuel­ven eva­sivos, es nece­sario usurpar bue­nas her­ramien­tas de la fic­ción para poder con­tar­las, el zigzagueo de la políti­ca argenti­na requiere imprim­ir un efec­to pre­for­ma­ti­vo para escribir­lo, dar­le algún viso de entendimien­to sat­is­fac­to­rio a lo redac­ta­do.

III. Los diri­gentes y la super­sti­ción

          La his­to­ria de los golpes de esta­do mar­ca nues­tra deca­den­cia, comien­za en 1930, luego se fueron repi­tien­do: en el 1943, 1955, 1962, 1966, 1976, un golpe de esta­do cada diez años, una inter­rup­ción del pro­ce­so democráti­co, una suerte de noria infini­ta rodan­do hacia un abis­mo. El pasa­do es repet­i­ti­vo como una pas­mosa maldición india. Niet­zsche observó que los seres humanos no podemos sopor­tar demasi­a­da real­i­dad y que a menudo la ver­dad es mala para la vida. El país en su andar olvidó el pasa­do, olvidó que el pasa­do no pasa nun­ca, es solo una parte o una dimen­sión del pre­sente, —lo dijo Faulkn­er—, es posi­ble que el líder nun­ca leyó a Faulkn­er, perdió de vista la obser­vación del gran escritor del sur de los Esta­dos Unidos.

          No es un secre­to que los pres­i­dentes argenti­nos oculta­ban una mar­ca­da per­son­al­i­dad super­sti­ciosa, en la intim­i­dad del poder con­sulta­ban a bru­jos y videntes antes de tomar una decisión impor­tante, famoso augures ingresa­ban a la Casa Rosa­da man­da­dos a lla­mar por el primer mag­istra­do.

          Hipól­i­to Jesús paz, quien fue can­ciller entre 1949 y 1951 del primer gob­ier­no de Perón, ase­guro en sus memo­rias que Juan Domin­go Perón solía recur­rir a un vidente lla­ma­do Míster Lock, al augur lo “pro­tegía y admira­ba” el Min­istro de Salud Públi­ca de la época, Ramón Car­ril­lo. Las con­sul­tas al vidente se inter­rumpieron por la inter­ven­ción direc­ta de Evi­ta, que no creía en bru­jas ni en videntes y fue ter­mi­nante con Míster Lock: “retírese, no vuel­va más, porque aquí la úni­ca que le lee el futuro al gen­er­al soy yo”.

          Muer­ta Eva, Perón comen­zó a con­ver­sar con fre­cuen­cia con el Her­mano Lalo (Hilario Fer­nán­dez, un español) que dirigía la neo espiri­tista Escuela Cien­tí­fi­ca Basilio.

          Como ocurre en el real­is­mo mági­co, en el real­is­mo políti­co, el per­o­nis­mo como un fenó­meno social mís­ti­co, puede romper el orden lógi­co de las cosas, y en ese con­tex­to, cualquier acon­tec­imien­to puede resul­tar inverosímil, revesti­do de magia.

          “Fue de casa en casa arras­tran­do dos lin­gotes metáli­cos, y todo el mun­do se espan­to al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes caían de su sitio, y las maderas cru­jían por la deses­peración de los calvos y los tornil­los tratan­do de desclavarse, y aun los obje­tos per­di­dos des­de hacía mucho tiem­po aparecían por donde más se les había bus­ca­do, y se arras­tra­ban en des­ban­da­da tru­cu­len­ta detrás de los fier­ros mági­cos de Melquiades”.

                                                             Cien años de soledad, Gabriel Gar­cía Márquez.

Manuel Sil­va — 2021

 

1a parte: esperando al mesías

           “Muchos años después, frente al pelotón de fusil­amien­to, el coro­nel Aure­liano Buendía había de recor­dar aque­l­la tarde remo­ta en que su padre lo lle­vo a cono­cer el hielo”.

           Es el magis­tral ini­cio de “Cien años de soledad” de Gabriel Gar­cía Márquez, el creador del real­is­mo mági­co.

I. Encan­tos

          En Argenti­na, el real­is­mo mági­co lle­ga de la mano de un líder pater­nal­ista, mucho antes de la apari­ción de la nov­ela “Cien años de soledad”. El hom­bre que deja el cuar­tel y se trepa al potro de la políti­ca, es obser­vador, dis­ci­plina­do, empa­pa­do por los conocimien­tos sis­temáti­cos de Karl von Clause­witz, al primer golpe de vista sabe lo que le fal­ta y tam­bién lo que le sobra, dom­i­na con bue­nas artes la tác­ti­ca y la estrate­gia, procu­ra pon­er de su lado el tiem­po y el espa­cio, como el tem­po­rizador de su andadu­ra.

           Es el hom­bre indi­ca­do, dice su com­pañera, el guiará a los tra­ba­jadores hacia un ter­ri­to­rio de glo­ria, será el Moisés guian­do un pueblo por el desier­to de caren­cia y dubita­ciones. Su com­pañera, la que cono­ció aquel día del ter­re­mo­to de San Juan, entre las piedras de un pueblo destru­i­do por el cat­a­clis­mo telúri­co, entre las ruinas del sis­mo, está a su lado, radi­ante, llena de energías, ella lo mira con ojos desafi­antes, con una mira­da sev­era, deja ver la seguri­dad de un feli­no, lo tiene en su cam­po visu­al, próx­i­mo a sus gar­ras. Él la con­tem­pla con la vehe­men­cia de un mís­ti­co, se deja invadir por su encan­to, esa mujer surgi­da de entre los escom­bros de la con­vul­sión telúri­ca es el epi­cen­tro de su aten­ción. Guar­da una dis­tan­cia pru­dente, la nece­saria para no perder­lo de vista, actúa como una lám­para, le alum­bra el camino de ruinas. El líder se mueve seguro, sabe con certeza donde plan­ta sus botas, ve con clar­i­dad rayana las necesi­dades rizoma­man­do en el cam­po social, bulle frente a una muchedum­bre en situación de caos, sus pal­abras llanas son sufi­cientes para remover los resabios de la furia telúri­ca, su voz atem­per­a­da los acom­paña, por un momen­to se olvi­dan de la catástrofe, de los gob­ier­nos con­ser­vadores, jun­tas mil­itares y obis­pos lúbri­cos.

Juan Per­on y Evi­ta

          Como en el teatro piran­del­liano, los per­son­ajes salen a bus­car un autor, al final lo encuen­tran, son los após­toles del per­o­nis­mo: los diri­gentes de los sindi­catos, los pun­teros políti­cos, los cap­i­tanes de empre­sa, las damas de la cari­dad, todos dis­puestos a ganar un lugar donde nutrirse del poder, todos medran y se ben­e­fi­cian, el líder los con­tem­pla y a cada uno les pone un pre­cio.

          Siem­pre aten­to al mur­mul­lo enfer­mi­zo que trans­mite la muchedum­bre, sabe en qué momen­to dar un golpe de timón, cam­bia el rum­bo de su dia­tri­ba, mod­era los vien­tos aven­tan­do de popa, con la mis­ma par­si­mo­nia les habla a los empre­sar­ios, a los man­dos mil­itares, a los pur­pu­ra­dos, a los campesinos empan­tana­dos en la mis­e­ria, tiene el tono medi­do para cada uno, elige el momen­to opor­tuno para sat­is­fac­er sus deseos inmedi­atos.

II. Luz de los humildes

          La clase tra­ba­jado­ra en los ini­cios del per­o­nis­mo hervía de inqui­etudes, los sindi­catos con­sol­id­a­ban su poder, bus­ca­ban unas fig­uras fuertes en donde apun­ta­larse, al mesías capaz de fun­dar un mejor por­venir, un catal­izador de las necesi­dades de los más humildes. En 1945 acon­tece su apari­ción, como un cátaro trae una nue­va real­i­dad, emite una ora­to­ria campechana, les habla de igual a igual, ya elaboró la sal­sa que coci­nará el esper­a­do boca­do de la sat­is­fac­ción.

          El inte­ri­or del país se mov­i­liza a la Cap­i­tal Fed­er­al, los trenes lle­gan abar­ro­ta­dos de famil­ias, no traen val­i­jas, care­cen de equipa­je, bajan del tren con lo puesto, solo quieren estar cer­ca de la magia, recibir en algún momen­to la ben­di­ción del líder. La gran cap­i­tal comien­za a mutar de col­or, otras voces resue­nan en las calles siem­pre ilu­mi­nadas de Buenos Aires, son los “cabecitas negras” o “los grasas del inte­ri­or” tran­si­tan bul­li­ciosos por las calles porteñas, un nue­vo col­or de piel se cua­ja en la mul­ti­tud.

           El per­o­nis­mo des­cubre en el andar que el pasa­do no pasa nun­ca, el pasa­do dom­i­na al pre­sente y se pro­lon­ga hacia el futuro. El dis­cur­so no logra atem­per­ar la fran­ca descon­fi­an­za en los esta­men­tos altos de la sociedad porteña, en espe­cial, en la igle­sia, el per­son­al de las Fuerzas Armadas, se inqui­etan, la reac­ción inmedi­a­ta es xenó­fo­ba, racista, no sopor­tan ver a aque­l­los indi­vid­u­os nece­si­ta­dos de tra­ba­jo llenan­do las calles de la gran ciu­dad de Buenos Aires, son los huér­fanos históri­cos, son señal­a­dos de man­era pey­ora­ti­va, los lla­man “cabecitas negras”, descamisa­dos”, el líder y su esposa lo saben, la nue­va olea­da de “los cabezas” son el respal­do de su gob­ier­no.

          La mira­da de indio del líder, esa mira­da que no tra­sun­ta ningu­na ima­gen, ningún sen­timien­to por den­tro, su voz cau­ti­va, emite las pal­abras abso­lu­tas, grandilocuentes, las que espera escuchar la mul­ti­tud, sabe como otor­gar­le otro sen­ti­do a una mis­ma acción, se mues­tra como la polea de trans­misión de una maquina de com­plac­er, de dar­le for­ma a los deseos de los más nece­si­ta­dos, está allí para sal­var, para otor­gar­les val­or a los que no tienen val­or.

          Si su energía físi­ca y su ora­to­ria pun­tu­al ganan espa­cio entre las masas tra­ba­jado­ras, tam­bién se gana el mal humor en la clase media alta, el descon­tento de los man­dos mil­itares, los obis­pos en sus homilías arro­jan dar­d­os pon­zoñosos a la gestión guber­na­men­tal.

          La real­i­dad de la políti­ca argenti­na pre­sen­ta una lóg­i­ca demen­cial, escur­ridiza, se exhibe imposi­ble de nar­rar, para los pro­pios y los extraños. El argenti­no de a pie está con­de­na­do a saber esper­ar, como decía Charles Ives, «saber esper­ar lo que viene, níti­do, invis­i­ble, como la silue­ta de una mari­posa con­tra la tela vacía».

          En la atmos­fera políti­ca flota siem­pre una prome­sa, un con­juro, la magia del líder que sabe con­stru­ir expec­ta­ti­vas, solu­ciones a un futuro que nun­ca cobra for­ma. Allí están las necesi­dades de sus gob­er­na­dos, con la mejor son­risa, con la pal­abra dul­ci­fi­ca­da les expli­ca a los que esper­an: el pasa­do no pasa nun­ca, vuelve como una rue­da den­ta­da, muerde el pre­sente, lo destruye, lo barniza, luego lo ofrece como el por­ten­to de todas las solu­ciones.

          El sil­lón de Riva­davia fun­ciona como un tram­polín, des­de allí se lan­zará a dom­i­nar los esta­men­tos de la sociedad, será el gran direc­tor de orques­ta, tocará todos los instru­men­tos, entonará can­ti­cos gre­go­ri­anos de un nue­vo tiem­po, todos baila­ran al rit­mo de su músi­ca, la músi­ca doma a las fieras, crea emo­ciones, estoy seguro que tam­bién cal­ma a los ham­bri­en­tos, a los más humildes, los desh­ereda­dos, ellos rezarán por el líder, pedirán por su salud, por el esta­do de gra­cia de su com­pañera, cada noche, antes de acostarse mirarán el retra­to col­ga­do en la pared con su tra­je mil­i­tar.

                                                                                   Manuel Sil­va — 2021

(Con­tin­uará en parte 2)

1ère partie : l’attente du messie

« Bien des années plus tard, face au pelo­ton d’exécution, le colonel Aure­liano Buendía devait se rap­pel­er ce loin­tain après-midi au cours duquel son père l’emmena faire con­nais­sance avec la glace »

          Tel est le début magis­tral de « Cent ans de soli­tude », de Gabriel Gar­cía Márquez, un des écrivains phares du réal­isme mag­ique.

I. Enchante­ments

          En Argen­tine, le réal­isme mag­ique arrive par l’entremise d’un leader pater­nal­iste, bien avant la pub­li­ca­tion du roman « Cent ans de soli­tude ». Celui qui aban­donne la caserne pour enfourcher le destri­er de la poli­tique est un homme obser­va­teur, dis­ci­pliné, pénétré des enseigne­ments de Karl Von Clause­witz ; d’emblée il sait éval­uer ses qual­ités et ses failles, il maitrise à la per­fec­tion l’art de la tac­tique et de la stratégie, sait utilis­er à son prof­it le temps et l’espace à son pro­pre rythme.

          Sa com­pagne dira de lui : « Il est l’homme par­fait, il saura guider les tra­vailleurs sur un chemin glo­rieux, il sera le Moïse guidant son peu­ple à tra­vers le désert de la dis­ette et du doute ». Cette com­pagne, c’est celle qu’il a ren­con­trée ce fameux jour du trem­ble­ment de terre de San Juan, par­mi les décom­bres d’une ville rav­agée par le cat­a­clysme, par­mi les ruines occa­sion­nées par le séisme. Elle est à ses côtés ; radieuse, énergique, elle lui jette un regard de défi, sévère, lais­sant poindre l’assurance d’un félin, elle ne le perd jamais de vue, le gar­dant tou­jours à prox­im­ité de ses griffes. Lui la con­tem­ple avec la pas­sion d’un mys­tique, envouté par ses charmes, cette femme sur­gis­sant des ruines tel­luriques devient l’épicentre de son atten­tion. Elle garde une dis­tance pru­dente, juste assez pour le garder dans son champ de vision, elle est comme une lumière lui éclairant le chemin entre les décom­bres. Le leader est sûr de lui, il sait avec exac­ti­tude où pos­er ses bottes, il a une con­science nette des néces­sités du peu­ple, il bouil­lonne d’idées face à la foule prise dans le chaos, ses mots sim­ples suff­isent à effac­er les stig­mates de la cat­a­stro­phe, sa voix chaude ras­sure les gens et pour un instant ils oublient tous leurs tra­cas, le drame, les gou­verne­ments con­ser­va­teurs, les juntes mil­i­taires et les évêques lubriques.

Juan Per­on et Evi­ta

          A l’instar du théâtre piran­del­lien, des per­son­nages sor­tent en quête d’auteur, qu’ils finis­sent par ren­con­tr­er, et voilà les nou­veaux apôtres du péro­nisme : dirigeants de syn­di­cats, poli­tiques aux dents longues, cap­i­taines d’industrie, dames patron­ness­es, tous sont prêts à s’asseoir à la table où ils se nour­riront du pou­voir, tous accourent à la gamelle, et le leader les regarde, attribuant un juste prix à cha­cun d’entre eux.

          Atten­tif au bruisse­ment con­tagieux de la foule, il sait pré­cisé­ment quand don­ner un coup de barre, chang­er le cours de sa dia­tribe, gér­er calme­ment les vents arrières, avec le même calme il par­le aux patrons aus­si bien qu’aux empour­prés et aux paysans englués dans la mis­ère, il adopte le ton juste avec cha­cun, sachant choisir le bon moment pour sat­is­faire leurs désirs immé­di­ats.

II. Lumière des hum­bles

          Au com­mence­ment du péro­nisme la classe ouvrière est en ébul­li­tion. Les syn­di­cats con­soli­dent leur pou­voir, cher­chant des fig­ures majeures sur lesquelles s’appuyer, un messie capa­ble de dessin­er un avenir meilleur, catal­y­seur des besoins des plus pau­vres. Il appa­rait en 1945, por­tant avec lui, comme un cathare, une réal­ité nou­velle, un dis­cours pop­uliste, il par­le d’égal à égal, élab­o­rant déjà la sauce qui liera le tant espéré plat des espoirs comblées.

          Et voilà que le pays tout entier se met en marche, des trains bondés par­tent pour la cap­i­tale, des voyageurs sans bagage descen­dent sur les quais sans autre richesse que les vête­ments qu’ils por­tent, car ils ne vien­nent que dans un seul but, approcher le mage et recevoir sa béné­dic­tion. La ville prend de nou­velles couleurs, partout réson­nent des voix nou­velles, voici les « cabecitas negras » les « grasas del inte­ri­or » qui chahutent les rues, voici qu’une nou­velle couleur de peau vient détein­dre sur la pop­u­la­tion.

          Le péro­nisme se rend compte en pas­sant que le passé ne meurt jamais, le passé domine le présent et se pro­longe dans le futur. La teneur du dis­cours ne ras­sure pas les hautes class­es de la société, en par­ti­c­uli­er l’Eglise et les mil­i­taires que ce mes­sage préoc­cupe. La réac­tion, xéno­phobe, raciste, est immé­di­ate, la vision de tous ces néces­si­teux, ces orphe­lins de l’histoire, envahissant les rues de la grande ville, accla­mant le leader et sa femme, leur est insup­port­able, ils les affublent de surnoms péjo­rat­ifs, «têtes noires», «sans chemise»…

          Le regard d’indien du leader, ce regard qui ne cache aucune image, aucun sen­ti­ment intérieur, est par­faite­ment trans­par­ent. Sa voix envoutante émet des paroles absolues, grandil­o­quentes, ce sont ces mots que la foule veut enten­dre, il sait com­ment don­ner un sens dif­férent à des actions pour­tant sem­blables, il est comme la cour­roie de trans­mis­sion d’une machine à com­plaire, à don­ner corps aux espoirs des plus hum­bles, il est venu les sauver, don­ner de la valeur à tous ceux qui jusqu’ici n’en avaient aucune.

          Mais si son énergie et son dis­cours ont le pou­voir de soulever les mass­es laborieuses, il provoque en même temps l’agacement des class­es moyennes supérieures, le mécon­tente­ment des états-majors mil­i­taires, et dans leurs ser­mons les évêques fusti­gent la ges­tion gou­verne­men­tale.

          La réal­ité poli­tique argen­tine prend un tour démen­tiel, insai­siss­able, elle devient incom­préhen­si­ble, pour les locaux autant que pour les étrangers. L’Argentin moyen est con­damné à l’attente, comme le dis­ait Charles Ives «savoir atten­dre ce qui s’annonce, net, invis­i­ble, comme la sil­hou­ette d’un papil­lon con­tre la toile vide».

          Dans l’atmosphère poli­tique flotte en per­ma­nence une promesse, une incan­ta­tion, la magie du leader qui sait créer l’expectative, trou­ver des solu­tions pour un avenir qui ne prend jamais corps. Il exprime les besoins de ses conci­toyens, le fait avec son meilleur sourire, ses mots sucrés dis­ent à ceux qui espèrent que jamais le passé ne meurt, il tourne à la manière d’une roue den­tée, mor­dant le présent, le détru­isant, l’enduisant de ver­nis, pour l’offrir ensuite comme la clé de tous les prob­lèmes.

          Le fau­teuil de Riva­davia est le trem­plin d’où il s’élance pour par­tir à la con­quête de toutes les couch­es sociales, il sera le grand chef d’orchestre, jouera de tous les instru­ments à la fois, il enton­nera les chants gré­goriens des temps nou­veaux, tous danseront au rythme de sa musique, cette musique qui dompte les bêtes sauvages, crée des émo­tions, je suis sûr qu’elle apaise aus­si les affamés, les plus hum­bles, les déshérités, qui prieront pour leur leader, pour sa san­té, pour l’état de grâce de sa com­pagne, et qui chaque soir avant de se couch­er auront un regard vers le por­trait accroché au mur où il pose dans son plus beau cos­tume mil­i­taire.

(A suiv­re)

***

Petit glos­saire (éventuelle­ment) utile :

Trem­ble­ment de terre de San Juan : le 15 jan­vi­er 1944, a eu lieu dans la province de San Juan (500 km à l’ouest de Buenos Aires) le séisme le plus destruc­teur de l’histoire argen­tine. Juan Perón, alors min­istre du gou­verne­ment mil­i­taire de Pedro Ramírez, s’y était ren­du dans le cadre de ses fonc­tions. C’est là qu’il a ren­con­tré sa future épouse Eva Duarte.

Cabecitas negras, grasas del inte­ri­or : lit­térale­ment, “Têtes noires”, “Grais­seux de l’intérieur », surnoms péjo­rat­ifs don­nés (encore aujourd’hui, hélas) aux Argentins d’origine indi­enne, émi­grant de leurs provinces du nord et de l’ouest vers la cap­i­tale.

Le fau­teuil de Riva­davia : Bernadi­no Riva­davia (1780–1845) fut le pre­mier chef d’état offi­ciel de l’Argentine indépen­dante, alors encore nom­mée «Provinces unies du Rio de La Pla­ta».

Adap­ta­tion française PV.

 

Encargados de edificios en Buenos Aires

1. Encar­ga­dos de acá y de allá

          Hablam­os hoy de una pro­fe­sión que casi desa­pare­ció del paisaje de las cap­i­tales euro­peas: la de los porteros. O, mejor dicho, de los encar­ga­dos de edi­fi­cios.

          Los más ancianos den­tro de nosotros quizás recor­darán que has­ta los años 70, cada edi­fi­cio parisi­no con­ta­ba con su “loge”, un depar­ta­men­to minús­cu­lo donde vivía, con toda su famil­ia, la “concierge”, la portera. Digo “la”, ya que en la may­oría de los casos, en Paris el ofi­cio lo ocu­pa­ba una mujer. ¿En qué con­sistía ese ofi­cio? Muchas cosas dis­tin­tas. Ella recogía el correo, y luego lo repartía entre los moradores. Del mis­mo modo, ellos podían deposi­tar sus sobres en la portería. Tenía la respon­s­abil­i­dad del buen esta­do de las partes colec­ti­vas del edi­fi­cio – entra­da, escaleras, rel­lanos, ascen­sores… — percibía para los propi­etar­ios los alquil­eres, hacía vis­i­tar los depar­ta­men­tos vacíos a los futur­os inquili­nos, servía de inter­me­di­ario entre los inquili­nos y los dueños cuan­do esos vivían a lo lejos, con­trata­ba a los arte­sanos para los arreg­los nece­sar­ios, abría el por­tal e indi­ca­ba los pisos y/o número de depar­ta­men­tos a los vis­i­tantes. Eso durante el día. Pero tenía que tra­ba­jar de noche, casi. Porque de noche, el por­tal qued­a­ba cer­ra­do, así que los vis­i­tantes – y los moradores – para entrar o salir tenían que lla­mar a la puer­ta y men­cionar su apel­li­do, y la portera, des­de su cama, tenía que “tirar del cordón” para abrir la puer­ta.

          Como se puede deducir, la portera parisi­na tenía mucho con­trol sobre todo lo que entra­ba, salía o pasa­ba por su edi­fi­cio. Sabía más o menos quién escribía a quien, quién vis­ita­ba a quien, y cuán­do, quién salía y a qué hora, y muchas veces recibía las con­fi­den­cias de los moradores más char­la­tanes. De allí que tenían esa fama de chis­mosas, has­ta la pal­abra “concierge” se vuel­vo sinón­i­mo de cotil­la y entrometi­da. Una fama bas­tante mere­ci­da, lamen­to decir­lo.

          Pero en Fran­cia esa hon­or­able pro­fe­sión desa­pare­ció del todo. ¿El por­tal? Se abre con un códi­go dig­i­tal. ¿El correo? El cartero tiene las llaves y se las arregla para repar­tir­lo en los cor­re­spon­di­entes buzones. ¿La limpieza? Una empre­sa se hace car­go, una hora o dos al día, a veces menos, y los/las empleados/as tienen que hac­er­lo todo en el tiem­po impar­tido, sea posi­ble o no. ¡Garan­tía de cual­i­dad! O no. ¿El alquil­er? ¿Las vis­i­tas de depar­ta­men­tos vacíos? Ver con la agen­cia. ¿Las obras nece­sarias? Ver con el admin­istrador. Si el ascen­sor tiene una avería, si se tiene que cam­biar una bom­bil­la en el rel­lano, ten­er pacien­cia. El admin­istrador es un hom­bre muy ocu­pa­do, tiene prob­le­mas mucho más impor­tantes que tratar. ¿Por qué cree ust­ed que lo tiene que pagar tar­i­fa tan alto? Porque es un hom­bre impor­tante y muy ocu­pa­do, el admin­istrador.

          Pues seño­ras y señores, fíjense ust­edes que nue­stros ami­gos porteños no tienen esos prob­le­mas. Ellos supieron con­ser­var, para la may­oría de sus edi­fi­cios, esa per­sona de carne y hue­so, por lo gen­er­al disponible y suma­mente acoge­do­ra. Acoge­dor, ten­dría que decir, ya que al con­trario de Paris, casi todas las porteras de Buenos Aires son porteros.

          Ellos tam­bién viv­en en una portería del piso bajo, más o menos amplía según la gen­erosi­dad del con­struc­tor o de los propi­etar­ios. Unos viv­en acá con su famil­ia, cuan­do hay bas­tante espa­cio, otros pre­fieren vivir en otro sitio, a veces en otro bar­rio. Y es que los encar­ga­dos porteños no tienen que estar pre­sentes las 24 horas. Des­cansan los fines de sem­ana, por lo menos a par­tir de las 12 los sába­dos. En tal caso, el admin­istrador con­tra­ta a un susti­tu­to.

Despa­cho de encar­ga­do- Buenos Aires

          Si me refiero a lo que exper­i­men­té durante mis varias estancias en Argenti­na, los encar­ga­dos son gente amable, disponible, acoge­do­ra y agrad­able. Al con­trario de sus cole­gas parisi­nos, se pueden encon­trar sin prob­le­ma cuan­do uno los nece­si­ta. Cuan­do no están tra­ba­jan­do en las escaleras, están en la entra­da, donde dispo­nen de un pequeño despa­cho para recibir a la gente. Es más: muchas veces, están en la vere­da delante del por­tal, char­lan­do con un morador, un transeúnte, un veci­no o el dueño de la tien­da de enfrente. Unos, con mucho esti­lo, lle­van uni­forme: tra­je oscuro, cor­ba­ta, gor­ra, botones dora­dos… En rig­or de ver­dad, tienen dos tipos de tra­jes. Por la mañana, cuan­do tra­ba­jan en la limpieza o unos arreg­los, tra­je de tra­ba­jo man­u­al, pan­talones y cha­que­ta (saco, en castel­lano argenti­no) de tela azul o mar­rón. Por la tarde, se hal­lan detrás de su escrito­rio en la entra­da, y vis­ten el tra­je “de recep­ción”. Pero cual sea el caso, los van a recono­cer en segui­da.

Encar­ga­dos de edi­fi­cios en recep­ción

          Amables y acoge­dores, sin lugar a dudas. Pero ojo que son muy aten­tos. Ni hablar de dejar entrar a un inde­seable en el edi­fi­cio, los encar­ga­dos están vig­i­lan­do. Para entrar, hay que ten­er motivos hon­estos, que si no, no les van a dejar pasar. Los moradores pueden dormir tran­qui­los: ningún vende­dor de aspi­radores podrá subir has­ta su piso. Bueno, podrá inten­tar lla­mar­le des­de el por­tal. Tam­poco Buenos Aires es una ciu­dad antic­ua­da, y cada edi­fi­cio cuen­ta con un inter­fono. Pero ojo que aunque pue­da pasar el por­tal, ¡es muy prob­a­ble que vaya a ten­er que con­tes­tar la pre­gun­ta del encar­ga­do!

          Disponibles lo son. Los moradores siem­pre pueden solic­i­tar­los cuan­do lo nece­si­tan. Los encar­ga­dos de edi­fi­cios de Buenos Aires son muy ver­sátiles, capaces de resolver todos los pequeños prob­le­mas de la vida cotid­i­ana en un edi­fi­cio. Fre­gadero obstru­i­do, per­siana dete­ri­o­ra­da, ascen­sor blo­quea­do (eso pasa a menudo en la cap­i­tal argenti­na, donde los ascen­sores son por lo gen­er­al bas­tante antigu­os), el encar­ga­do de edi­fi­cio porteño está acá para sacar­le del lío. Conoce muy bien el bar­rio: así que no dude en pedirle infor­ma­ción, dónde se puede encon­trar el mejor restau­rante de la zona, un buen médi­co, un den­tista, que colec­ti­vo lle­va a tal lugar, como con­seguir un taxi sin necesi­dad de ir andan­do media hora, etc…

Char­lan­do delante del por­tal

          O sea que nue­stros ami­gos porteños tienen suerte. Den­tro de un mun­do cada vez más des­en­car­na­do, rep­re­sen­tan la pres­en­cia humana impre­scindible que está fal­tan­do cada vez más en nue­stro ambi­ente robo­t­i­za­do. Cada vez más esta­mos hablan­do con maquinas, fal­tan inter­locu­tores en carne tré­mu­la, lo cual gen­era estrés, irritación, sen­timien­to de impo­ten­cia frente a los pequeños prob­le­mas de la vida cotid­i­ana. Pero guardamos la esper­an­za: en Paris, recién empezamos a ver como vuel­ven los “concierges”, lo que demues­tra clara­mente su util­i­dad y el deseo de la gente de ten­er inter­locu­tores direc­tos en sus edi­fi­cios.

2. Tes­ti­mo­nio de un portero de Buenos Aires

          Durante mi estancia en Buenos Aires, en 2020, tuve la suerte de encon­trar en el edi­fi­cio donde vivía un encar­ga­do del edi­fi­cio encan­ta­dor. Un hom­bre tan amable como cul­to, y recuer­do con mucha nos­tal­gia nues­tras char­las en todos los temas, así como nue­stros inter­cam­bios sobre nues­tras cul­turas respec­ti­vas. Has­ta me hizo el hon­or de su casa, él y su esposa no me dejaron pasar la cena de Nochebue­na solo, me invi­taron a com­par­tir la suya, con sus dos hijos. A pesar de la dis­tan­cia, todavía quedamos en con­tac­to casi a diario, y acep­tó colab­o­rar en ese artícu­lo, con­te­s­tando mis pre­gun­tas y mandán­dome unas fotos. Le agradez­co mucho su amis­tad, así como la de toda su famil­ia. Un orgul­lo y un plac­er cono­cer­los.

Siguen sus respues­tas a mi pequeña entre­vista, sobre su ofi­cio.

¿Puedes pre­sen­tarte un poco, tu nom­bre, edad, famil­ia?
Mi nom­bre es Ben­i­to Romero, ten­go 55 años. En mi famil­ia somos 4 mi esposa mis dos hijos (varón /mujer) y yo.

¿Eres encar­ga­do de edfi­cio des­de que empeza­ste a tra­ba­jar, o tenías otro ofi­cio antes?
Soy encar­ga­do de edi­fi­cio des­de hace 18 años antes de eso tra­ba­je 18 años en un com­er­cio.

¿En qué con­siste tu tra­ba­jo?
Mi tra­ba­jo con­siste en la limpieza y el man­ten­imien­to gen­er­al del edi­fi­cio en el que tra­ba­jo, ver­i­ficar que fun­cio­nen bien los ascen­sores, las bom­bas de agua, las luces, recep­ción y repar­to de cor­re­spon­den­cia, y todo lo que haga al fun­cionamien­to nor­mal de un edi­fi­cio.

Ben­i­to tra­ba­jan­do por la mañana

¿Cuáles son tus horar­ios de tra­ba­jo?
Tra­ba­jo en horario cor­ta­do, a la mañana des­de las 7 has­ta las 12 y a la tarde des­de las 17 has­ta las 21.

¿Qué es lo que más te gus­ta en este ofi­cio?
Lo que más me gus­ta de este tra­ba­jo, es que uno inter­ac­túa con­stan­te­mente con todo tipo de per­sonas y conoce y se hace ami­go de mucha gente de difer­entes clases sociales.

¿Tenés un buen suel­do? Sin decir lo que ganas exac­ta­mente, ¿Por lo menos puedes com­parar con otro(s) oficio(s) más o menos equiparable(s)?
Yo ten­go un buen suel­do puedo lle­gar a fin de mes hol­gada­mente porque ten­emos un plus en el que cuan­ta más antigüedad ten­gas mejor suel­do tenés. Este gremio esta en el medio del escalafón salar­i­al com­para­do con otros gremios.

¿Existe un gremio de porteros?
En Argenti­na ten­emos un gremio de porteros grande y fuerte. Grande a niv­el de afil­i­a­dos y fuerte porque es respeta­do tan­to por los otros gremios como así tam­bién por los empleadores. Es el úni­co gremio que tiene una uni­ver­si­dad para los hijos de los tra­ba­jadores.

¿Cono­ces a muchos otros porteros? ¿En tu calle/barrio/ciudad?
Somos gente muy comu­nica­ti­va por eso en el bar­rio nos cono­ce­mos casi todos, nos encon­tramos por la calle, el super­me­r­ca­do, la panadería , la escuela y así se con­for­ma una lin­da comu­nidad de porteros.

En Paris desa­parecieron poco a poco los porteros en los años 70–80. Hoy quedan pocos. ¿Cuál es la ten­den­cia en Buenos Aires?
En Buenos Aires es un gremio que tam­bién tiende a desa­pare­cer con el tiem­po, hay lugares donde cuan­do se jubi­la el portero ya no lo reem­plazan, ponen empre­sas de limpieza y así se va ter­cer­izan­do todo.

¿Puedes con­tarnos una anéc­do­ta que ocur­rió cuan­do estabas tra­ba­jan­do?
Mis anéc­do­tas son siem­pre con los niños. Me gus­tan mucho los chiq­ui­tos y había una pare­ja joven que alquilaron un depar­ta­men­to en el edi­fi­cio; al poco tiem­po, la seño­ra que­do embaraza­da y nació un niño que vi cre­cer has­ta que se mudaron dos años después.
Unos meses después, sue­na el tim­bre de casa y al respon­der ¡escu­cho una voce­si­ta que pre­gun­ta por mi! Ese día recibí uno de los más her­mosos abra­zos de mi vida. Todavía a pesar de la edad se acord­a­ba de mi !!!!!! El car­iño y la ter­nu­ra de mi ami­gu­i­to fue algo que me con­movió, aun hoy cuan­do me acuer­do o lo cuen­to me emo­ciono.

Ben­i­to Romero

Concierges de Buenos Aires

1.LES CONCIERGES D’ICI ET DE LA-BAS

          Voilà bien une pro­fes­sion pour­tant très utile qui a pra­tique­ment dis­paru de nos cap­i­tales européennes : celle des concierges d’immeubles. Les plus anciens d’entre nous se sou­vien­dront peut-être que jusque dans les années soix­ante-dix, chaque immeu­ble parisien était doté, à son rez-de-chaussée, d’une petite loge où vivait, avec sa famille, la concierge. Je dis «la», car dans l’immense majorité des cas, il s’agissait d’une femme. Que fai­sait-elle dans l’immeuble ? Plein de choses. C’est elle qui rece­vait, puis dis­tribuait le cour­ri­er des rési­dents, elle qui était chargée de main­tenir les espaces com­muns en bon état de pro­preté, qui sor­tait les poubelles col­lec­tives, qui perce­vait les loy­ers des éventuels locataires, qui fai­sait vis­iter les apparte­ments vacants, qui fai­sait l’intermédiaire avec les pro­prié­taires dis­tants, qui se chargeait de sol­liciter les entre­pris­es de répa­ra­tions, elle encore qui indi­quait aux vis­i­teurs l’étage des vis­ités, elle enfin qui con­trôlait stricte­ment l’accès des dits vis­i­teurs à l’immeuble. Et même l’accès tout court, car il fut une époque où elle devait ouvrir à tous ceux qui son­naient durant la nuit pour entr­er ou sor­tir. Elle «tirait le cor­don» depuis son lit, comme on peut le lire dans cer­tains romans pop­u­laires.

          Naturelle­ment, cette posi­tion priv­ilégiée de «tour de con­trôle» de son immeu­ble lui per­me­t­tait de con­naitre beau­coup de l’intimité des habi­tants. Le pas­sage du cour­ri­er par sa loge lui per­me­t­tait de savoir qui écrivait à qui, elle savait qui sor­tait quand, qui rece­vait qui et quand, et il n’était même pas rare qu’on lui fasse spon­tané­ment des con­fi­dences. D’où une répu­ta­tion de curiosité, voir d’intromission, qui n’était pas for­cé­ment usurpée.

           Mais chez nous, cette hon­or­able et pré­cieuse pro­fes­sion a totale­ment dis­paru. Le por­tail d’entrée ? Action­né par un «digi­code». Le cour­ri­er ? Le fac­teur a le code et les clés des boites aux let­tres, qu’il se débrouille. Le ménage ? Une entre­prise vient une heure ou deux par jour, quelque­fois moins, et ses employés sous pres­sion doivent se dépêch­er de tout faire dans le temps qui leur est impar­ti. Qual­ité garantie ! Les loy­ers ? Les vis­ites d’appartements vacants ? Voyez avec l’agence. Les petits – ou grands – travaux col­lec­tifs ? Adressez-vous au syn­dic. S’il y a une panne d’ascenseur, ou une ampoule à chang­er, prenez votre mal en patience. Le syn­dic, il n’a pas que ça à s’occuper, de vos petits prob­lèmes. C’est même pour ça que vous payez si cher vos charges loca­tives : c’est un per­son­nage super impor­tant, et tou­jours très occupé, le syn­dic.

          Et bien mes­dames-messieurs fig­urez-vous que nos heureux amis portègnes (habi­tants de Buenos Aires) ont le bon­heur d’échapper à tout ça, et d’avoir con­servé, dans la plu­part de leurs immeubles, une per­son­ne en chair et en os, et en règle générale disponible et char­mante. Char­mant, devrait-on dire plutôt, car con­traire­ment à Paris, à Buenos Aires ce sont prin­ci­pale­ment des hommes qui occu­pent la fonc­tion.
          Eux aus­si habitent une loge, plus ou moins grande selon la générosité des con­struc­teurs et/ou des pro­prié­taires. Cer­tains y rési­dent à demeure, avec leur famille – quand c’est assez grand, donc – d’autres logent ailleurs. Car à la dif­férence de nos anci­ennes concierges, leurs col­lègues Argentins ne doivent pas être présents 24h sur 24. Dans la plu­part des cas, ils dis­posent égale­ment de leur week-end, au moins à par­tir du same­di midi. Dans ce cas, ils sont rem­placés, pour assur­er une per­ma­nence.

Bureau d’ac­cueil d’un immeu­ble de Buenos Aires

          Pour ce que j’en ai vu pen­dant mes dif­férents séjours, ce sont générale­ment des gens affa­bles, disponibles, accueil­lants et con­vivi­aux. Con­traire­ment à leurs anciens col­lègues parisiens, on les trou­ve facile­ment quand on a besoin d’eux. S’ils ne sont pas en train de tra­vailler dans les étages, vous les voyez dans le hall d’entrée, où ils dis­posent d’un petit bureau d’accueil. Sou­vent même, ils se tien­nent sur le pas de la porte, et tail­lent une bavette avec un locataire, un pas­sant, un voisin, ou le com­merçant d’en face. Cer­tains, très stylés, revê­tent un uni­forme impec­ca­ble, cos­tume som­bre, cra­vate, cas­quette, bou­tons dorés… En réal­ité, vous les ver­rez tou­jours habil­lés de deux façons dif­férentes selon le moment de la journée. Le matin, ce sont les travaux d’entretien, alors, tenue «ouvrière», pan­talon et veste de toile brune, ou bleue. L’après-midi, en général, ils sont de per­ma­nence dans le hall, et là oui, cos­tume «de récep­tion». Dans les deux cas, vous les recon­naitrez au pre­mier coup d’œil.

Concierge à son bureau

          Affa­bles et accueil­lants, sans l’ombre d’un doute, mais atten­tion, ils sont vig­i­lants. Pas ques­tion de laiss­er entr­er un intrus indésir­able dans l’immeuble, ils veil­lent au grain. Pour entr­er, il faut mon­tr­er pat­te blanche, sinon, vous pou­vez tou­jours courir. Avec eux, les locataires peu­vent être tran­quilles : il y a peu de chances qu’un démarcheur parvi­enne jusqu’à leur porte per­son­nelle. Mais bon, celui-ci peut tou­jours ten­ter sa chance en son­nant depuis l’extérieur : chaque immeu­ble est pourvu d’un inter­phone, Buenos Aires est une ville mod­erne. Mais même si le locataire vous a ouvert, atten­dez-vous à être inter­rogé au pas­sage !
          Disponibles, cer­taine­ment. Les habi­tants peu­vent tou­jours les sol­liciter en cas de besoin : les concierges portègnes sont très poly­va­lents, et capa­bles de faire face à tous les petits tra­cas du quo­ti­di­en rési­den­tiel. Évi­er bouché, volet coincé, ascenseur blo­qué (ennui fréquent dans la cap­i­tale argen­tine, où le parc d’ascenseurs a un cer­tain âge : beau­coup d’immeubles dis­posent encore d’ascenseur à grille !), le concierge portègne est là pour vous sor­tir de la panade. Il con­nait le quarti­er comme sa poche : n’hésitez donc pas à lui deman­der des ren­seigne­ments : où se trou­ve le meilleur restau du coin, un bon médecin, un den­tiste, quel bus pren­dre pour aller n’importe où, obtenir un taxi sans être obligé de marcher pen­dant une demi-heure, etc…

          Bref, nos amis portègnes ont bien de la chance. Dans notre monde chaque jour plus dés­in­car­né, ils sont l’indispensable présence humaine qui com­mence à sérieuse­ment man­quer dans notre envi­ron­nement sans cesse plus robo­t­isé. Nous par­lons tou­jours davan­tage à des machines, et trop sou­vent, nous man­quons d’interlocuteur en chair et en os, ce qui génère stress, énerve­ment, sen­ti­ment d’impuissance face aux petits prob­lèmes de la vie quo­ti­di­enne. Mais il y a de l’espoir : à Paris, depuis peu, on recom­mence à voir quelques concierges dans les immeubles, preuve de leur util­ité, et du désir gran­dis­sant des habi­tants de se dot­er d’interlocuteurs directs à l’intérieur de leur immeu­ble.

2. UN CONCIERGE PORTEGNE TEMOIGNE

          Pen­dant notre séjour à Buenos Aires, en 2020, j’ai eu la chance de ren­con­tr­er, dans l’immeuble où j’habitais, un concierge vrai­ment char­mant. Un homme aus­si gen­til que cul­tivé, et ce n’est pas sans nos­tal­gie que je me sou­viens de nos con­ver­sa­tions sur toutes sortes de sujets, et nos échanges sur nos cul­tures respec­tives. Il m’a même fait les hon­neurs de sa mai­son, et ne m’a pas lais­sé pass­er seul le réveil­lon de Noël, puisque son épouse et lui m’ont invité à partager leur repas ce soir-là, avec leurs deux grands enfants. Mal­gré la dis­tance, nous sommes restés en con­tact et nous échangeons presque quo­ti­di­en­nement. Il a accep­té de par­ticiper à cet arti­cle en répon­dant à mes ques­tions et en m’envoyant les quelques pho­tos qui l’illustrent. Je tiens à le remerci­er chaleureuse­ment de son ami­tié fidèle, et celle de toute sa famille. Les con­naitre est pour moi une fierté et une grande joie.

          Voici ci-dessous les répons­es qu’il a bien voulu faire à mes ques­tions.

Tu peux te présen­ter un peu, ain­si que ta famille ?
Je m’appelle Ben­i­to Romero, j’ai 55 ans. Dans ma famille, nous sommes qua­tre, avec ma femme et mes deux enfants (un garçon et une fille).

Tu es concierge depuis tou­jours, ou tu as tra­vail­lé ailleurs avant ?
Je suis concierge depuis 18 ans. Avant, j’ai tra­vail­lé pen­dant 18 autres années dans un com­merce.

En quoi con­siste ton tra­vail ?
Je m’occupe du net­toy­age et de l’entretien général de l’immeuble, je véri­fie le bon fonc­tion­nement des ascenseurs, de la dis­tri­b­u­tion d’eau, de l’électricité, je fais l’accueil, la dis­tri­b­u­tion du cour­ri­er, tout ce qui con­cerne le fonc­tion­nement nor­mal d’un immeu­ble.

Ben­i­to au tra­vail

Quels sont tes horaires de tra­vail ?
Je tra­vaille en horaire dis­con­tinu, le matin de 7 heures à 12 h et l’après-midi de 17 h à 21 h.

Qu’est-ce qui te plait dans ce tra­vail ?
Ce que j’aime, c’est surtout le con­tact per­ma­nent avec toutes sortes de gens, on ren­con­tre et on sym­pa­thise avec des gens de toutes con­di­tions sociales.

Tu es bien payé ? Sans dire com­bi­en tu gagnes exacte­ment, peux-tu au moins faire une com­para­i­son avec d’autres métiers ?
J’ai un bon salaire, qui me per­met de join­dre aisé­ment les deux bouts, d’autant qu’il s’améliore avec l’ancienneté. C’est un méti­er qui fait par­tie du milieu de l’échelle, en ter­mes de salaire, com­paré aux autres.

Il existe un syn­di­cat de concierges ?
En Argen­tine nous avons un syn­di­cat de concierge impor­tant et fort. Impor­tant en nom­bre d’adhérents et fort parce qu’il est respec­té, autant par les autres syn­di­cats que par les employeurs. Et c’est le seul syn­di­cat qui pro­pose une uni­ver­sité pour les enfants des employés.

Tu con­nais beau­coup d’autres concierges, dans ta rue, ton quarti­er ou ta ville ?
Nous sommes des gens très com­mu­ni­cat­ifs et socia­bles, dans le quarti­er nous nous con­nais­sons tous, on se voit dans la rue, au super­marché, chez le boulanger, devant l’école, nous for­mons ain­si une très belle com­mu­nauté.

Aimable dis­cus­sion devant l’en­trée

A Paris, les concierges ont peu à peu dis­paru dans les années 70–80. Il n’en reste pra­tique­ment plus aucun. Quelle est la ten­dance à Buenos Aires ?
A Buenos Aires c’est une cor­po­ra­tion qui tend égale­ment à dis­paraitre avec le temps, il y a de plus en plus d’endroits où le concierge qui part en retraite n’est plus rem­placé, ils font appel à des entre­pris­es de net­toy­age, le méti­er tend à s’externaliser.

Tu peux nous racon­ter une anec­dote con­cer­nant ton méti­er ?
Les anec­dotes que je pour­rais racon­ter ont trait aux enfants. J’adore les enfants, et je me sou­viens d’un cou­ple de jeunes qui avait loué dans l’immeuble. Quelque temps après, la femme était tombée enceinte, et avait don­né nais­sance à un petit que j’ai vu grandir jusqu’à ce qu’ils démé­na­gent, deux ans après.
Quelques mois plus tard, la son­nette de notre apparte­ment reten­tit, je réponds à l’interphone, et voilà que je recon­nais une petite voix famil­ière ! Ce jour-là, j’ai reçu un des plus beaux câlins de ma vie. En dépit du temps passé il se sou­ve­nait de moi ! L’affection et la ten­dresse de mon très jeune ami m’ont beau­coup ému, et aujourd’hui encore, en le racon­tant, je ressens beau­coup d’émotion.

Ben­i­to à son bureau

Ezeiza : un témoignage direct

Manuel Sil­va a assisté à la man­i­fes­ta­tion d’Ezeiza le 20 juin. Il a bien voulu répon­dre à nos ques­tions.

Quel âge avais-tu en 1973 ?

En juin 1973 j’avais 22 ans, j’avais un boulot dans une usine de fab­ri­ca­tion de pâtes ali­men­taires, avec une famille gali­ci­enne. Je vivais dans le quarti­er de Flo­res­ta, à Buenos Aires. Je vivais chaque jour au présent, un présent per­pétuel, chao­tique et con­fus, je sen­tais que je n’avais pas d’avenir, l’écrasement social nous étouf­fait. J’attendais, comme le reste des gens, l’arrivée d’un sauveur, un homme capa­ble d’imprimer une autre direc­tion, de nous sor­tir de cet état de pau­vreté crois­sante, de nous don­ner un avenir, de favoris­er la mobil­ité sociale.

Quel était l’état d’esprit des gens, et le tien, dans la per­spec­tive du retour de Perón ?

Le peu­ple argentin vivait une sorte de naufrage, cha­cun cher­chait à agrip­per le pre­mier tronc d’arbre à sa portée, comme un sauve qui peut, le gou­verne­ment mil­i­taire avait été rem­placé par un den­tiste qui n’était qu’une mar­i­on­nette (Héc­tor Cám­po­ra, élu en rem­place­ment de Perón, encore pro­scrit, NDLA), l’évolution mil­i­tariste des organ­i­sa­tions sub­ver­sives aggra­vait le chaos, on en était à se dire « plus c’est pire, mieux c’est ».
L’arrivée d’un pos­si­ble homme fort, une sorte de messie longtemps atten­du – en uni­forme ou non, c’était égal – toutes les espérances se cristalli­saient dans l’image de ce général malade, avec un pronos­tic vital de 6 mois (Il souf­frait d’un can­cer de la prostate).
          1973 a été une année per­due, une année morte, un de mes frères fai­sait son ser­vice mil­i­taire, il avait 21 ans. Le 11 mars 1973, le jour de l’élection du doc­teur Cám­po­ra à la prési­dence, il par­tic­i­pait à un trans­port de troupes en direc­tion d’une école per­due dans les mon­tagnes, pour organ­is­er la garde d’un bureau de vote. Il a trou­vé la mort dans un acci­dent idiot, le tir acci­den­tel d’un sol­dat mal pré­paré à utilis­er son fusil, il est mort sur le coup.
          De mon côté, je n’avais pas encore ter­miné mes études, je lisais tout ce qui me tombait sous la main. Dès que j’ai pu chang­er de tra­vail, j’ai pu mieux m’organiser pour suiv­re mes cours du soir.
          La foule en général, les 2 mil­lions de per­son­nes qui s’étaient réu­nies à deux cents mètres de la tri­bune avaient tra­ver­sé le pays avec toutes leurs familles pour souhaiter la bien­v­enue au leader absent depuis 18 ans. La bucol­ique inten­tion de ces gens était de venir saluer chaleureuse­ment l’homme qui, autre­fois, avait réal­isé une révo­lu­tion redis­trib­u­tive, il leur avait don­né des maisons, des machines à coudre, des tracteurs, des jou­ets pour les enfants pau­vres, il avait per­mis le vote des femmes, lut­té con­tre les curés et les lab­o­ra­toires, il avait der­rière lui toute une his­toire, il était vu comme un saint. Il n’avait pour­tant que son passé à leur offrir.
          Le pays s’était réveil­lé avec ses espoirs en ban­doulière, un jour his­torique, de gloire : le général reve­nait après 18 ans d’exil.

Pourquoi voulais-tu assis­ter à cette man­i­fes­ta­tion ?

          Le lende­main je me suis demandé ce qui m’avait poussé à ris­quer ma vie de façon aus­si téméraire. A 22 ans, je me sen­tais immor­tel, et je voulais être à l’endroit pré­cis où avait lieu l’Histoire, où l’Histoire crée, à sa manière, les faits, je ne voulais pas les décou­vrir dans la presse, je voulais en être un témoin direct, le témoin finale­ment d’un drame argentin, j’ai été là, au milieu des balles et des fac­tions qui réglaient leurs comptes, une vraie tragédie.

Tu y es allé seul, ou avec des amis ou de la famille ?

          J’y suis allé seul. En fait, je n’ai pro­posé à per­son­ne de m’accompagner. Beau­coup de gens avaient peur d’assister à ce genre d’événements, ils préféraient voir ça de loin, à la télévi­sion.

Com­ment t’es-tu ren­du là-bas ?

          Je n’appartenais à aucun groupe, aucun par­ti poli­tique. Eux, ils arrivaient ensem­ble, en camions, en auto­cars, en voitures par­ti­c­ulières. Moi, j’ai sim­ple­ment pris un bus qui m’a amené jusqu’à la lim­ite de la ville, sur l’avenue du Général Paz (Sorte de périphérique de Buenos Aires, NDLA), puis un autre ensuite qui allait jusqu’à 3 km du lieu de la man­i­fes­ta­tion, sur l’autoroute Ric­chieri, près de l’aéroport. J’ai donc fait le chemin tout seul, sans même en par­ler autour de moi. De ma part, ça peut paraitre quelque chose à la fois d’un peu fou et d’imprudent, s’il m’était arrivé quelque chose, on se serait demandé ce que j’étais allé faire dans ce guêpi­er ! Mais ça ren­voie aus­si à quelque chose d’intime, quelque chose que je voulais vivre pleine­ment, parce qu’il s’agissait d’un événe­ment his­torique et que je voulais voir ça de mes pro­pres yeux, pas qu’on me le racon­te ensuite.

Tu con­nais­sais les prob­lèmes exis­tant entre Perón et les groupes révo­lu­tion­naires ?

          Dès la nou­velle du retour du leader, ont com­mencé à courir les rumeurs d’affrontements entre la jeunesse syn­di­cale, une frac­tion de la droite péro­niste et les organ­i­sa­tions péro­nistes révo­lu­tion­naires. On a appris que les ambu­lances prévues pour la man­i­fes­ta­tion ser­vaient en fait à trans­porter des armes.
          Je ne pen­sais pas que cela irait si loin, je me dis­ais que tout cela n’était que des bravades, une lutte sourde pour être le plus près pos­si­ble de Perón. Une lutte pour s’approprier la plus grande part du pou­voir. On se trompait. Perón n’avait jamais été un révo­lu­tion­naire, il n’allait pas le devenir à l’âge qu’il avait lors de son retour.
          La clique qu’il avait ramenée d’Espagne s’est assuré le con­trôle de la tri­bune et de ses alen­tours. Le lieu depuis lequel le leader devait s’adresser à la foule était en quelque sorte miné. Rien ne s’est passé comme l’espéraient les gens. Tout s’est résumé à une pluie de balles, de gaz, de cours­es affolées, de mort et de peur.
          Le lende­main, Perón a par­lé, pour rejeter la respon­s­abil­ité de ce qui s’était passé sur les mou­ve­ments de gauche, qu’il accu­sait d’avoir tiré les pre­miers.

Quel était le but de la man­i­fes­ta­tion ?

          Cette man­i­fes­ta­tion présen­tait des objec­tifs nom­breux et con­tra­dic­toires, il s’agissait pour les dif­férentes fac­tions – essen­tielle­ment deux – d’exposer le degré d’influence qu’elles avaient acquis en l’absence de Perón. Les com­man­dos armés par López Rega, dirigés par le colonel Osinde, avaient monop­o­lisé l’occupation de la tri­bune et de ses alen­tours proches, et ils ont accueil­li par un feu nour­ri les groupes du péro­nisme com­bat­if, notam­ment les colonnes des FAR et des Mon­toneros, cet affron­te­ment démen­tiel a fait beau­coup de morts, cer­tains citent le chiffre de 200, d’autres dis­ent davan­tage, on n’a jamais eu de décompte exact.

Que s’est-il passé au moment où devait débuter la man­i­fes­ta­tion pop­u­laire?

          J’étais là, j’ai suivi les affron­te­ments, enten­du le sif­fle­ment des balles tout autour, je m’étais mis à l’abri der­rière un tronc d’arbre, un cho­risi­er, à un moment j’ai vu une femme paniquée avec une fil­lette de 5 ans à peu près, immo­bil­isée au milieu des tirs, je l’ai attrapée par les cheveux, je l’ai tirée jusqu’au tronc pro­tecteur, me deman­dant com­ment sor­tir de là, j’ai aperçu une ambu­lance sur l’autoroute d’Ezeiza, qui roulait au milieu des gens hagards, je suis mon­té sur le terre-plein, d’un saut je me suis accroché à l’arrière de l’ambulance, sans m’occuper des jurons des ambu­lanciers, et quand la voiture a été assez loin de cet enfer et qu’elle a com­mencé à ralen­tir, j’ai lâché prise. A ce moment là, je n’avais pas encore con­science d’avoir échap­pé à la mort.

Ensuite, lorsque tout a été fini, quelles ont été tes réflex­ions sur ce qui avait eu lieu ?

          J’ai été le témoin incon­scient de retrou­vailles qui n’ont pas eu lieu, le grand leader n’est pas apparu, pour la plus grande frus­tra­tion du peu­ple mobil­isé, c’est seule­ment la mort qui s’est présen­tée au ren­dez-vous.            C’était le début d’une lutte sourde pour le pou­voir. A qui apparte­nait le leader péro­niste ? Entre ten­dance de gauche et ten­dance de droite, Perón est resté cohérent avec son his­toire : il a choisi la fac­tion la plus réac­tion­naire.

Com­ment ont réa­gi les Argentins après cette tragédie ?

          Il y avait une cer­taine stu­peur. Les gens étaient venus sim­ple­ment, sans avoir rien cal­culé de pré­cis, juste pour accueil­lir le leader, lui souhaiter la bien­v­enue. Con­traire­ment aux mil­i­tants, ils n’avaient pas d’objectifs poli­tiques ou stratégiques, bien enten­du, ni de place à pren­dre dans cette man­i­fes­ta­tion. Deux jours après, la grande presse annonçait la prochaine élec­tion prési­den­tielle, pour laque­lle Perón devait se présen­ter, avec sa pro­pre femme comme vice-prési­dente, et tout son cer­cle proche, López Rega, etc… Tout le monde n’était pas con­tent, notam­ment les mil­i­tants les plus à gauche du mou­ve­ment péro­niste, mais la grande masse des gens était néan­moins heureuse du retour de Perón aux affaires, en dépit des con­di­tions dans lesquels il repre­nait le pou­voir. Ce qui comp­tait, c’était Perón, avant tout. Ils le voy­aient comme le sauveur du pays, celui qui pou­vait le remet­tre sur les bons rails, parce qu’ils l’avaient vu à l’œuvre dix-huit ans aupar­a­vant. Ils ne pen­saient pas à la révo­lu­tion, à l’idéologie, ça, c’est pour l’avant-garde, les mil­i­tants.  Non, les gens ordi­naires, ils réagis­saient avec leurs tripes, leur émo­tion, Perón représen­tait tout pour eux. Alors la vie a repris, les gens se sont «arrangés», puis la pro­pa­gande a fait le reste : Perón a été élu con­fort­able­ment.

Les mou­ve­ments révo­lu­tion­naires ont aus­si leur part de respon­s­abil­ité dans ce qui s’est passé. Qu’en pens­es-tu ?

          Les groupes révo­lu­tion­naires, à Ezeiza, et avant, avaient pour objec­tif de semer le chaos. Leur leit­mo­tiv était « Cuan­do peor, mejor » (Pire c’est, mieux c’est) C’était une phrase qu’ils écrivaient partout. Ils cher­chaient à appro­fondir la crise de gou­verne­ment, pour s’emparer du pou­voir. Ils avaient d’abord cher­ché à ren­vers­er le gou­verne­ment mil­i­taire, à affron­ter l’armée, dans une ten­ta­tive pour­tant sans le moin­dre espoir de réus­site : des jeunes types de la classe moyenne, d’éducation chré­ti­enne, qui n’avaient aucune for­ma­tion mil­i­taire, aucune com­pé­tence dans ce domaine, face à des pro­fes­sion­nels de la guerre. C’est pourquoi, faute de pou­voir lut­ter frontale­ment, ils se sont lancés dans une cam­pagne de type guéril­la, en organ­isant des atten­tats tous azimuts, rési­dences de mil­i­taires, écoles, com­mis­sari­ats, casernes, pour entretenir un sen­ti­ment de peur, de ter­reur, et affirmer leur capac­ité de nui­sance et leur force. L’événement fon­da­teur de cette poli­tique du pire a été l’assassinat du général Pedro Aram­bu­ru, en 1970. A par­tir de ce moment-là, la guerre totale a été déclarée entre les forces révo­lu­tion­naires et l’armée.

Quelles ont été les con­séquences immé­di­ates d’Ezeiza sur le plan poli­tique?

          Le péro­nisme a tou­jours fonc­tion­né comme un pop­ulisme dém­a­gogique. Tant que Perón a été là, il a été imbat­table dans les urnes. Il s’est appuyé sur un syn­di­cal­isme presque irra­tionnel, qui le soute­nait. Face aux bombes, aux enlève­ments, aux vols, aux morts provo­quées par les groupes guérilleros, qui menaient la guerre pop­u­laire, Perón par­lait d’une com­mu­nauté organ­isée. Des rap­ports de force exis­taient cepen­dant entre une ten­dance révo­lu­tion­naire du péro­nisme, et le péro­nisme «syn­di­cal», ce dernier ten­ant néan­moins les rênes du mou­ve­ment. Perón avait un pro­gramme social de redis­tri­b­u­tion des richess­es, d’amélioration de la con­di­tion ouvrière, d’ordre, d’efficacité, mais par­al­lèle­ment les groupes révo­lu­tion­naires mil­i­taient pour un social­isme nation­al, une notion assez vague, qu’ils pré­tendaient définir à tra­vers la ter­reur. Perón, quant à lui, en tenait pour sa com­mu­nauté organ­isée, inté­grée, démoc­ra­tique, mod­erne. La frac­ture défini­tive (entre les deux ten­dances) a eu lieu en sep­tem­bre 1973, quand les Mon­toneros ont assas­s­iné José Ruc­ci, un dirigeant syn­di­cal, secré­taire général de la CGT, très proche de Perón, qui était même dans l’avion qui l’a ramené à Buenos Aires. (Une petite anec­dote pour mieux éval­uer le degré d’intimité entre les deux hommes : à la descente de l’avion, comme il pleu­vait, Ruc­ci tenait un para­pluie au-dessus de la tête du général!) Jamais Mario Fir­menich (leader des Mon­toneros NDLA) n’a pu expli­quer l’énorme con­tra­dic­tion con­sti­tuée par cet assas­si­nat, sinon par la volon­té de mon­tr­er toute la force du mou­ve­ment, et son pou­voir de nui­sance. La réac­tion de Perón, fin 1973, a été la créa­tion de la Triple A, dirigée par le com­mis­saire Vil­lar, for­mé à la guerre con­tre-révo­lu­tion­naire par la fameuse école des Amériques, une école mil­i­taire Etat­suni­enne. Après la mort de Perón (juil­let 1974, NDLA), l’armée a com­mencé à for­mer des plans pour ren­vers­er le gou­verne­ment qui lui avait suc­cédé (dirigé par l’épouse du général, «Isabeli­ta» NDLA). De son côté, l’ERP (Armée révo­lu­tion­naire du peu­ple), avait com­mis un atten­tat con­tre une caserne, à Azul, en jan­vi­er 74, ce qui avait poussé Perón à réclamer l’anéantissement des groupes révo­lu­tion­naires. Ce déchaine­ment de vio­lence a mené à une totale perte de con­trôle, de la part de tout le monde, gou­verne­ment, révo­lu­tion­naires, mil­i­taires, et à la dic­tature, avec son cortège d’exactions d’état, assas­si­nats ciblés, vols d’enfants, atteintes à la pro­priété privée.

Et sur toi-même ? Quelle influ­ence a eu cette tragédie sur ce que tu pens­es aujourd’hui du péro­nisme, et de la poli­tique en général ?

          Le sen­ti­ment dom­i­nant, c’était la stu­peur face à ce qui était arrivé, auquel on ne s’attendait pas, cet affron­te­ment sans pitié entre deux frac­tions qui se fichaient pas mal des gens qui étaient là, une grande désil­lu­sion, qui lais­sait seul face à cela, sans aucune envie de rejoin­dre l’un ou l’autre camp. Quelque chose que ne com­pre­nait pas mon frère qui, lui, mil­i­tait. Nous nous sommes brouil­lés à ce moment-là, je n’ai même pas assisté à son mariage, je l’incitais au con­traire à fuir, au Brésil, au Paraguay, dans un pays frontal­ier… Il ne m’a pas écouté, et un mois plus tard, il était porté dis­paru. Tout cela m’a beau­coup changé, je ne pou­vais plus croire en rien, ni per­son­ne. Je me suis replié sur moi-même, et pour sur­mon­ter cela, j’ai dû tra­vailler davan­tage, lire davan­tage, vol­er de pré­cieuses min­utes au som­meil, pour devenir quelqu’un d’autre. A cette époque je pre­nais encore des cours du soir. Un soir, en sor­tant, j’ai vu tout un groupe de gens alignés con­tre le mur, je ne pou­vais plus rebrouss­er chemin sans que cela paraisse sus­pect, j’aurais prob­a­ble­ment pris une rafale de mitrail­lette, alors je me suis approché douce­ment, et j’ai crié «Je peux pass­er ?», le type qui tenait l’arme m’a répon­du «prends le trot­toir d’en face !». Je suis ren­tré chez moi, tétanisé, je n’ai pas pu dormir de la nuit. Je me suis ren­du compte de com­bi­en j’étais seul, que face à cette dom­i­na­tion mil­i­taire qui s’emparait du pays, on était devenus des pots de terre.
          Ezeiza a changé entière­ment ma manière de penser, toutes mes per­spec­tives de vie. J’avais assisté depuis l’intérieur à un événe­ment his­torique, et vu com­ment deux camps opposés s’étaient affron­tés sans aucun état d’âme envers tous les gens qui étaient venus là désar­més, juste pour apercevoir le leader, cer­tains étaient même grim­pés aux arbres, et depuis la tri­bune, Favio leur cri­ait de descen­dre, sous peine d’être abat­tus par les francs tireurs ! En ren­trant de là, j’ai sen­ti un grand vide. On se sen­tait orphe­lins. A quoi pou­vait servir le leader ? S’il était venu pour ça, pour provo­quer un affron­te­ment, une guerre interne au mou­ve­ment, alors, c’était juste un leader « chao­tique », moi j’attendais quelqu’un venu pour par­ler de pro­grès, de paix, d’avenir meilleur, et je n’avais rien vu de tout ça. D’une cer­taine manière, Ezeiza m’a mar­qué au fer rouge, je n’ai plus cru en rien, je suis devenu intolérant aux dis­cours des uns et des autres, à leur esprit mil­i­tant, cela m’était étranger, ne m’intéressait pas, je ne ressen­tais aucune émo­tion devant les réc­i­ta­tions de dis­cours de Marx, ou de n’importe qui d’autre, ça ne me touchait pas. Voilà ce que fut, pour moi, l’expérience d’Ezeiza.

Pro­pos recueil­lis et traduits par PV. Juin 2021.

3ème partie : analyse d’un massacre programmé

          Le retour de Perón, comme on l’imagine, a provo­qué un engoue­ment extra­or­di­naire par­mi la pop­u­la­tion argen­tine. Très vite, l’idée d’organiser une man­i­fes­ta­tion fes­tive pour l’accueillir à son arrivée s’est imposée au som­met du par­ti. A cet effet, un comité d’organisation est mis en place, afin de pré­par­er au mieux l’événement, dont on pressent qu’il mobilis­era une foule énorme. Cinq respon­s­ables sont désignés pour faire par­tie de ce comité. Et déjà, on perçoit un très net déséquili­bre au prof­it de la ten­dance la plus à droite, puisqu’il ne compte qu’un seul représen­tant de la gauche péro­niste : Juan Manuel Abal Med­i­na. Par­mi les qua­tre autres, on compte deux lead­ers syn­di­caux, José Ruc­ci et Loren­zo Miguel, et deux per­son­nages plutôt situés à l’extrême-droite de l’échiquier poli­tique péro­niste : Jorge Osinde et Nor­ma Kennedy.
          Le vrai chef de cette com­mis­sion d’organisation, c’est Jorge Osinde, qui d’emblée se présente comme expressé­ment man­daté par Juan Perón lui-même, et donc exé­cu­tant ses instruc­tions. Fort de ce pré­ten­du man­dat, il va pass­er par-dessus le gou­verne­ment de Cám­po­ra, dont le min­istre de l’intérieur, Righi, sera réduit à un rôle pure­ment pro­to­co­laire.
Le but d’Osinde est dou­ble. Un, met­tre en dif­fi­culté Cám­po­ra, et si pos­si­ble le dis­créditer aux yeux de Perón et des Argentins. Deux, se débar­rass­er défini­tive­ment de la ten­dance gauchiste du péro­nisme. Le lieu­tenant colonel Osinde est un anti com­mu­niste féroce, ancien chef du ser­vice de con­tre-espi­onnage mil­i­taire en 1946, qui n’a pas hésité à pra­ti­quer la tor­ture dans les années cinquante pour le compte de Perón. Amnis­tié après le ren­verse­ment de Perón en 1955, il a même un temps pu espér­er être le can­di­dat péro­niste en lieu et place de Cám­po­ra, sous la ban­nière de la droite péro­niste. Après avoir ten­té d’empêcher le déroule­ment de l’élection du 11 mars, il a finale­ment obtenu un poste de secré­taire d’état (aux sports et au tourisme) auprès du min­istre du Bien être social, José López-Rega. Un autre proche de Perón, bien à sa droite. Poste qui lui a donc per­mis de s’octroyer la part du lion dans l’organisation de la man­i­fes­ta­tion du 20 juin.
          A par­tir de là, toute l’organisation ten­dra à s’assurer le con­trôle total du déroule­ment de la man­i­fes­ta­tion : accès, moyens de com­mu­ni­ca­tion, postes stratégiques, sécu­rité. Dès le 7 juin, une pre­mière com­mis­sion mise sur pied par le gou­verne­ment de Cám­po­ra est rem­placée par celle d’Osinde. Curieuse­ment, celui-ci fait réduire tous les moyens au strict min­i­mum, que ce soit sur le plan des postes de sec­ours, des hôpi­taux de cam­pagne ou des moyens de trans­port. La tri­bune, énorme, sera instal­lée sur un pont de l’autoroute qui mène d’Ezeiza à Buenos Aires, le pont n°12, autrement nom­mé «El Trébol» (le trèfle). Il con­vient, tou­jours selon Osinde, de faire en sorte que n’y aient accès que des gens «sûrs», autrement dit de la bonne ten­dance, et qu’elle soit pro­tégée afin d’éviter les intru­sions. Il faut égale­ment assur­er les alen­tours. C’est pourquoi l’école située à quelques cen­taines de mètres à gauche du pont devra être évac­uée, et occupée par des par­ti­sans. Offi­cielle­ment, tout ce dis­posi­tif a pour but d’éviter tout atten­tat con­tre Perón : Osinde et ses amis craig­nent que les gauchistes du mou­ve­ment ne ten­tent de l’assassiner. Craig­nent, ou font sem­blant de crain­dre. Toute cette garde rap­prochée sera d’ailleurs lour­de­ment armée. D’où vien­nent les armes ? On saura plus tard que c’est López Rega, min­istre du Bien être social et très proche de Perón, et surtout de sa femme, qui se les est procurées. Mais pas seule­ment. Le Comité met l’embargo égale­ment sur tout un stock de pis­to­lets-mitrailleurs des­tinés à la sécu­rité des ban­ques. Des dizaines d’armes sont ain­si réservées pour être remis­es aux forces de sécu­rité.

Les lieux. En bleu, le pont où avait été instal­lée la tri­bune. En rouge, le foy­er-école. En jaune, l’autoroute Ric­chieri (la flèche indique la direc­tion de l’aéroport).

          Le Comité d’organisation fait égale­ment main basse sur tout ce que le gou­verne­ment peut fournir d’ambulances. Celles-ci, on le ver­ra, ne servi­ront pas qu’au trans­port d’éventuels blessés. Loin de là. Quant à la clin­ique d’Ezeiza, prévue au départ pour servir d’arrière-garde du dis­posi­tif san­i­taire, elle sera égale­ment occupée par des mem­bres du Comité, et les médecins dépos­sédés de toute autorité.
          Autour de la tri­bune, sont dis­posées deux rangées de bar­rières, solide­ment défendues par 3000 hommes de con­fi­ance. Qui n’ont pas été recrutés, for­més ni équipés en un jour, ce qui tendrait à prou­ver que ces dis­po­si­tions ont été envis­agées bien avant la date fatidique.
          En réal­ité, tout est donc prévu pour faire face à un affron­te­ment direct avec les jeunes révo­lu­tion­naires. Plus que ça : pour créer les con­di­tions de cet affron­te­ment. Les grands respon­s­ables de l’organisation, Osinde, le com­mis­saire Vil­lar, Ciro Ahu­ma­da, Nor­ma Kennedy, Brito Lima, ont soigneuse­ment pré­paré le ter­rain pour en avoir la maîtrise totale. L’accès à la tri­bune est donc réservé aux gens de leur fac­tion : syn­di­cal­istes (notam­ment du SMATA, syn­di­cat du secteur auto­mo­bile), mil­i­taires et gen­darmes en retraite, hommes de main de dirigeants poli­tiques locaux, on y enten­dra même par­ler français. En effet, nos braves tor­tion­naires des guer­res colo­niales per­dues, Indo­chine, Algérie, sont venus dis­tiller leurs bons con­seils sur la manière de lut­ter con­tre « la sub­ver­sion » et apporter leur assis­tance en per­son­ne. (Voir à ce sujet l’excellent doc­u­men­taire – et le livre – de Marie Monique Robin : Escadrons la mort, l’école française, sur l’aide apporté par les Français aux mil­i­taires Argentins, notam­ment pen­dant la dic­tature).
          A Ezeiza, l’Hôtel Inter­na­tion­al est lui aus­si occupé par les forces du Comité d’organisation.
          A la mi-journée, tout est donc en place. Lorsque les colonnes des mou­ve­ments de jeunes révo­lu­tion­naires arrivent der­rière la tri­bune, elles sont accueil­lies par un feu nour­ri. C’est la déban­dade. Après coup, Osinde et ses amis ten­teront de faire croire que les révo­lu­tion­naires étaient eux aus­si venus lour­de­ment armés : tou­jours la fable de l’attentat con­tre Perón. En réal­ité, il n’en est rien. Certes, quelques lead­ers por­tent une arme, mais rien d’autre que de petits cal­i­bres, dont ils ne se sépar­ent d’ailleurs jamais lors de toutes les man­i­fes­ta­tions. Certes, l’intention des groupes Mon­toneros était de s’approcher au plus près de la tri­bune. Mais rien n’est jamais venu cor­ro­bor­er qu’ils avaient une atti­tude menaçante, et l’immense majorité d’entre eux n’était armée que de ban­deroles.
          Les pre­miers tirs vien­nent de la tri­bune, la foule court en tous sens, ten­tant de se pro­téger der­rière, et dans, les arbres situés dans les envi­rons. Ils seront alors pris sous un autre feu, venu, lui, du local du foy­er école. Il y a même une con­fu­sion qui serait comique, n’était le con­texte trag­ique du moment : des tirs venus du foy­er atteignent la tri­bune, et tout le monde pense que deux camps s’affrontent, quand ce sont des alliés qui se tirent dessus sans le savoir !
          Il y a égale­ment des tirs depuis les arbres. Un temps, on pense qu’il s’agit de francs-tireurs «sub­ver­sifs» mon­tés là pour vis­er la tri­bune. Au micro, dans la panique générale, l’animateur Leonar­do Favio sup­plie les tireurs d’en descen­dre. En réal­ité, la plu­part sont égale­ment des hommes d’Osinde.
          On procède à de nom­breuses arresta­tions. Des jeunes révo­lu­tion­naires, mais égale­ment des gens ordi­naires, dont le seul défaut aura été de se trou­ver au milieu de l’échauffourée. Et voilà à quoi auront servi les ambu­lances : non pas à trans­porter les blessés, mais à trans­porter ces pris­on­niers jusqu’à l’Hôtel Inter­na­tion­al, où cer­taines cham­bres servi­ront de lieux de tor­ture. Leonar­do Favio, qui s’était ren­du à l’hôtel pour ten­ter d’avoir des infor­ma­tions, témoign­era être entré dans une cham­bre et avoir vu du sang sur les murs, des jeunes alignés debout mains sur la tête, et d’autres encore couchés sur le ven­tre. Par­mi les gar­di­ens présents, cer­tains les pointaient avec une arme tan­dis que d’autres les frap­paient avec les cross­es de leurs fusils ou des bar­res de fer. On s’apercevra que tout le pre­mier étage avait été mis à dis­po­si­tion des hommes d’Osinde. Celui-ci, ain­si que Ciro Ahu­ma­da, nieront les tor­tures, ou plutôt en rejet­teront la faute sur «des élé­ments incon­trôlés», qui auraient prof­ité de ce que l’hôtel était vide quand «tout le monde était occupé à son poste» pour com­met­tre les faits. Bien enten­du, les fameux «élé­ments incon­trôlés» ne furent jamais iden­ti­fiés.
          En dépit de la respon­s­abil­ité évi­dente de la fac­tion d’Osinde, il n’y eut aucune suite judi­ci­aire à la tragédie. Et pour cause. Nous repro­duisons ici la con­clu­sion d’Horacio Ver­bit­sky :
«Dans un débat con­tra­dic­toire, (le min­istre de l’intérieur) Righi avait toutes les cartes en mains (pour faire arrêter les vrais respon­s­ables, NDLA). Mais il ne s’agissait pas de cela. Righi soupçon­nait fon­da­men­tale­ment que López Rega, Isabeli­ta et à tra­vers eux Perón, pen­chaient en faveur d’Osinde. Pour les con­tre­car­rer, il aurait fal­lu pou­voir pro­duire des preuves, au moyen d’enquêtes menées par la Police Fédérale, arrêter les con­spir­a­teurs sur leurs lieux de réu­nion, saisir les armes, prou­ver leur lien avec Osinde, arrêter et juger le Secré­taire d’état aux sports et au tourisme (Osinde lui-même, NDLA), de même pour Nor­ma Kennedy et Brito Lima. Quand ses con­seillers le lui ont sug­géré, Righi a un sourire scep­tique. Perón s’était pronon­cé dans son dis­cours du 21 en faveur des agresseurs, ce qui scel­lait, par son poids poli­tique décisif, le sort du gou­verne­ment de Cám­po­ra. On avait per­du un temps pré­cieux et il n’y avait plus grand-chose à faire. Les rares com­mis­sions roga­toires, qui, tar­di­ve­ment et sans grande con­vic­tion, avaient ordon­né quelques perqui­si­tions, ne don­nèrent aucun résul­tat. Les armes avaient dis­paru avant l’arrivée des policiers. Osinde avait rem­porté la par­tie». (Tra­duc­tion PV)
          Tou­jours selon les con­clu­sions de l’enquête de Ver­bit­sky, rien de tout cela n’aurait été pos­si­ble sans l’assentiment de Perón. Le dou­ble but de la droite péro­niste était atteint : sépar­er la gauche du mou­ve­ment (autrement dit «couper la branche pour­rie»), et pré­cip­iter la chute d’Héc­tor Cám­po­ra. Celui-ci, loy­al pour­tant jusqu’au bout, n’offrira aucune résis­tance et met­tra son man­dat à dis­po­si­tion de Perón. Il n’avait jamais eu l’intention de s’opposer au général, et n’entendait aucune­ment s’accrocher à son poste. Mais la droite péro­niste ne pou­vait se con­tenter d’une sim­ple démis­sion. Elle avait besoin d’un ren­verse­ment en bonne et due forme. D’une humil­i­a­tion. Et pour cela, il fal­lait que la fête soit gâchée.

2ème partie : le jour J

          L’avion devant ramen­er Perón à Buenos Aires devait se pos­er le 20 juin en milieu de journée à l’aéroport inter­na­tion­al d’Ezeiza. Pour l’accueillir, ses sym­pa­thisants avaient prévu une immense tri­bune, qu’ils avaient située sur un pont de l’autoroute con­duisant de l’aéroport à la cap­i­tale, dite «autoroute Ric­chieri». Dès le matin, des mil­liers de gens arrivent, essen­tielle­ment de la province de Buenos Aires, mais aus­si de tout le pays, pour assis­ter à cet événe­ment dont tout le monde pressent le car­ac­tère his­torique pour l’Argentine. Pensez : le retour, après dix-huit ans d’exil, d’un ancien prési­dent qui a mar­qué comme aucun autre avant lui, et aucun autre après, l’histoire poli­tique du pays. Dans l’esprit de beau­coup, des vieux comme des jeunes, Perón représente la nos­tal­gie des «jours heureux», d’une époque où la vie était plus facile pour les gens mod­estes que le grand leader avait pris sous son aile. Ces dix-huit années de gou­verne­ment en grande par­tie dom­iné par les mil­i­taires n’ont pas peu con­tribué à idéalis­er cette époque révolue, d’autant plus dans un con­texte politi­co-économique forte­ment dégradé. Dif­fi­cile de dire que ses suc­cesseurs de la «Révo­lu­tion lib­er­ta­do­ra» ont tenu les promess­es qu’ils avaient faites, en ren­ver­sant Perón, de rétablir la démoc­ra­tie et les lib­ertés, ren­dre au pays son lus­tre d’antan et amélior­er la vie de tous les citoyens Argentins. En 1973, l’Argentine est un pays exsangue, miné par la vio­lence des con­flits internes, son économie est chance­lante, et la majorité n’a plus qu’un désir : voir dégager les mil­i­taires. Dans l’esprit de la plu­part, seul un messie peut sauver le pays du chaos dans lequel il est plongé, et ce messie, c’est Perón.

          Entre deux et trois mil­lions. C’est en général le nom­bre cité pour éval­uer l’importance de la foule accou­rue ce mer­cre­di 20 juin pour fêter le retour du fameux messie. Des mil­i­tants, bien sûr, mais aus­si et surtout, des gens ordi­naires, des familles, des gens d’un même quarti­er, d’un même vil­lage, on vient là pour faire la fête, parce qu’on a l’impression d’une grande res­pi­ra­tion pos­si­ble, d’un renou­veau, d’un espoir renais­sant. C’est la vieille Argen­tine qui revient, celle dont les plus vieux se sou­vi­en­nent avec des tré­mo­los dans la voix, l’Argentine prospère, celle où on trou­vait du tra­vail, celle où il était facile de se loger, celle où les petits étaient défendus, l’Argentine du «Père éter­nel», comme l’appelle avec un brin d’ironie le philosophe José Pablo Fein­mann. Fein­mann, on l’a vu dans la pre­mière par­tie, com­pare Perón au Godot de la pièce de Ionesco, ce per­son­nage qu’on attend éter­nelle­ment et qui ne vient jamais. Sauf que cette fois, Godot finit par arriv­er. On ver­ra plus loin ce que cette dif­férence, énorme, avec l’attente sans fin de Vladimir et Estragon, va entrain­er de con­séquences.

La tri­bune

          La fer­veur est immense. Sur la tri­bune, le célèbre acteur et ani­ma­teur de télévi­sion Leonar­do Favio chauffe la foule, déjà présente en masse bien avant l’arrivée de Perón. Soudain, vers l’arrière de la tri­bune, s’avance une énorme colonne de mil­i­tants péro­nistes. Ce sont les jeunes des groupes Mon­toneros et des FAR (Forces armées révo­lu­tion­naires) qui, armés de grandes ban­deroles, veu­lent con­tourn­er l’estrade pour venir se plac­er aux pre­mières loges au pied de la tri­bune et mon­tr­er au vieux leader qu’ils sont bien ses plus fer­vents sup­port­ers. A 14 h 29, on entend tout à coup des rafales de mitrail­lettes. C’est la panique. Tout le monde se met à courir dans tous les sens. Très vite, on compte de nom­breux blessés. On com­mence à enten­dre des sirènes d’ambulances. Des cris. D’autres tirs. D’où vien­nent ces tirs ? Les pre­miers, de la tri­bune. A l’arrivée des jeunes révo­lu­tion­naires, des cen­taines d’armes sont sor­ties de leurs cachettes, et ont gar­ni les mains de ceux présents sur la tri­bune. Ensuite, d’autres tirs, provenant d’une école située non loin de là, sur la gauche de la tri­bune. Et enfin, depuis les arbres com­pris entre ces deux zones. Le pub­lic est stupé­fait, l’hébétude est totale. Per­son­ne n’y com­prend rien. Favio, à qui l’on a con­fié le soin d’animer la man­i­fes­ta­tion, non plus, apparem­ment. Il lance des appels dés­espérés au calme, et tente de ras­sur­er la foule. Mais il a l’air aus­si paniqué et incré­d­ule que la grande majorité du pub­lic. Les échanges de tirs vont se pour­suiv­re une bonne par­tie de l’après-midi, jusqu’à la dis­per­sion totale de la man­i­fes­ta­tion, qui se ter­mine en drame. Perón, bien enten­du, n’est pas venu. Son avion n’a même pas atter­ri à l’aéroport d’Ezeiza. Vu la tour­nure prise par les événe­ments, sa garde rap­prochée a préféré le faire atter­rir à la base mil­i­taire de Morón, tou­jours en ban­lieue de Buenos Aires, mais 25 kilo­mètres plus au nord. La fête n’est pas finie : elle n’a tout sim­ple­ment pas eu lieu. Selon les chiffres don­nés par le jour­nal­iste Hora­cio Ver­bit­sky dans son étude de 1985, l’échange de tirs aura fait 13 morts iden­ti­fiés, et 365 blessés. Mais en réal­ité, on n’a jamais su exacte­ment le nom­bre de vic­times. Sans par­ler des arresta­tions, des par­tic­i­pants emmenés on ne savait exacte­ment où, ni exacte­ment par qui, et encore moins dans quel but.

          A ce moment-là de la man­i­fes­ta­tion, très peu de gens ont une idée pré­cise de ce qui a bien pu se pass­er. L’enquête d’Horacio Ver­bit­sky per­me­t­tra, bien plus tard, de lever le voile sur cette affaire et de répon­dre à bien des inter­ro­ga­tions sur les très chao­tiques cir­con­stances du retour de Juan Domin­go Perón. Nous en par­lerons dans une troisième par­tie.
          Pour le moment, l’heure est à l’abattement. Les mil­lions de per­son­nes accou­rues pour célébr­er le retour du «Père éter­nel» s’en retour­nent, la tête basse et rem­plie de ques­tions. Citons de nou­veau José Pablo Fein­mann, qui était là ce jour-là et qui décrit la scène dans son livre :
«Revenir d’Ezeiza a représen­té une douleur inex­tin­guible. La nuit tombait et la foule immense mar­chait sur l’autoroute en regar­dant l’asphalte. Per­son­ne ne par­lait. Le silence était assour­dis­sant. C’était la plus gigan­tesque veil­lée funèbre de l’histoire argen­tine. Un héli­cop­tère nous a sur­volés et a annon­cé que le général Perón allait bien, qu’il avait atter­ri à Morón et se dirigeait vers sa rési­dence de la rue Gas­par Cam­pos (au nord de la cap­i­tale, NDLA). Quelques uns, pathé­tiques, applaudirent et crièrent même des « Vive Perón ! ». Peu, très peu. Les autres con­tin­uèrent d’avancer comme des zom­bies. Nous reve­nions vidés. On nous avait volé la fête. Parce que c’était cela auquel nous étions tous (plus de 2 mil­lions de per­son­nes) venus assis­ter : à une fête. Pour voir et faire par­tie d’un événe­ment unique, qui n’aurait plus jamais lieu.» (José Pablo Fein­mann – Per­o­nis­mo, filosofía políti­ca de una per­si­ten­cia argenti­na – T2 – p.331 – Ed Plan­e­ta — Tra­duc­tion PV)

          Nous étudierons dans une troisième par­tie la thèse du jour­nal­iste Hora­cio Ver­bit­sky, qui a pub­lié les résul­tats de sa minu­tieuse enquête sur ces faits dans son livre “Ezeiza”, paru 12 ans après le drame. (Voir bib­li­ogra­phie suc­cincte)

 

20 juin 1973 : le massacre d’Ezeiza

(NB. Les trois arti­cles et l’in­ter­view qui com­posent ce chapitre de l’his­toire argen­tine ont été pub­liés le 20 juin 2021, à l’oc­ca­sion du 48ème anniver­saire de l’événe­ment décrit)

Il y a exacte­ment 48 ans jour pour jour, avait lieu à Buenos Aires ce qui devait con­stituer la plus grande fête pop­u­laire de l’his­toire poli­tique argen­tine, et qui s’est trans­for­mée en une ter­ri­ble et sanglante tragédie, prélude à l’une des plus féro­ces dic­tatures du XXème siè­cle.

Le 20 juin 1973, le général Juan Perón, qui avait présidé le pays de 1946 à 1955 avant d’être ren­ver­sé par un coup d’é­tat mil­i­taire, puis exilé et pro­scrit pen­dant dix-huit ans, était autorisé à ren­tr­er. Deux mois aupar­a­vant, son représen­tant, Héc­tor Cám­po­ra, a été élu prési­dent de la république. Mais dans l’e­sprit de l’im­mense majorité des Argentins, le seul vrai prési­dent, c’est Perón. Dans un pays en proie au chaos, au bord de la guerre civile, il est atten­du comme le messie, seul capa­ble de rétablir l’or­dre et la prospérité.

Pour célébr­er son retour, ses par­ti­sans organ­isent une vaste man­i­fes­ta­tion d’ac­cueil, à côté de l’aéro­port inter­na­tion­al de la cap­i­tale fédérale, l’aéro­port d’Ezeiza. S’y ren­dent entre deux et trois mil­lions d’Ar­gentins. Mais rien ne va se pass­er comme prévu.

Dans chapitre, nous étudierons tout d’abord, briève­ment, le con­texte poli­tique de l’époque. Puis nous exam­inerons plus en détails les faits qui se sont déroulés pré­cisé­ment le 20 juin, ain­si que les caus­es qui ont con­duit au déchaine­ment de vio­lence gâchant la fête. Enfin, nous don­nerons à lire le témoignage que nous avons recueil­li auprès de Manuel Sil­va, qui avait 22 ans en 1973 et était présent sur les lieux de la man­i­fes­ta­tion.

 

BIBLIOGRAPHIE SUCCINCTE

Ver­bit­sky, Hora­cio — Ezeiza — Ed. Con­tra­pun­to — 1985

Fein­mann, José Pablo — Per­o­nis­mo, filosofía de una per­sis­ten­cia argenti­na (Tome II) —  Ed. Plan­e­ta — 2011

Rouquié, Alain — Le siè­cle de Perón — Chapitre 3 : l’ex­il et le roy­aume — Ed. du Seuil — 2016

Novaro, Mar­cos — His­to­ria de la Argenti­na, 1955–2010 — Chapitre 5 : Du “print­emps des peu­ples” à l’empire de la ter­reur — Ed. Siglo vein­tiuno — 2011

Lafage, Franck — L’Ar­gen­tine des dic­tatures — Chapitre IV : l’Ar­gen­tine des années aveu­gles, 1966–1976 — Ed. L’Har­mat­tan — 1991

Robin, Marie-Monique — Escadrons de la mort, l’é­cole française — Ed. La Décou­verte — 2004 (Voir égale­ment en vidéo)

EN VIDEO

L’ex­cel­lent et com­plet doc­u­men­taire présen­té par Román Lejt­man, datant de 2011, tiré de la série “Doc­u­men­ta”. Tout en images d’archives et en témoignages de par­tic­i­pants à l’événe­ment, notam­ment le mil­i­tant de la Jeunesse péro­niste Jorge Taiana, les écrivains Martín Caparrós et Eduar­do Angui­ta, ain­si que le jour­nal­iste Eduar­do Tar­nas­si.

Le doc­u­men­taire de Marie-Monique Robin, Escadrons de la mort, l’é­cole française, qui dévoile les rela­tions étroites entre cer­tains officiers d’In­do­chine et d’Al­gérie et l’Ar­mée argen­tine, ain­si que leur rôle de “con­seillers en guerre anti-sub­ver­sive”.

AUDIO

Un épisode de la série radio­phonique “His­to­rias de nues­tra his­to­ria” sur Ezeiza. Par l’his­to­rien Felipe Pigna.

 

 

1ère partie : le retour de Perón

          En juin 1973, il y a déjà 18 ans que le prési­dent Juan Perón a été ren­ver­sé par un coup d’état mil­i­taire. Pen­dant 18 ans, il a vécu en exil, d’abord dans dif­férents pays d’Amérique latine, Paraguay, Pana­ma, Nicaragua, Venezuela, République Domini­caine, puis à par­tir de 1960 et de manière pérenne, à Madrid en Espagne.
         Pen­dant toute la durée de l’exil de Perón, mais surtout à par­tir de la prise de pou­voir du général Juan Car­los Onganía en 1966, le mou­ve­ment de résis­tance péro­niste a été divisé en deux camps plus ou moins antag­o­nistes, un affron­te­ment que seul le lead­er­ship de Perón avait été en mesure de con­tenir.
          D’un côté, ce qu’on pour­rait appel­er «la frange ortho­doxe» du péro­nisme, essen­tielle­ment représen­tée par le mou­ve­ment syn­di­cal, tenu par des lead­ers comme Augus­to Van­dor, José Ruc­ci et Loren­zo Miguel. Pen­dant ses deux man­dats de gou­verne­ments, entre 1946 et 1955, Perón avait fait des syn­di­cats le fer de lance de son mou­ve­ment jus­ti­cial­iste. Pra­ti­quant une poli­tique sociale volon­tariste d’amélioration de la con­di­tion ouvrière, il avait coupé l’herbe sous les pieds des mou­ve­ments marx­istes tra­di­tion­nels, social­istes et com­mu­nistes, réduits à de sim­ples grou­pus­cules ou inté­grés dans le mou­ve­ment péro­niste. Prenant le con­trôle des syn­di­cats, il était par­venu à en faire, avec l’aide de sa femme Evi­ta, les cour­roies de trans­mis­sion de son pou­voir auprès de la classe ouvrière. Le prin­ci­pal syn­di­cat, la CGT, lui était tout dévoué.
          De l’autre, un secteur net­te­ment plus révo­lu­tion­naire et reven­di­catif, influ­encé par les mou­ve­ments de libéra­tion d’Amérique latine, et notam­ment le cas­trisme. Un secteur beau­coup plus jeune égale­ment, dans lequel on trou­vait de jeunes catholiques con­ver­tis au marx­isme, les «Mon­toneros», mais égale­ment des mou­ve­ments de gauche extrême, comme les FAR (Forces armées révo­lu­tion­naires), l’ERP (Armée révo­lu­tion­naire du peu­ple) ou les FAP (Forces armées péro­nistes). Pour ces derniers, l’objectif ultime du péro­nisme ne pou­vait qu’être instau­r­er un «social­isme nation­al», à la manière des Cubains.
          Ce qu’il faut bien com­pren­dre, c’est que mal­gré ces diver­gences pro­fondes quant à leurs visions poli­tiques respec­tives, ces deux ten­dances, jusqu’à Ezeiza, n’ont jamais cessé de cohab­iter à l’intérieur du péro­nisme, grâce au charisme même de Perón, le grand uni­fi­ca­teur, gérant avec maes­tria ces antag­o­nismes, en jouant même pour affirmer son lead­er­ship.
En exil à Madrid, Perón n’aura de cesse de tir­er sur ces deux cordes : vers sa droite, le mou­ve­ment syn­di­cal, appelé à com­pos­er avec les dif­férents pou­voirs et à main­tenir la classe ouvrière dans les clous, tout en lut­tant pour la fin de la pro­scrip­tion du péro­nisme ; vers sa gauche, les mou­ve­ments de jeunes incités à harcel­er ces mêmes pou­voirs, afin de leur mon­tr­er «les mus­cles» tou­jours vigoureux du par­ti péro­niste, et en même temps la per­sis­tance du con­trôle que le vieux chef avait sur lui.
          Jeu sub­til d’un chef charis­ma­tique et habile, pous­sant ses pio­ns de tous les cotés de l’échiquier pour mieux occu­per le ter­rain et en rester le seul maître. Dans les années soix­ante, c’est à un chaud par­ti­san de la révo­lu­tion cubaine qu’il con­fie le soin de le représen­ter : John William Cooke.

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John William Cooke

          Ses par­ti­sans n’ont ensuite jamais cessé d’œuvrer à son retour, mal­gré la pro­scrip­tion totale dont il fai­sait l’objet, puisqu’il était même inter­dit, sous les gou­verne­ments mil­i­taires qui se sont suc­cédé – entre­coupés il est vrai de res­pi­ra­tions plus démoc­ra­tiques, avec le gou­verne­ment de trois prési­dents civils entre 1958 et 1966 – de pronon­cer le nom même de l’ancien prési­dent, et, bien enten­du de s’afficher comme péro­niste déclaré.
En 1966, un nou­veau coup d’état a ren­ver­sé le prési­dent civ­il Arturo Illia et porté au pou­voir un autre général, Juan Car­los Onganía, qui sera lui-même rem­placé en 1970 par le général Ale­jan­dro Lanusse. Il s’ensuit une péri­ode de vio­lence et de chaos, générée par la déliques­cence de l’état argentin, les dif­fi­cultés économiques et sociales, l’autoritarisme des mil­i­taires, l’absence de démoc­ra­tie et les crispa­tions sociales et civiques qui en découlent. Les coups de mains de groupes extrémistes péro­nistes se mul­ti­plient, encour­agés de loin par le vieux leader (en 1970, il a déjà 75 ans). Les groupes révo­lu­tion­naires sont de plus en plus act­ifs : Mon­toneros, ERP (Armée révo­lu­tion­naire du peu­ple) FAR (Forces armées révo­lu­tion­naires), FAP (Forces armées péro­nistes), ten­dant, mais en ordre dis­per­sé, vers un même but : ren­vers­er l’état mil­i­taire.
          En 1970, ce chaos général­isé force Onganía à renon­cer à son pro­jet de ren­forcer la dic­tature mil­i­taire. Ale­jan­dro Lanusse lui suc­cède, plus réal­iste et enclin à rechercher un accord avec les par­tis civils : le Grand Accord Nation­al, cen­sé per­me­t­tre le retour à la démoc­ra­tie tout en sauvant la face des mil­i­taires. Néan­moins Lanusse ne parvient pas à rassem­bler autour de lui les forces démoc­ra­tiques, qui s’allient au con­traire pour exiger la fin de la dic­tature mil­i­taire et la remise de tout le pou­voir aux civils.
          Pen­dant ce temps, Perón, tou­jours pro­scrit mais sen­tant que le mou­ve­ment social lui est de plus en plus favor­able, con­tin­ue de soutenir les forces révo­lu­tion­naires et de les engager à pour­suiv­re la résis­tance et à réclamer son retour. Fin tac­ti­cien, il scelle un accord avec Ricar­do Bal­bín, un des prin­ci­paux dirigeants du Par­ti Rad­i­cal, pour­tant vieil enne­mi du péro­nisme, pro­posant même un «tick­et» élec­toral pour se présen­ter avec lui lors d’élections démoc­ra­tiques. Mais les mil­i­taires parvi­en­nent à exclure une fois encore Perón du jeu, et celui-ci est inter­dit de can­di­da­ture.

Juan Perón et Ricar­do Bal­bín

          Mal­gré tout, la sit­u­a­tion du gou­verne­ment de Lanusse est de plus en plus inten­able. La rue est en ébul­li­tion, les atten­tats se mul­ti­plient, et la pop­u­la­tion réclame le retour à l’ordre et à la paix. Or, il devient de plus en plus évi­dent qu’un seul homme peut les impos­er : celui qui tient en réal­ité les rênes de la con­tes­ta­tion, et représente à lui seul le vrai pili­er de toute l’opposition au régime mil­i­taire. Perón a en out­re toute l’autorité néces­saire sur les groupes révo­lu­tion­naires, qui lui sont dévoués et mili­tent active­ment pour le faire revenir en Argen­tine. L’ancien prési­dent représente donc la seule garantie crédi­ble de retour à l’ordre.
          Lanusse, con­traint de céder, per­met la tenue d’élections libres, y met­tant néan­moins une con­di­tion : que Perón ne puisse se présen­ter en per­son­ne. Ce qui arrange, d’une cer­taine façon, les mil­i­tants des deux camps, péro­nistes et rad­i­caux, que l’accord de cir­con­stance entre Bal­bín et l’ancien prési­dent en exil n’enthousiasmait pas vrai­ment.
          Mais cette nou­velle exclu­sion de Perón, qui est resté pop­u­laire dans la mémoire des Argentins, a pour effet de dop­er la ten­dance la plus à gauche, et la plus active, du péro­nisme. D’autant que Perón lui-même choisi un «rem­plaçant» très à gauche pour représen­ter son mou­ve­ment aux élec­tions: Héc­tor Cám­po­ra.

Héc­tor Cám­po­ra

          Les élec­tions de mars 1973 sont une sur­prise totale pour tout le monde. Elles sont un échec sanglant pour Lanusse et le pou­voir mil­i­taire, qui avait comp­té que l’absence de Perón prof­it­erait au can­di­dat rad­i­cal Bal­bín, et un tri­om­phe inespéré par son ampleur, pour le par­ti péro­niste. Héc­tor Cám­po­ra est élu dès le pre­mier tour, et les péro­nistes rem­por­tent de sur­croit 20 régions sur 22.
          Mais per­son­ne n’est dupe : Cám­po­ra n’est qu’un prési­dent de tran­si­tion, en atten­dant le retour défini­tif, et très espéré, du vieux général exilé. Un slo­gan fait d’ailleurs florès à ce moment-là : «Cám­po­ra au gou­verne­ment, Perón au pou­voir». Son retour n’est plus qu’une ques­tion de jours.
          La «dépéro­ni­sa­tion des esprits», après laque­lle avaient cou­ru les dif­férents gou­verne­ments mil­i­taires et civils qui s’étaient suc­cédé entre 1955 et 1973, était donc un for­mi­da­ble échec : le péro­nisme avait survécu dans la mémoire pop­u­laire, et sem­blait revenir plus fort que jamais.
Juan Perón avait fait un pre­mier voy­age à Buenos Aires en novem­bre 1972, pour venir négoci­er avec Bal­bín et organ­is­er son front poli­tique élec­toral mul­ti-par­tis, le FREJULI (Frente jus­ti­cial­ista de lib­eración). Tou­jours pro­scrit, il avait néan­moins dû ren­tr­er en Espagne aus­sitôt après. Cám­po­ra élu, le retour défini­tif du vieux leader fut pro­gram­mé pour le 20 juin suiv­ant. Un retour atten­du par le «petit» peu­ple argentin, dira le philosophe péro­niste José Pablo Fein­mann, comme celui de Godot par les deux pro­tag­o­nistes de la pièce de Ionesco. Sauf que cette fois, Godot allait réelle­ment faire son entrée dans la pièce. Pour, finale­ment, le plus grand mal­heur des Vladimir et Estragon Argentins. Car ce retour tardif allait avoir les con­séquences exacte­ment invers­es à celles espérées par l’ensemble de la société argen­tine.
          Ce que nous ver­rons dans la par­tie suiv­ante.