País pobre — Pobre país

Escrito el 7 de enero de 2020

Frente al aerop­uer­to Jorge New­bery – Diciem­bre de 2007 – Foto PV

          Quizás otros no opinarán lo mis­mo, pero a nosotros siem­pre nos sor­prendió la extrema difer­en­cia entre las dos Améri­c­as, la del norte y la del sur, en cuan­to a sus des­ti­nos políti­cos y económi­cos. Esas dos partes del con­ti­nente pare­cen dos caras total­mente opues­tas de una mis­ma mon­e­da: inmen­sos ter­ri­to­rios col­o­niza­dos por los europeos. En la línea de par­ti­da, las mis­mas riquezas, los mis­mos recur­sos, las mis­mas opor­tu­nidades de desar­rol­lo. Al final, un norte rico, desar­rol­la­do y dom­i­nante, y una parte sur que se quedó atrás, más bien sub­de­sar­rol­la­da, y en larga medi­da, acep­tan­do la tutela del veci­no norteño.

          ¿Aca­so no se podría explicar por la difer­en­cia exis­tente entre los mod­os de con­struc­ción de ambos ter­ri­to­rios? Son los inmi­gra­dos quienes con­struyeron en bue­na parte los Esta­dos-Unidos, a medi­da de su pro­gre­sión hacia el oeste. La Coro­na ingle­sa por su parte se quedó en los ter­ri­to­rios del este, y tan­to su ejérci­to como su Igle­sia desem­peñaron un papel secun­dario en la con­quista del oeste. Eso puede explicar tam­bién porque los Esta­dos-Unidos obtu­vieron su inde­pen­den­cia con bas­tante antic­i­pación, en com­para­ción con los veci­nos del sur: los inmi­gra­dos rep­re­senta­ban una enti­dad fuerte y legí­ti­ma frente a la de la Coro­na.
Al con­trario en el sur, España y Por­tu­gal insta­laron una autori­dad real muy fuerte así como muy apremi­ante. Las tier­ras con­quis­tadas eran con­sid­er­adas como propiedad exclu­si­va de la Coro­na, y esa las dis­tribuía en pri­or­i­dad a las “grandes famil­ias”, quienes se apoder­aron de la may­oría de las tier­ras agrí­co­las del sub­con­ti­nente. De allí en más, esas grandes famil­ias con­sti­tuyeron una suerte de clase nacional inmutable, iden­ti­ficán­dose a la nación mis­ma. “Somos Argenti­na” o “Somos Chile” sue­len decir a menudo los ter­rate­nientes del cono sur. Esas famil­ias aca­pararon tam­bién los puestos impor­tantes tan­to en el Ejérci­to como en la jer­ar­quía católi­ca, así que se apoder­aron de la casi total­i­dad de los medios de poder y, sal­vo durante unos pocos – y cor­tos – peri­o­dos, coparon la esce­na políti­ca has­ta hoy. Y la copan todavía, aún cuan­do fuerzas opos­i­toras lograron abrirse un pequeño espa­cio.

          Resul­ta que esos país­es se ven más bien dirigi­dos por una oli­gar­quía que des­cansa en los viejos esque­mas de una economía agroex­por­ta­do­ra. Generan­do una brecha enorme entre las clases más ric­as y las clases más pobres, sin dejar posi­bil­i­dad a la exis­ten­cia de pasare­las entre las dos cat­e­gorías, sien­do las sociedades suramer­i­canas muy “repro­duc­toras”. Con para­le­la­mente un inmovil­is­mo económi­co tremen­do: la indus­tria está casi toda en manos extran­jeras, y los ser­vi­cios públi­cos están casi todos… bajo con­trol de cap­i­tales pri­va­dos.
          Tal sociedad desigual no puede sino gener­ar una guer­ra fer­oz entre las dis­tin­tas clases sociales. Lo que expli­ca la frag­ili­dad del sis­tema democráti­co: cada cam­bio de gob­ier­no se vive como una revan­cha, el tiem­po de “hac­er­les pagar” a los ven­ci­dos su políti­ca pasa­da. Eso se puede obser­var en la actu­al­i­dad por ejem­p­lo en Brasil con la elec­ción de Bol­sonaro después de Lula, o el golpe “blan­do” con­tra Evo Morales en Bolivia (por lo menos has­ta la elec­ción de Luis Arce). Dos ejem­p­los en medio de var­ios. Pasa lo mis­mo con los medios de comu­ni­cación y la pren­sa. Acá en Argenti­na, esos medios son más bien mil­i­tantes, y no se molestan en aparentar una obje­tivi­dad que no tienen, como lo hacen nue­stros pro­pios medios en Fran­cia. Clarín es rotun­da­mente antiper­o­nista, La Nación un diario deci­di­da­mente con­ser­vador, y Pagina/12 apoya sin reser­va a los gob­ier­nos per­o­nistas . Pasa igual con la tele: uno nota en segui­da a que cam­po pertenece la o él quien está hablan­do. En tal con­tex­to, ¿Cómo podría pro­gre­sar el país?

          Argenti­na lo tiene todo para vol­verse un país desar­rol­la­do y rico: un ter­ri­to­rio inmen­so, todos los tipos de cli­ma, recur­sos agropecuar­ios sin límite (aunque este rubro bas­tante daña­do por el monocul­ti­vo), riquezas en el sub­sue­lo, una población que todavía puede cre­cer (tan sólo 45 mil­lones de habi­tantes, o sea un mil­lón menos que España, pero con un ter­ri­to­rio casi seis veces más grande), un poten­cial turís­ti­co todavía por desar­rol­lar, un pasa­do cos­mopoli­ta riquísi­mo, etc… Ese país tenía que vol­verse tan desar­rol­la­do y rico como Esta­dos-Unidos, y al con­trario, se quedó un país pobre, delicues­cente, gob­er­na­do por políti­cos cor­rup­tos e incom­pe­tentes, a suel­do de poten­cias extran­jeras (sobre todo esta­dounidens­es) o, cuan­do gob­ier­nan des­de la izquier­da, con tenta­ciones autocráti­cas.
          Un país des­perdi­ci­a­do.

Con­traste. En el fon­do, el puer­to indus­tri­al. En primer plano, la autopista Umber­to Illia. Entre los dos, más allá del fer­ro­car­ril, la « vil­la 31 », la más grande de Buenos Aires – foto PV
Chalet – Tigre – Delta del Paraná – Foto PV
Casas de adobe, noroeste argenti­no – Foto PV

La Biela (En español)

Escrito el 5 de enero de 2020

Entra­da Aveni­da Quin­tana, 600 – Foto PR

          No nece­si­ta­mos pre­sen­tar ese bar muy famoso que se hal­la frente al cemente­rio de la Reco­le­ta : lo van a encon­trar en todas las guías turís­ti­cas.
No es el más lin­do de los bares nota­bles de Buenos Aires, tam­poco el más aut­en­ti­co, pero sí uno de los más antigu­os. Su his­to­ria empieza en 1850. En la época, se trata­ba tan sólo de un pequeño bar de afi­ciona­dos, se llam­a­ba “la Vered­i­ta” (la pequeña acera). Luego, se llamó “el Aéreo”, debido a su pop­u­lar­i­dad den­tro del medio de los pilo­tos de avión. Eso has­ta los años cin­cuen­ta. A par­tir de 1950, se volvió el lugar de predilec­ción de otros pilo­tos, con volante esos, y por fin recibió su nom­bre actu­al: La Biela.
          Tam­bién lo fre­cuenta­ban unos escritores famosos: para recor­dar­lo, los dueños insta­laron una mesi­ta redon­da en la entra­da, donde se pueden ver sen­tadas las estat­uas de Jorge Luis Borges y su gran ami­go Adol­fo Bioy Casares, toman­do café. Así que los tur­is­tas pueden sacarse fotos com­par­tien­do café con esas dos estrel­las de la lit­er­atu­ra argenti­na. (Lo hicieron igual en el Tor­toni, otro bar notable del cen­tro de la Cap­i­tal, donde Borges tam­bién está sen­ta­do en una mesa las 24 horas. No dudo que esos famosos pasaron tiem­po en esos bares, por lo menos cer­ti­fi­ca que tenían buen gus­to. Pero obligar así a esos pobres hom­bres algo ancianos a pasarse todo el día afer­ra­dos a una taza de café, ame­tral­la­dos por los flash­es de las cam­eras, nos da algo de pena).

Jorge Luis Borges y Adol­fo Bioy Casares, clientes per­petu­os – Foto PR

          El dec­o­ra­do de La Biela no tiene nada extra­or­di­nario. En el inte­ri­or, como es de supon­er, es un dec­o­ra­do más bien auto­movilís­ti­co: fotos de pilo­tos en sus bóli­dos, casi todas de los años 50, en blan­co y negro, muchas del héroe nacional, Juan Manuel Fan­gio, insignias de mar­cas, piezas de coches (por ejem­p­lo, ¡un mag­nifi­co radi­ador de His­pano!), y por supuesto, la famosa biela tal­la­da en el respal­do de las sil­las de madera del local. O sea, ambi­ente “vin­tage”. Afuera, la amplia ter­raza parece mucho menos atrac­ti­va. Total anar­quía de mue­bles de jardín de plás­ti­co blan­co y verde oscuro, muy numerosos, como amon­ton­a­dos sin orden aparente, o un orden siem­pre alter­ado por los clientes que desplazan sil­las y mesas a su anto­jo. Ojo cuan­do van a ele­gir una mesa: todo el sitio es tam­bién ter­ri­to­rio de una mul­ti­tud de palo­mas, así que más vale ele­gir una mesa pro­vista de para­sol. Des­de la ter­raza, se puede admi­rar el tan mag­ní­fi­co como famoso gomero, plan­ta­do acá hace más de un siglo, y que con el bar y el cemente­rio, rep­re­sen­ta la ter­cera mar­avil­la de la zona.

El gomero frente a La Biela – foto PV

          La sala y la ter­raza for­man como dos mun­dos sin relación entre sí. Tuvi­mos tiem­po de darnos cuen­ta, ya que nue­stro depar­ta­men­to esta­ba casi al lado, y solíamos pasar acá la may­oría de los fines de tarde.
La Biela se hal­la en un bar­rio muy turís­ti­co, ya que está exac­ta­mente en frente del cemente­rio más famoso de Buenos Aires, equiv­a­lente al “Père Lachaise” parisi­no, donde se pueden encon­trar las tum­bas de una mul­ti­tud de próceres argenti­nos, como Eva Perón, Domin­go Sarmien­to, Hipól­i­to Irigoyen, José Hernán­dez, y tan­tos más. O sea que La Biela es un lugar caro, pero muy caro. Es decir, en com­para­ción con los demás “bares nota­bles” de la ciu­dad. Pero siem­pre es posi­ble pedir una “cañi­ta” de cerveza y unas “chips” de patatas sin vaciar su cartera, y así poder pasar una hora tran­quila sen­ta­do en la ter­raza, a mirar y escuchar a los demás clientes.       Bueno, en una nov­ela, siem­pre ocurre algo al héroe que se sien­ta a tomar algo en una ter­raza cualquiera. Miradas que se cruzan, el tit­u­lo de un libro en la mesa que per­mite entablar una con­ver­sación, el famoso que viene a sen­tarse al lado y le pide por favor, la car­ta del menú que des­cubre en su mesa y está fal­tan­do en la suya, bueno, pasa algo y al final, empieza una relación muy fuerte entre dos seres que todavía no se conocían antes de lle­gar a la ter­raza. Con nosotros no. No pasó nada. En la real­i­dad, una ter­raza llena de gente ordi­nar­ia, gru­pos de tur­is­tas de todas las nacional­i­dades, jóvenes, menos jóvenes, ancianos, famil­ias, pandil­las de minas recreán­dose, ejec­u­tivos de via­je, o sea, nada muy notable. Gente que parece ten­er una vida tan nor­mal como la nues­tra. Claro que siem­pre es posi­ble inven­tar­los otra más exci­tante, de eso pre­cisa­mente se pre­ocu­pan las nov­e­las, dis­frazar lo ordi­nario de extra­or­di­nario, pero si nos per­miten, antes de empren­der tal del­i­ca­da y noble tarea, déjenos ter­mi­nar por lo menos nues­tras cervezas, antes de que el sol muy duro de la tarde acabara de dis­frazarlas de sopa de lúpu­lo.
          Aden­tro es otro mun­do. Total e implaca­ble­mente. Por una parte, el prome­dio de edad es mucho más ele­va­do, y por otra parte, el públi­co es mucho más argenti­no. O sea, viejos argenti­nos. Gente del bar­rio, que los camareros recono­cen al entrar. Esa parte de La Reco­le­ta, sin duda la más selec­ta, es ter­ri­to­rio de la vie­ja bur­guesía porteña. La bur­guesía joven vive más bien en Paler­mo. Por lo menos los menos con­ven­cionales. Des­de hace unos años, los ricos argenti­nos (cada vez más numerosos a medi­da que hay cada vez más pobres en el país) se van más bien a vivir en Puer­to Madero, ese nue­vo bar­rio con­stru­i­do frente a los antigu­os galpones trans­for­ma­dos en restau­rantes de lujo, del otro lado de los estanques.
          Los ancianos se quedaron en La Reco­le­ta. Más exac­ta­mente den­tro del islote for­ma­do por las avenidas Callao, Pueyrredón, Lib­er­ta­dor y Las Heras. La Biela sien­do el cen­tro exac­to del islote. Y el pun­to de encuen­tro de la ancian­idad aco­moda­da, lec­to­ra de Clarín y votan­do para la derecha con­ser­vado­ra. Así se entiende mejor por qué a Borges le gusta­ba tan­to el lugar.

La sala – foto PV

          Sin embar­go no es para provo­car que abro el pequeño libro que com­pre en el Ate­neo y empiezo a leer­lo. Se tra­ta de “Pro­fe­tas del odio”, no el de Jau­retche sino el de un tal Aníbal Fer­nán­dez, antigua­mente sec­re­tario de la pres­i­den­cia durante el manda­to de Cristi­na Kirch­n­er. Cristi­na, la bru­ja mala de los viejos bur­gue­ses de La Reco­le­ta. No sé si los ancianos sen­ta­dos a nue­stro lado cono­cen a Aníbal Fer­nán­dez. El libro apun­ta hacía algu­nas obse­siones de los medios políti­cos y peri­odís­ti­cos de la derecha argenti­na. Es un libro muy per­o­nista, más: un libro kirch­ner­ista. Y que­da claro que los ancianos de al lado odi­an a los kirch­ner­is­tas. Porque acabamos de oír a uno de ellos pre­gun­tan­do a sus con­ter­tulios: “¿Sabéis lo que resul­ta del encuen­tro entre un kirch­ner­ista y Fran­cis­co 1°?” … “Un ñoqui de papa”. Un chiste muy derechista, pero que nos hace mucha gra­cia.
(Cabe aclarar que en Argenti­na, durante el manda­to de Mauri­cio Macri, lla­maron “ñoquis” a los supuestos fun­cionar­ios de sobra – nom­bra­dos bajo el kirch­ner­is­mo – en la admin­is­tración públi­ca).

San Telmo (En español)

Escrito el 5 de enero de 2020

           Pasé la mañana de ayer en San Tel­mo. Me asom­bra lo que pro­duce en mi mente, cada vez que lo vis­i­to, ese bar­rio. Des­de un prin­ci­pio, me enam­oré, como dicen en los mal­os doc­u­men­tales. Para mí rep­re­sen­ta el alma de la ciu­dad de Buenos Aires, el núcleo espir­i­tu­al. No por casu­al­i­dad: es uno de los bar­rios más antigu­os, que cono­ció las grandes olas de inmi­gración de los años 1890–1910. En la época era un bar­rio tan­to pop­u­lar como cos­mopoli­ta, con sus con­ven­til­los (casas de dos o tres pisos cuyos depar­ta­men­tos minús­cu­los daban en una galería cer­can­do un patio inte­ri­or) donde se amon­ton­a­ban los europeos que acaba­ban de lle­gar en bar­cos, la may­oría españoles e ital­ianos.
          Antes de estas olas de inmi­gración, vivían acá los porteños más aco­moda­dos: San Tel­mo era un bar­rio más bien res­i­den­cial. Todavía se nota Me parece que es esta doble iden­ti­dad – bar­rio aco­moda­do, luego bar­rio muy pobre – que le procu­ra este alma espe­cial y emblemáti­co. San Tel­mo es como un con­cen­tra­do de épocas y pobla­ciones muy dis­tin­tas. Pero de todo eso no que­da casi nada: ni de la primera época, ni de la segun­da. Como lo que ocur­rió con el bar­rio de Mont­martre en Paris, San Tel­mo se volvió un museo al aire libre. Uno puede andar en sus calles (muchas guardaron sus antigu­os ado­quines), es difí­cil imag­i­nar gente de ver­dad vivien­do acá, por lo menos en el corazón del bar­rio, rec­tán­gu­lo for­ma­do por la aveni­da Bel­gra­no, la plaza Dor­rego, y las calles Piedras y Defen­sa. No se ven muchas tien­das tradi­cionales en esta zona, donde pul­u­lan las tien­das para tur­is­tas. En eso el mer­ca­do es emblemáti­co: no se ven muchos puestos de com­er­cio de vian­das, la may­or parte del espa­cio estando ocu­pa­do por puestos de antigüedades y de comi­da ráp­i­da y bara­ta “típi­ca”. O sea que se des­ti­na a un públi­co muy particular.en fachadas antiguas, aunque con el tiem­po esas casas se volvieron bas­tante destar­ta­l­adas. La epi­demia de fiebre amar­il­la (1871) cam­bió del todo el uni­ver­so demográ­fi­co del bar­rio.

En San Tel­mo, ves­ti­gio de una época desa­pare­ci­da… — Foto PV

          Me parece que es esta doble iden­ti­dad – bar­rio aco­moda­do, luego bar­rio muy pobre – que le procu­ra este alma espe­cial y emblemáti­co. San Tel­mo es como un con­cen­tra­do de épocas y pobla­ciones muy dis­tin­tas. Pero de todo eso no que­da casi nada: ni de la primera época, ni de la segun­da. Como lo que ocur­rió con el bar­rio de Mont­martre en Paris, San Tel­mo se volvió un museo al aire libre. Uno puede andar en sus calles (muchas guardaron sus antigu­os ado­quines), es difí­cil imag­i­nar gente de ver­dad vivien­do acá, por lo menos en el corazón del bar­rio, rec­tán­gu­lo for­ma­do por la aveni­da Bel­gra­no, la plaza Dor­rego, y las calles Piedras y Defen­sa. No se ven muchas tien­das tradi­cionales en esta zona, donde pul­u­lan las tien­das para tur­is­tas. En eso el mer­ca­do es emblemáti­co: no se ven muchos puestos de com­er­cio de vian­das, la may­or parte del espa­cio estando ocu­pa­do por puestos de antigüedades y de comi­da ráp­i­da y bara­ta “típi­ca”. O sea que se des­ti­na a un públi­co muy par­tic­u­lar.

El mer­ca­do – foto PV- 2020

          Ayer me dejé lle­var por el instin­to turís­ti­co, y me acerqué a uno de estos puestos. No tenía sil­las, ni mesas, solo una bar­ra por sus tres lados, con sil­las altas. Encon­tré un sitio en la úni­ca que qued­a­ba libre, y esperé a que me atendier­an leyen­do la car­ta del menú. Se trata­ba de un puesto de chori­panes: algo pare­ci­do al per­ro caliente, pero en vez de la salchicha de plás­ti­co tradi­cional, ponen unos chori­zos muy gor­dos. Bueno, no exac­ta­mente chori­zo, quiero decir, lo que nosotros france­ses sole­mos cono­cer bajo este nom­bre. No, acá se tra­ta de otra salchicha, que puede ser de cer­do o de cordero. Y añaden, según el gus­to del cliente, sal­sa, cebol­la, lechuga, rúcu­la (a los argenti­nos les gus­ta sobre­man­era la rúcu­la) etc…
          Como es de cos­tum­bre en Argenti­na, el cliente tiene que ten­er mucha pacien­cia. Me lle­varon el vaso de vino muy rápi­do, pero luego tuve tiem­po para tra­gar­lo todo antes de que me lle­varan el tan esper­a­do choripán. Cabe admi­tir que es una garan­tía de cal­i­dad: asen los chori­zos a medi­da de los pedi­dos. Me gustó mucho. Pero com­er así solo frente a la bar­ra, escuchan­do las con­ver­sa­ciones alrede­dor – y escuchar no sig­nifi­ca enten­der, a lo mejor se oye un bul­li­cio con­fu­so – no favorece el deseo de pro­lon­gar el almuer­zo. Supon­go que otro tur­ista menos tími­do hubiera entabla­do con­ver­sación con su veci­no, pero eso es algo casi imposi­ble para mí.
          San Tel­mo-Mont­martre. Supon­go que es mi ape­ten­cia para la his­to­ria que moti­va mi amor por estos dos bar­rios, pese a que se volvieron sólo tram­pas para tur­is­tas. Tam­bién es que, detrás de esos dis­fraces bas­tante nuevos, no es muy difí­cil encon­trar la esen­cia antigua y evo­car, aunque sea sólo en su mente, lo que fueron antes de vol­verse museos: los tes­ti­gos de una gran his­to­ria pop­u­lar. De todos mod­os, me parece imposi­ble vis­i­tar las dos cap­i­tales sin pasar por sus calles por lo menos una vez.

Foto PV — 2008

Villas miseria

Rédigé le 28 jan­vi­er 2020

          L’autre jour, du côté de la Fac­ulté de droit, en bas de Reco­le­ta, le quarti­er où j’habite, à deux pas d’un des sites les plus fréquen­tés par les touristes, un Aus­tralien de 67 ans fai­sait son jog­ging, vers 6 h 30 du matin, lorsqu’il a été vio­lem­ment agressé par un jeune qui en voulait à son portable. Un coup de couteau de cui­sine en plein cœur, il est dans le coma. (Au jour où nous pub­lions cet arti­cle, il est mal­heureuse­ment décédé).

          Mon ami Patrick et moi, il y a trois ans, avions été égale­ment agressés au même endroit, cette fois dans l’enceinte même de la Fac­ulté, dont nous vis­i­tions le hall mon­u­men­tal. On était en pleine journée, mais le lieu, guère remar­quable en fait, était totale­ment désert. Agres­sion bien moins grave. Nous avons sen­ti de l’humidité dans notre dos, un type est arrivé et nous a fait remar­quer que nos vête­ments étaient souil­lés. Nous avons immé­di­ate­ment pen­sé à de la fiente de pigeons, nom­breux dans les par­ages, et le type nous a indiqué des toi­lettes proches et a pro­posé de nous aider à net­toy­er nos vête­ments. Heureuse­ment, Patrick a remar­qué que pen­dant ce temps – nous avions ôté nos vestes et le type aidait à y pass­er des servi­ettes en papi­er mouil­lées – il nous fai­sait joyeuse­ment les poches. Lorsque je l’ai approché, il a eu peur, et j’ai repris mon porte­feuille qu’il dis­sim­u­lait sous des papiers. Nous l’avons viré avec perte et fra­cas, mais sans plus. D’une part, nous ne voulions pas nous met­tre dans les ennuis, d’autre part, rien ne prou­vait qu’il ne serait pas revenu avec des copains. Bien enten­du, c’était lui qui nous avait lancé le pro­duit nauséabond sur les vête­ments, prob­a­ble­ment au moyen d’une seringue. Une tech­nique, avons-nous appris plus tard, en vogue à l’époque.

          Tout ça pour dire que ce secteur n’est donc pas très sûr. Nor­mal, m’a expliqué mon ami Ben­i­to : la Fac­ulté de droit est située juste en face de la vil­la mis­e­ria n°31, de l’autre côté de la voie fer­rée :

T = cen­tre touris­tique

          On con­nait mieux le terme de vil­la mis­e­ria dans sa tra­duc­tion brésili­enne : favela. Au Chili, on dit « chabo­la ». Et chez nous, « bidonville ». Le numéro n’a rien à voir avec le nom­bre de « vil­las » exis­tant dans l’enceinte de la ville. Il n’y en a pas autant, heureuse­ment. Il existe deux expli­ca­tions à cette his­toire de numéro : soit il s’agirait d’un numéro cadas­tral, soit du numéro cor­re­spon­dant à l’ordre de créa­tion du bidonville à tra­vers l’histoire, les pre­miers datant des années 30 (péri­ode où l’immigration venue de l’extérieur est rem­placée par celle venue de l’intérieur) et beau­coup ayant donc dis­paru depuis. Il en reste un peu plus d’une dizaine aujourd’hui.

           A Buenos Aires, ce sont de véri­ta­bles villes dans la ville. Au fil du temps, les maisons au début pré­caires, faites de matéri­aux les plus divers, ont fini peu à peu par céder la place à des con­struc­tions plus solides, en briques, en parpaings, en bois ou en tôle. Cer­taines pren­nent même de la hau­teur ! Totale­ment dépassé, l’Etat n’a jamais pu réus­sir, au cours de l’histoire, à se débar­rass­er de ces stig­mates, faute de solu­tion de rel­o­ge­ment décent. Alors il s’adapte : les « vil­las » pos­sè­dent un ser­vice min­i­mum de dis­tri­b­u­tion d’eau, et on ferme les yeux sur le détourne­ment du sys­tème élec­trique.

Pho­to Com­mons wiki­me­dia

          Ces cités ont fini par for­mer de véri­ta­bles com­mu­nautés organ­isées, avec leurs pro­pres règles. Ain­si, le nou­v­el arrivant doit se pli­er aux con­di­tions d’installation fixées par les occu­pants actuels. Ce sont égale­ment des cités fer­mées : le non rési­dent qui décide de les tra­vers­er le fait à ses risques et périls, les « étrangers » étant vus comme des intrus. Ou pire, comme des voyeurs. Car les habi­tants tien­nent à une cer­taine dig­nité, et détes­tent être vus comme des bêtes curieuses. Pau­vres par­mi les pau­vres, ils sont venus pour la plu­part des provinces de l’intérieur, pour fuir le chô­mage et ten­ter de se faire une place dans la société portègne. On les surnomme, non sans mépris « grasas », ou « negros », en référence à leur teint mat et leurs cheveux som­bres et d’aspect grais­seux : la grande majorité vient des provinces du nord, ou des pays lim­itro­phes, et beau­coup sont d’ascendance indi­enne.
          Naturelle­ment, il y a eu des ten­ta­tives pour en finir avec ces bidonvilles. Dans les années soix­ante, les gou­verne­ments mil­i­taires ont ain­si créé des « Noy­aux d’habitation tran­si­toires ». Mais non seule­ment les habi­ta­tions con­stru­ites ne suf­firent pas à rel­oger l’énorme pop­u­la­tion pré­caire (près de 300 000 per­son­nes en 1966), mais elles étaient encore plus indignes que celles con­stru­ites par les « villeros » eux-mêmes : une moyenne de 14 m² par famille, pas de salle de bain, pas de car­relage au sol, etc… En somme, on a con­stru­it des bidonvilles à côté des bidonvilles.
Aujourd’hui, ces zones de pré­car­ité se sont instal­lées dans l’espace et dans le temps. Elles font par­tie d’un décor qu’on regarde de loin, ou qu’on préfère ignor­er. Ce sont des cités dans la cité, où les gens vivent presque nor­male­ment, ont par­fois un tra­vail (pré­caire lui aus­si), une voiture, leurs pro­pres com­merces. Les enfants vont à l’école publique. Ce qui entraine par force une cer­taine mix­ité sociale : ain­si les écoles publiques de La Reco­le­ta, quarti­er chic par excel­lence, accueil­lent les enfants de la vil­la 31 ! Ce qui ne va pas sans fric­tions. Et bien enten­du, la « bonne société » envoie ses pro­pres enfants dans le privé.
          J’ai lu dans le jour­nal de ce matin que l’état venait d’installer une grande par­tie des locaux du min­istère de l’éducation en bor­dure de la Vil­la 31. Le per­son­nel n’a pas l’air très heureux de ce change­ment. Out­re le prob­lème du trans­port, il pose celui de l’insécurité. Les gens des vil­las ne sont pas plus délin­quants que les autres. C’est sim­ple­ment une ques­tion de con­cen­tra­tion de pau­vreté dans un même périmètre. Et de con­som­ma­tion de drogue, aus­si, assez élevée par­mi les jeunes des vil­las. Les villeros ne deman­deraient pas mieux que de s’intégrer dans le tis­su social portègne. Mais ils sont coincés. Tout le monde est coincé : eux, l’Etat qui n’a pas les moyens de résoudre le prob­lème à brève échéance (ni à longue échéance non plus), les voisins des vil­las qui subis­sent un envi­ron­nement dif­fi­cile et con­flictuel. Toute la société est con­cernée, mais per­son­ne ne fait rien. L’éternel fatal­isme argentin.

Pour aller plus loin :

Les vil­las mis­e­ria de Buenos Aires (arti­cle en français)
http://www.petitherge.com/article-les-villas-miseria-de-buenos-aires-113282972.html

El bajo Bel­gra­no : del bar­rio de Las latas a la vil­la 30 (En espag­nol)
https://rdu.unc.edu.ar/bitstream/handle/11086/13231/snitcofcky_eje%202.pdf?sequence=34&isAllowed=y

Los ori­genes de los bar­rios pre­car­ios en la ciu­dad (En espag­nol)
http://www.solesdigital.com.ar/sociedad/historia_villas_1.htm

Ain­si que sur ce même blog, la nou­velle “Le bon doc­teur San­ta­mans” (En deux ver­sions)
https://argentineceleste.2cbl.fr/le-bon-docteur-santamans‑2/

Kioscos

Rédigé le 28 jan­vi­er 2020

          Par­mi tous les lieux les plus « typ­ique­ment argentins » qu’on peut ren­con­tr­er en vis­i­tant Buenos Aires, boîtes à tan­go, bars anciens, théâtres de l’avenue Cor­ri­entes, restau­rants « tene­dor libre » , il en est un qui, lui, ne se retrou­ve vrai­ment nulle part ailleurs, et me sem­ble-t-il, n’a jamais été copié à l’étranger. Je veux par­ler du « kiosco ». Tout le monde sait ce qu’est un kiosque. Chez nous en France, il désigne générale­ment deux choses bien dis­tinctes : feu le kiosque à musique, pra­tique­ment dis­paru ou, lorsqu’il en reste, classé mon­u­ment his­torique, et le très parisien kiosque à jour­naux. Accep­tion égale­ment espag­nole, ce dernier. Ici, les jour­naux se vendent égale­ment –et exclu­sive­ment – sur le trot­toir, mais ces « kiosques » là sont désignés par le terme plus général de « puesto », stand.
          A Buenos Aires, le « kiosco », c’est tout autre chose. Et c’est prob­a­ble­ment le com­merce le plus répan­du à tra­vers la ville : il en existe un au min­i­mum par cuadra, par­fois davan­tage. Autrement dit, pra­tique­ment un tous les 150 mètres.
          C’est petit, c’est entière­ment ouvert sur la rue, et ils ont pra­tique­ment tous la même dis­po­si­tion intérieure : en entrant à gauche ou à droite, un large présen­toir en arc de cer­cle, sur l’autre mur, une étagère, et au fond, des armoires réfrigérantes pour les bois­sons.
          Ils vendent tous les mêmes pro­duits : des cochon­ner­ies, exclu­sive­ment. Bar­res choco­latées, paque­ts de chips, chew­ing-gum, paque­ts de bis­cuits, bon­bons, sodas, bières, petits bibelots. Par­fois, de l’herbe à maté ou des objets pra­tiques, comme des piles ou des porte-clés. Rien de volu­mineux, jamais : rien que du « petit pro­duit », pas cher. Cer­tains abri­tent égale­ment une machine per­me­t­tant de recharg­er sa carte de trans­port.

Deux exem­ples. Une chaine n’hésite pas à proclamer une ouver­ture de 25 h par jour !

          Mais les « kioscos » ne sont pas que des postes de vente. Je me suis rapi­de­ment aperçu qu’ils étaient égale­ment des lieux de ren­con­tres et de réu­nions. Le polici­er en fac­tion dans la rue ne s’en tient jamais très loin, et y entre fréquem­ment pour bavarder avec le vendeur. Sans doute cela lui per­met-il de pren­dre le pouls du quarti­er, ou d’apprendre les derniers potins. Les petits vieux font sem­blant d’avoir besoin d’une tablette de « chi­cle » (chew­ing-gum) pour venir retrou­ver un copain, et, en peu de temps, un autre arrive, puis un autre, et une réu­nion se monte qui se met à com­menter l’actualité.
          Il doit y avoir une entente avec les com­pag­nies de bus, à voir le nom­bre d’arrêts fixés devant ces postes. Ain­si, l’attente du « colec­ti­vo » par­fois longue sur cer­taines lignes, fait marcher le com­merce.
          Je me suis demandé cepen­dant si, eut égard au type de marchan­dis­es ven­dues là-dedans, et à l’extrême con­cur­rence exis­tant dans la ville, ce genre de com­merce pou­vait avoir une quel­conque rentabil­ité. Il paraitrait que oui. Je le crois volon­tiers, ils ne seraient pas si nom­breux sans cela.
          Ceci étant, c’est au prix d’un tra­vail d’esclave. Les horaires ont une ampli­tude extra­or­di­naire, cer­tains sont même ouverts 24h/24 ! Mais c’est le lot de la plu­part du com­merce portègne, resté très arti­sanal. Un autre com­merce à grande dif­fu­sion, ce sont par exem­ple les marchands de fruits et légumes. Il y en a pra­tique­ment autant que de kioscos. Ils ouvrent de 7 h à 21 h, quelque­fois même plus tard. Idem pour les petites épiceries (les « shop­pings », comme ils les appel­lent ici en bon espag­nol), sou­vent tenues par des asi­a­tiques. On trou­ve quelques supérettes, type Car­refour mar­ket : celles-là ouvrent aus­si 24h/24, dimanche com­pris. Aucun risque de tomber en panne. Moi, en bon Français, je m’arrange tou­jours pour avoir de quoi pour pass­er le dimanche, je me refuse à faire des cours­es ce jour-là. Quand je le dis, on me regarde avec un éton­nement mêlé de respect. Ici, nous autres Français, sommes con­sid­érés comme des gens « qui ne se lais­sent pas faire », et savent impos­er des règles aux « dom­i­nants ». Toute la ques­tion est de savoir si ce sont eux qui vont par­venir à s’aligner sur notre mod­èle, ou si c’est nous qui mar­chons à grands pas vers le leur. Là-dessus, j’ai quelques inquié­tudes.
          Un autre éton­nement, qui a une loin­taine, mais cer­taine rela­tion avec ce qui précède. Vu le nom­bre de propo­si­tions de « mal bouffe » qu’on peut trou­ver ici (les kioscos, leurs paque­ts de chips, leurs sucreries et leurs énormes bouteilles de sodas de toutes saveurs et de toutes couleurs, mais égale­ment les restau­rants de bouffe rapi­de, les postes à piz­zas et à empanadas, etc…) je m’attendais à voir une pop­u­la­tion pro­por­tion­nelle­ment plus obèse. Que nen­ni. A pre­mière vue, l’immense majorité des Argentins ren­con­trés ont la ligne. Il y a bien sûr des excep­tions. Et comme sou­vent, ces excep­tions procla­ment une évi­dente pau­vreté. Le tour de taille est, ici comme ailleurs, inverse­ment pro­por­tion­nel à la grosseur du porte­feuille. Pas besoin de m’étaler sur les caus­es de ce phénomène, elles sont abon­dam­ment com­men­tées partout. Ce qui me frappe égale­ment, c’est que les lieux de mal bouffe, pour la plu­part, por­tent des noms anglais. Comme chez nous. Pêle-mêle : Whoop­ies, Mon­day, Kentucky’s (et même pas « fried chick­en »), Dean and Den­nys, The Burg­er Joint, The Burg­er Com­pa­ny, et je ne par­le pas des McDo, Burg­er King et con­sorts, aus­si nom­breux que chez nous.
          Décidé­ment, anglo­phonie ne rime tou­jours pas avec gas­tronomie. On me dira que je suis anglo­phobe. Calom­nies. La seule pen­sée des mag­nifiques repas pris dans les pubs du nord de l’Angleterre avec mon beau-frère, qui y vit, me provoque une irré­press­ible nos­tal­gie. Là-bas, les noms de Black bull, George and Drag­on, Roy­al Oak me font venir l’eau à la bouche. Mais l’Angleterre n’est pas les Etats-Unis. Et l’Argentine, c’est d’abord et avant tout, un pays…américain. Et bien enten­du, le Coca est roi. Moins qu’au Chili, mais quand même. Il accom­pa­gne davan­tage les repas que le vin, dont les Argentins sont pour­tant si fiers. Le Coca, et le Fan­ta de notre enfance. Il existe tou­jours, mais naturelle­ment, main­tenant, c’est une mar­que… de Coca-Cola Com­pa­ny ! Mon eau gazeuse elle, a beau s’appeler Villav­i­cen­cio, c’est une mar­que de Danone ! L’Amérique latine est très per­méable aux multi­na­tionales, mais ça n’a rien de nou­veau. C’est même à cette emprise qu’elle doit bien des dic­tatures.
          Mais heureuse­ment, Buenos Aires est égale­ment une ville rem­plie de beaux, et bons endroits gas­tronomiques. Et très acces­si­bles pour nos porte­feuilles européens. Promis, j’en dresserai une liste à l’occasion !

J’en ai trou­vé un (presque) à mon nom ! Mais mal­gré son fier « maxi », il est tout petit ! – Pho­to PV

Cimetières portègnes : La Recoleta

Rédigé le 17 jan­vi­er 2020

Entrée du cimetière de La Reco­le­ta – Pho­to PR

          Cer­tains, portés sur la psy­cholo­gie de comp­toir, ver­ront peut-être là un plaisir mor­bide, ou à tout le moins une atti­rance un tan­ti­net nécrophage. Aus­si loin que remon­tent mes sou­venirs, j’ai pour­tant tou­jours aimé vis­iter les cimetières, et je n’en éprou­ve aucune sorte de honte, et encore moins de sen­ti­ment de per­ver­sité mal placée. Les cimetières sont, de mon point de vue, des endroits de prom­e­nades large­ment aus­si agréables, et bien plus instruc­tifs, que les parcs publics, avec lesquels ils parta­gent de nom­breux points com­muns.
          Car les cimetières ne sont pas seule­ment des lieux de ver­dure, d’ombrages et d’allées bien dess­inées comme le sont égale­ment les parcs publics. Ils offrent en plus l’avantage d’une rel­a­tive tran­quil­lité (pas de chiens, pas de pique-niqueurs, pas de joueurs de bal­lon ou de joggeurs courant en tous sens), d’une par­faite sérénité et, surtout, nous offrent, pour peu qu’on sache faire tra­vailler un peu son imag­i­na­tion, de pas­sion­nants voy­ages dans le temps. Ne me con­trediront que ceux qui ne se sont jamais arrêtés avec émo­tion devant une plaque à demi effacée, por­tant le nom d’un ou une parfait(e) inconnu(e), ayant vécu au siè­cle passé. Qui était-il ? Qui était-elle ? Quel genre de per­son­ne était-ce ? Sa mort, qui a plongé les siens dans la détresse, a‑t-elle pu égale­ment réjouir d’éventuels enne­mis ? Quelle vie fut la sienne ? Et dans quelles cir­con­stances est-elle morte ? Etc…
          De cela, à vrai dire, la lec­ture des plaques ne nous apprend pas grand-chose. Tous ces morts sont célébrés, hon­orés, aimés, regret­tés. Ils sont tous été for­mi­da­bles. Tel ce Fran­cis­co Cebal­los, ancien prési­dent d’un club de polo, mort en 1948, « Arché­type de l’ami fidèle, au grand cœur duquel ceux qui eurent le priv­ilège de jouir de son ami­tié dédi­ent cette plaque ». Les « sou­venirs et regrets éter­nels », les ser­ments de mémoire inde­struc­tible, les cha­grins incon­solables abon­dent, quelle qu’ait pu être, par ailleurs, la véri­ta­ble nature de l’être pleuré. C’est ce qu’il y a de bien avec la mort : elle nous per­met d’atteindre enfin une cer­taine per­fec­tion, aus­si bien physique que morale. Quel heureux père que cet Alfre­do Simon Roman (1915–1987), au sujet duquel la famille réu­nie autour de sa dépouille évoque « Papa, notre meilleur ami, qui sut à tra­vers notre indis­so­cia­ble rela­tion être un com­pagnon insé­para­ble, dont l’exemple et la grandeur des principes nous font hon­neur et restera comme un inde­struc­tible héritage famil­ial. Ton empreinte nous mar­quera pour tou­jours d’un pro­fond sen­ti­ment et d’une infinie vénéra­tion » ! Pour­tant, entre les lignes, n’est-il pas pos­si­ble d’entrevoir un homme, juste­ment, à principes, et, en con­séquence, un brin rigide et peu enclin à la per­mis­siv­ité ? J’extrapole peut-être, mais la lec­ture de ce texte m’a lais­sé cette impres­sion, celle d’un homme sans doute aimant, mais prob­a­ble­ment sévère et dont les déci­sions ne se dis­cu­taient pas. Exem­ple, grandeur des principes, indis­so­cia­ble rela­tion, vénéra­tion, cela sent son vrai « chef » de famille ten­ant bien son trou­peau. Non ?
          Mais cer­taines tombes sont néan­moins par­fois plus évo­ca­tri­ces, et nous per­me­t­tent un petit voy­age à tra­vers une His­toire plus con­nue, avec grand H. Tel ce Guiller­mo Zapi­o­la (1826–1871), médecin de son état, et mort en soignant les malades de la grande fièvre jaune de 1871, celle-là même qui a décimé tout le quarti­er de San Tel­mo, et l’a presque vidé de sa pop­u­la­tion. Ou encore Emma Nico­lay de Caprile (1842–1884), Améri­caine d’origine hon­groise et qui fut la fon­da­trice de la pre­mière Ecole Nor­male de jeunes filles d’Argentine. Une pio­nnière.

Allée cen­trale de La Reco­le­ta – Pho­to PR

          Le pom­pon his­torique est décroché par la tombe de Pedro Aram­bu­ru, qui trône majestueuse­ment en plein milieu de l’allée prin­ci­pale. Je ne sais pas ce qui lui vaut cet hon­neur insigne, quand on com­pare sa tombe avec la mod­estie de celle d’Eva Perón, coincée dans une allée étroite, ou celle du prési­dent Irigoyen, per­due tout au bout du cimetière con­tre le mur du fond. Ces deux per­son­nages ont pour­tant autrement mar­qué l’histoire argen­tine que ne l’a fait le général Aram­bu­ru, dont les seuls mérites auront été d’avoir par­ticipé au coup d’état con­tre Perón en 1955, de s’être imposé comme dic­ta­teur de fait jusqu’en 1958, et d’avoir été assas­s­iné par des guérilleros gauchistes en 1970. Un vrai « mil­i­co », comme on appelle ici les mil­i­taires d’extrême-droite. Qui n’a pas hésité à faire fusiller son meilleur ami, le général Valle, pour con­ve­nances per­son­nelles. Ultra catholique, ami des grands patrons et des grandes entre­pris­es étrangères, briseur de syn­di­cats, ne tolérant aucune forme d’opposition. Eh bien pour­tant sur sa tombe, on n’a pas hésité à graver deux cita­tions édi­fi­antes du grand homme. La pre­mière assène que « seul le peu­ple est source légitime de pou­voir, et son autorité s’affirme dans la jus­tice et se perd dans l’arbitraire ». Tous ceux qu’il a fait encasern­er, et exé­cuter, sans juge­ment, doivent appréci­er. La sec­onde affirme que « le pro­grès, fonde­ment du bien-être, est l’œuvre des peu­ples et le pro­duit de la richesse dis­tribuée équitable­ment ». Un dic­ta­teur qui n’a eu de cesse de détourn­er l’argent pub­lic au prof­it des grandes familles, rem­parts con­tre le « com­mu­nisme » !

Tombe d’Eva Duarte-Perón – Cimetière de La Reco­le­ta – Pho­to PV

          Tous les per­son­nages préc­ités ont leur tombe au fameux cimetière de La Reco­le­ta, le Père Lachaise portègne. Le cimetière des célébrités, où sont enter­rés pas moins de 20 prési­dents, une flopée d’écrivains célèbres, toute une armée de généraux (les vain­queurs, unique­ment), et un vaste club de chefs d’entreprises et mem­bres du très sélect Jock­ey-club. Il y a un autre grand cimetière à Buenos Aires, moins vis­ité, car plus « pop­u­laire », au sens plébéien du terme : La Chacari­ta. Beau­coup plus grand, et à mon avis, bien plus émou­vant dans son anony­mat. Les seules « célébrités » sont d’ailleurs des artistes pop­u­laires, chanteurs de tan­go (dont Gardel) ou poètes oubliés, comme Alfon­si­na Storni. Mais ils sont rares. Et dif­fi­ciles à localis­er : con­traire­ment à La Reco­le­ta, la Chacari­ta ne four­nit pas de plan de sit­u­a­tion.
          Il en va ain­si des cimetières comme des parcs publics : ils sont aus­si des mar­queurs soci­aux.

Cimetière de La Chacari­ta – Pho­to PV

La Manzana de las Luces

Ecrit le 15 jan­vi­er 2020

          Ce mer­cre­di 15 jan­vi­er, j’avais décidé d’aller vis­iter le musée de la ville, qui se trou­ve à San Tel­mo. Ce jour-là, parce que, c’était écrit sur le site, le mer­cre­di, c’est gra­tu­it !
          Bonne occa­sion par-dessus le marché pour retourn­er manger un choripán au stand du marché cou­vert ! Cette fois, j’ai pris un « dia­blo », un choripán accom­pa­g­né de poireaux gril­lés. Très bon. Mais j’ai vu qu’ils en pro­po­saient un (chori­zo de mou­ton celui-là) accom­pa­g­né de poire et de fro­mage bleu ! Bon pré­texte pour revenir une troisième fois  !
          Porte close au musée ! Le site ne par­lait por­tant pas de fer­me­ture excep­tion­nelle, et il n’y avait pas non plus de pan­car­te sur la porte. C’était allumé, par la vit­re j’ai aperçu un type dans une salle, je lui ai fait coucou, et il m’a répon­du néga­tive­ment, d’un air sévère. Aucune expli­ca­tion. J’ai donc pour­suivi jusqu’à la « Man­zana de las luces », tout à côté, et lieu « remar­quable » men­tion­né dans les guides. A l’accueil, on m’a fait l’article sur les raisons du nom du lieu. Man­zana, parce que l’endroit en occupe une entière, délim­itée par qua­tre rues for­mant rec­tan­gle. Une man­zana ici, c’est un pâté de maisons chez nous, quoi. « De las luces », en référence aux Lumières, m’a‑t-on dit. Les nôtres, celle de Rousseau, Voltaire, Mon­tesquieu et con­sorts. Para­doxale­ment cepen­dant, le lieu a été fondé par des jésuites. Lumières peut-être, mais moins laïques que les nôtres. Ceci dit, l’endroit con­stitue aus­si la pre­mière uni­ver­sité d’Argentine, et le pre­mier musée des sci­ences. A la base, c’était le siège de la « procu­ra­tion » jésuite de Buenos Aires. Une suc­cur­sale argen­tine de la Com­pag­nie de Jésus, dont le siège prin­ci­pal était situé, lui, au cœur des « mis­sions » jésuites. Elle ser­vait à la fois d’entrepôt de marchan­dis­es venues des mis­sions, de lieu d’accueil pour les ouvri­ers guara­nis qu’on employ­ait sur des chantiers dans la ville, d’école, de rési­dence admin­is­tra­tive …. Bref, un lieu large­ment mul­ti­fonc­tion­nel. Aujourd’hui, il est assez large­ment en ruines. Ou du moins, il ne sert plus à rien. On vis­ite des salles et des cours totale­ment vides. Un lieu un peu fan­tôme, qui accueille par­fois des expo­si­tions tem­po­raires d’art mod­erne, comme c’était le cas aujourd’hui. De même, son aspect ne cor­re­spond plus vrai­ment à celui qu’il avait au début. Comme le dit le pan­neau ci-dessous, avec le pas­sage du temps et des épo­ques, il a beau­coup évolué. Dif­fi­cile de s’en faire une idée pré­cise avec ce qu’on en voit main­tenant.

Pho­to PV

          Je traduis les deux derniers para­graphes, ils en valent la peine :

          La Man­zana de las Luces est en per­ma­nente recon­struc­tion. Aucune con­struc­tion n’est linéaire, tout comme il n’existe pas de lumière sans obscu­rité. La Man­zana est égale­ment faite de ten­sions, de con­flits et par­fois d’événements vio­lents, comme par exem­ple ceux qui con­duisirent à l’expulsion des jésuites en 1767 ou de la com­mu­nauté uni­ver­si­taire deux siè­cles plus tard.
          Nos pro­pres pas déposent égale­ment des couch­es de temps. Ceci est une invi­ta­tion à par­courir cet espace et son his­toire, en nous lais­sant imprégn­er de ses clairs-obscurs. Atten­tifs aux lumières et aux ombres, nous le par­courons comme un anti-mon­u­ment, une pièce de mar­bre en cours de façon­nage. Un lieu qui, sans grande scé­nar­i­sa­tion ni mise en scène, a beau­coup à nous dire sur nous-mêmes ici et main­tenant.

          On ne saurait mieux nous dire : débrouillez-vous avec votre imag­i­na­tion ! Non ? C’est joli­ment tourné, mais je trou­ve ça un brin faux-jeton.

          Bon, en ama­teur d’histoire con­tem­po­raine argen­tine, ça m’a ému quand même de savoir que c’est ici qu’avait eu lieu la « nuit des longs bâtons », en 1966, lorsque la dic­tature d’Onganía avait décidé de met­tre l’université au pas et d’en chas­s­er les pré­ten­dus « sub­ver­sifs ».

          En Europe, on aurait recon­sti­tué l’histoire en réamé­nageant les espaces pour leur ren­dre un peu de leur aspect orig­i­nal, ou tout au moins, on aurait mul­ti­plié maque­ttes et pho­tos pour en retrou­ver la mémoire. On aurait égale­ment recon­sti­tué une cer­taine chronolo­gie, pour don­ner au vis­i­teur une idée de l’évolution, des trans­for­ma­tions, des événe­ments suc­ces­sifs. Ici, rien de tout cela. On nous mon­tre l’endroit tel qu’il est devenu trans­for­ma­tion après trans­for­ma­tion, brut de décof­frage. A nous d’imaginer sa splen­deur passée, et de le redessin­er dans nos têtes. Pas fas­toche. Un peu comme vis­iter l’église Saint Siméon à Bor­deaux, à l’époque où elle n’était plus qu’un park­ing. Tiens, ce qui reste de l’université :

Pho­to PV

          C’est pas à Sala­manque, autre uni­ver­sité his­torique s’il en est, qu’on aurait toléré ça. Je ne résiste pas au plaisir de repro­duire le petit texte du guide Petit Futé con­cer­nant le lieu :

          Con­stru­ite au XVI­Ième siè­cle par les jésuites, La Man­zana est un ensem­ble de bâti­ments et de tun­nels. On ne con­nait pas la rai­son exacte de la con­struc­tion de ces tun­nels, mais les thès­es suiv­antes sont avancées : sys­tème de défense, trans­port de marchan­dise de con­tre­bande ou encore cachette pour les amours inter­dites des patriciens de l’époque. Un site éton­nant.

           Sauf que les tun­nels, bernique, on n’en voit rien du tout : la vis­ite est lim­itée au rez-de chaussée.
           Voilà qui m’apprendra à faire le touriste.

Expats en terrasse

Ecrit le 10 jan­vi­er 2020

Cafay­ate – jan­vi­er 2008 — Pho­to PR

          L’autre jour, je me suis trou­vé assis à prox­im­ité de deux Français. A en juger par leur tenue, ils ne m’ont pas paru être des touristes. Les touristes s’habillent générale­ment plus décon­trac­té, voire nég­ligé. Eux, impec­ca­bles. L’un, chemise à fines rayures bleues et blanch­es, mocassins en daim.      L’autre, chemise toute blanche, style BHL. Les deux en shorts, mais atten­tion, pas n’importe quels shorts, du short de mar­que, bien coupé, du genre qu’on croise à Saint Tropez ou au Cap Fer­ret, du short de cadre supérieur, du short d’un qu’à les moyens de se le pay­er.
          On me dira que ça ne suf­fit pas à les dis­tinguer de touristes nor­maux et banals. Qu’il y a pas mal de touristes à gros moyens, surtout comme ça avec un océan entre pays d’origine et pays vis­ité. Qu’ils con­stituent même la majorité. Mais les chemis­es, mes­dames-messieurs, les chemis­es ! A‑t-on jamais vu faire du tourisme en chemise de directeur de banque ?
De toute façon, leur con­ver­sa­tion ne lais­sait guère matière à équiv­oque : ils par­laient affaires. Pas que je fusse en con­di­tion de tout enten­dre de leur con­ver­sa­tion : il y avait der­rière moi un trio de canards argentins caque­tant aus­si furieuse­ment que si on venait de leur piquer leur assi­ette de chips. Mais suff­isam­ment pour en com­pren­dre le sens général : le com­merce du pinard.

Bode­ga Dia­man­des, Mendoza–Historiquement pro­priété de la famille bor­de­laise Bonnie–Photo DP

          Des expats, donc, ça ne fai­sait pas de doute. Et l’expat Français, c’est bien logique, vient en Argen­tine surtout pour des pro­jets viti­coles. Les Français ont d’ailleurs raflé la mise en Argen­tine : ce sont eux que les vitic­ul­teurs du pays sont allés chercher en majorité. Davan­tage que les Espag­nols ou les Ital­iens. Cer­tains sont des célébrités, comme Michel Rol­land, l’artisan adulé ou détesté de la Park­eri­sa­tion du Bor­deaux.
          L’expat, en général, ne m’est pas sym­pa­thique. Je par­le de l’expat venu faire « des affaires », naturelle­ment. Pas de ceux venus en mis­sion, comme les enseignants et autres fonc­tion­naires des ambas­sades. Non, je par­le de l’expat « privé », venu de son plein gré chercher (et trou­ver) des « oppor­tu­nités » de se faire un max­i­mum d’argent en un min­i­mum de temps. Cet expat là déteste la France, pays de merde où on fait tout pour dégouter les entre­pre­neurs dynamiques de lancer leurs activ­ités. Il adore ces pays étrangers où on lui déroule le tapis, où on crée son entre­prise en claquant des doigts, et où, bien enten­du, on ne vient pas vous ennuy­er avec de sor­dides his­toires d’impôts. Pour cet expat là, la France est un pays com­mu­niste (même dirigé par des Sarkozy ou des Macron, n’allez pas croire), où on matraque les hon­nêtes com­merçants au lieu de mieux con­trôler les assurés soci­aux, de toute façon bien trop nom­breux et trop grasse­ment rétribués.
          Parce que ce qu’aime bien l’expat, c’est le prix de la main d’œuvre à l’étranger. C’est aus­si pour ça qu’il a choisi d’aller mon­ter son affaire ailleurs : l’employé est bien moins cher, et surtout revendique peu. L’Argentine n’est pas for­cé­ment le meilleur exem­ple, les syn­di­cats y étant nom­breux, his­torique­ment anciens, et rel­a­tive­ment puis­sants. Mais avec un salaire moyen de moins de 500€, ça reste un pays « raisonnable » pour l’expat Français. Et qui coûte bien moins cher en sécu et en coti­sa­tions de retraites. Pour rien au monde, l’expat ne revien­dra en France. Il ne regrette pas son apparte­ment de 6 pièces aux Chartrons ou sa mai­son à Saint Cloud : ici, il a pu s’acheter un apparte­ment gigan­tesque pour 5 fois moins cher (A Reco­le­ta, un apparte­ment de 4 pièces se négo­cie à 300 000 dol­lars, 270 000€), et une vil­lé­gia­ture à Tigre, archipel par­a­disi­aque au milieu du delta du Paraná. De toute façon, naturelle­ment, il a gardé sa mai­son de famille à Arca­chon. Ou Nice. Ou Biar­ritz. Il y revient de temps en temps, pour con­stater que la France, décidé­ment, ne change pas. Et pour plain­dre les frileux qui, con­traire­ment à lui, n’ont pas eu les c…. de se faire la malle une bonne fois.
          Alors, que, « Putain, ici, on peut se faire un fric, je te racon­te pas ».

Car­refour mar­ket – La Reco­le­ta – Buenos Aires – Pho­to DP

Colectivos

Rédigé le 8 jan­vi­er 2020

Pho­to PR

          Les « Colec­tivos », ce sont les bus de ville. A Buenos Aires, ils sont entière­ment gérés par des com­pag­nies privées. Dif­fi­cile de savoir le nom­bre exact de lignes en ser­vice, telle­ment elles sem­blent nom­breuses. Tout aus­si dif­fi­cile de trou­ver une carte exhaus­tive du réseau. Elle serait sans doute illis­i­ble, tant l’enchevêtrement des lignes a l’air com­pliqué. Heureuse­ment pour l’usager, il existe un site assez pra­tique, équiv­a­lent à celui de cer­taines com­pag­nies de trans­port urbains français­es par exem­ple, qui per­met d’entrer point de départ et point de des­ti­na­tion, et qui donne le tra­jet com­plet, par­ties à pied com­pris­es. Sauf que. Il nous est arrivé plusieurs fois de con­stater que l’arrêt indiqué n’existait pas, ou plus. Ou avait été déplacé.      

          C’est rigo­lo. On marche 5 ou 6 cuadras pour se ren­dre à l’arrêt men­tion­né, et là, paf, rien. Aucune trace. Ce matin par exem­ple, pour pren­dre le 75. Il était en fait 5 cuadras plus loin, et dans une rue par­al­lèle à celle indiquée. Ils sont facétieux. Apparem­ment, les gens du cru sont habitués. D’ailleurs, vu le nom­bre de gens nous ayant vu atten­dre et en ayant prof­ité pour nous deman­der des ren­seigne­ments (et si le n° tant s’arrête à tel endroit, et si le n° truc passe bien à Tri­fouil­lis…), ils n’ont pas tous l’air très au courant. L’autre jour en revenant de Paler­mo, nous avions bien trou­vé l’arrêt du 60, un petit vieux nous avait même demandé si c’était bien là qu’il s’arrêtait : oui m’sieur, c’est ce qui est écrit sur le pan­neau. Après un quart d’heure d’attente, il n’est jamais passé. Ce qui n’a pas eu l’air d’inquiéter le petit vieux out­re mesure : il est mon­té dans un 42 sans ciller. A la fin, nous sommes mon­tés dans le pre­mier à pass­er. Un 152. Coup de bol : il allait sur l’avenue San­ta Fe. Par­fait pour nous. Dif­fi­cile d’imaginer pour­tant qu’un assez long séjour sera suff­isant pour finir par com­pren­dre com­ment ça marche.

Bus devant la gare Retiro – Pho­to DP

          La com­pen­sa­tion de ce sys­tème un tant soit peu anar­chique, c’est d’une part le prix mod­ique (avec l’équivalent d’un tick­et de tram français, on fait au moins 5 voy­ages), et d’autre part la carte unique et recharge­able. Quelque soit la com­pag­nie. Très pra­tique. Carte qui marche aus­si pour le métro et le train de ban­lieue.
          Les colec­tivos sont le théâtre d’un phénomène étrange. Les Argentins sont en général assez indis­ci­plinés, et peu civiques. Sauf pour les arrêts de bus. Là, les queues qui se for­ment sont tout à fait dignes de celles qu’on peut voir à Lon­dres. Pas ques­tion de dou­bler : tout le monde attend patiem­ment à la queue leu leu. Pareil dans les bus : cohue ou pas, tout le monde garde son calme, et sa civil­ité. C’est pas chez nous qu’on ver­rait que les trans­ports publics sont un lieu de développe­ment des sen­ti­ments civiques.

Attente à l’arrêt d’autobus – Pho­to QV

          On peut aus­si pren­dre le taxi. Pas cher non plus, com­paré à la France. Une course de 5–6 kilo­mètres dépasse rarement les 3 euros. Mais il faut bien choisir sa bag­nole. Et son chauf­feur. En été, il vaut mieux priv­ilégi­er les taxis aux vit­res fer­mées, signe de clim. Et éviter les chauf­feurs qui con­duisent le nez sur leur portable. Ils sont nom­breux. Nous en avons pris un de cet acabit pour revenir de Puer­to Madero. A chaque feu, il rep­longeait sur son écran. Loupait régulière­ment le pas­sage au feu vert. Et gueu­lait ensuite comme un putois, avec klax­on et tout, parce qu’on lui pas­sait devant. Con­duite énervée, du coup, au mil­limètre. Ser­rage de fess­es pen­dant tout le tra­jet.

Taxis dans Buenos Aires – Pho­to PV

Pays pauvre — Pauvre pays

Rédigé le 7 jan­vi­er 2020

Devant l’aéroport Jorge New­bery – Décem­bre 2007 – Pho­to PV

          Peut-être est-ce dif­férent pour d’autres obser­va­teurs, mais en ce qui nous con­cerne, nous avons tou­jours été éton­nés par l’extrême dif­férence de des­tins poli­tiques et économiques entre l’Amérique du Nord et l’Amérique du sud. Ces deux par­ties du con­ti­nent sont comme deux faces totale­ment opposées d’une même médaille : d’immenses ter­ri­toires colonisés par les Européens. Au départ, les mêmes richess­es, les mêmes ressources, les mêmes oppor­tu­nités de développe­ment. A l’arrivée, un nord riche, dévelop­pé et dom­i­na­teur, et un sud resté en grande par­tie sous-dévelop­pé, et dans une large mesure, placé sous la tutelle, plus ou moins admise, du voisin nordiste.
          Est-ce qu’une par­tie de l’explication ne tiendrait pas dans la dif­férence de con­struc­tion de ces ter­ri­toires ? Les Etats-Unis ont été con­stru­its essen­tielle­ment par les immi­grés eux-mêmes, qui ont pris pos­ses­sion des ter­ri­toires indi­vidu­elle­ment, au fur et à mesure de leur avancée vers l’ouest. La couronne anglaise, elle, s’était can­ton­née sur les rivages de l’est, mais ce n’est ni son armée, ni son église, qui ont assumé l’essentiel de la con­quête qui s’en est suiv­ie. Ce qui explique égale­ment que les Etats-Unis ont été le pre­mier pays indépen­dant du con­ti­nent : les immi­grés représen­taient une entité plus forte, et plus légitime, que celle du roy­aume.
Dans le sud au con­traire, l’Espagne – et le Por­tu­gal – ont d’emblée instal­lé une admin­is­tra­tion royale très forte, et très con­traig­nante. Les ter­res con­quis­es étaient con­sid­érées comme pro­priété exclu­sive du Roy­aume, qui seul pou­vait en dis­pos­er. Et qui les a donc dis­tribuées en pri­or­ité aux « grandes familles », qui se sont ain­si acca­parées l’essentiel des nou­velles ter­res agri­coles du sous-con­ti­nent. Depuis, ces grandes familles ont con­sti­tué une sorte de « classe nationale » inamovi­ble, iden­ti­fiée à la nation elle-même. « Nous sommes l’Argentine », ou « Nous sommes le Chili », répè­tent sou­vent les grands pro­prié­taires ter­riens du cône sud. La plu­part ayant égale­ment fourni le gros des troupes d’officiers supérieurs et généraux des armées, et de la hiérar­chie catholique, ils ont donc mis la main sur la total­ité du pou­voir, et ont, à de rares – et cour­tes – péri­odes près, dom­iné la scène poli­tique jusqu’à aujourd’hui. Et la domi­nent encore, même si des forces d’opposition ont fini par se faire une petite place.
          Résul­tat : des états essen­tielle­ment gou­vernés par une oli­garchie con­ser­va­trice, restée glob­ale­ment sur les sché­mas dépassés d’une économie agro-expor­ta­trice. Et surtout, générant un cli­vage énorme entre les class­es les plus rich­es et les class­es les plus pau­vres, sans laiss­er la moin­dre pos­si­bil­ité de passerelle (les sociétés sud-améri­caines étant extrême­ment « repro­duc­tri­ces »). Avec en fil­igrane un immo­bil­isme économique frisant la sclérose : l’industrie étant soit inex­is­tante, soit aux mains d’entreprises étrangères, et les ser­vices publics, presque entière­ment… privés.
          Une société aus­si iné­gal­i­taire ne peut que débouch­er sur une oppo­si­tion féroce entre les dif­férentes class­es sociales. Ce qui explique l’extrême fragilité du sys­tème démoc­ra­tique : chaque alter­nance est envis­agée comme une revanche, et le temps enfin venu de « faire pay­er » les vain­cus pour leur poli­tique passée. On le voit bien au Brésil avec l’avènement de Bol­sonaro après Lula, ou le coup d’état « doux » con­tre Evo Morales en Bolivie (Au moins jusqu’à l’élection de Luis Arce). Ce ne sont là que deux exem­ples par­mi tant d’autres. Les médias ne sont pas en reste. Ici en Argen­tine, les médias sont mil­i­tants, et ne se don­nent pas la peine d’afficher une objec­tiv­ité même de façade, comme le font les jour­naux et télés de chez nous. Clarín est féro­ce­ment anti-péro­niste, La Nación farouche­ment con­ser­va­trice, et Pag­i­na 12 sou­tient mordi­cus les gou­verne­ments péro­nistes. Idem à la télé, où on com­prend en deux sec­on­des de quel côté se situe celui ou celle qui com­mente l’actualité. Dans un tel con­texte, dif­fi­cile de faire avancer un pays. L’Argentine a tout pour être un pays riche et dévelop­pé : un immense ter­ri­toire, tous les types de cli­mats réu­nis, un énorme poten­tiel agri­cole (gâché par la mono­cul­ture), des richess­es dans le sous-sol, une pop­u­la­tion encore peu nom­breuse et qui ne demande qu’à croitre (45 mil­lions d’habitants pour un pays 5 fois plus grand que la France), un poten­tiel touris­tique sous-exploité, un passé cos­mopo­lite d’une richesse cul­turelle iné­galée, etc, etc… Ce pays aurait dû être l’égal des Etats-Unis pour l’Amérique du sud, et c’est un pays sous-dévelop­pé, déliques­cent, invari­able­ment gou­verné par des politi­ciens cor­rom­pus et inca­pables, soit à la sol­de de puis­sances finan­cières étrangères (et surtout état­suni­ennes) qui les con­trô­lent, soit rongés par la ten­ta­tion auto­cra­tique.
Un pays gâché.

Con­trastes. Au fond, le port indus­triel. Au pre­mier plan, l’autoroute Umber­to Illia. Entre les deux, au-delà des rails, la « vil­la 31 », le plus grand bidonville de Buenos Aires – pho­to PV
Chalet – Tigre – Delta del Paraná – Pho­to PV
Vil­lage en pisé, nord-ouest argentin – Pho­to PV