San Telmo (En español)

Escrito el 5 de enero de 2020

           Pasé la mañana de ayer en San Tel­mo. Me asom­bra lo que pro­duce en mi mente, cada vez que lo vis­i­to, ese bar­rio. Des­de un prin­ci­pio, me enam­oré, como dicen en los mal­os doc­u­men­tales. Para mí rep­re­sen­ta el alma de la ciu­dad de Buenos Aires, el núcleo espir­i­tu­al. No por casu­al­i­dad: es uno de los bar­rios más antigu­os, que cono­ció las grandes olas de inmi­gración de los años 1890–1910. En la época era un bar­rio tan­to pop­u­lar como cos­mopoli­ta, con sus con­ven­til­los (casas de dos o tres pisos cuyos depar­ta­men­tos minús­cu­los daban en una galería cer­can­do un patio inte­ri­or) donde se amon­ton­a­ban los europeos que acaba­ban de lle­gar en bar­cos, la may­oría españoles e ital­ianos.
          Antes de estas olas de inmi­gración, vivían acá los porteños más aco­moda­dos: San Tel­mo era un bar­rio más bien res­i­den­cial. Todavía se nota Me parece que es esta doble iden­ti­dad – bar­rio aco­moda­do, luego bar­rio muy pobre – que le procu­ra este alma espe­cial y emblemáti­co. San Tel­mo es como un con­cen­tra­do de épocas y pobla­ciones muy dis­tin­tas. Pero de todo eso no que­da casi nada: ni de la primera época, ni de la segun­da. Como lo que ocur­rió con el bar­rio de Mont­martre en Paris, San Tel­mo se volvió un museo al aire libre. Uno puede andar en sus calles (muchas guardaron sus antigu­os ado­quines), es difí­cil imag­i­nar gente de ver­dad vivien­do acá, por lo menos en el corazón del bar­rio, rec­tán­gu­lo for­ma­do por la aveni­da Bel­gra­no, la plaza Dor­rego, y las calles Piedras y Defen­sa. No se ven muchas tien­das tradi­cionales en esta zona, donde pul­u­lan las tien­das para tur­is­tas. En eso el mer­ca­do es emblemáti­co: no se ven muchos puestos de com­er­cio de vian­das, la may­or parte del espa­cio estando ocu­pa­do por puestos de antigüedades y de comi­da ráp­i­da y bara­ta “típi­ca”. O sea que se des­ti­na a un públi­co muy particular.en fachadas antiguas, aunque con el tiem­po esas casas se volvieron bas­tante destar­ta­l­adas. La epi­demia de fiebre amar­il­la (1871) cam­bió del todo el uni­ver­so demográ­fi­co del bar­rio.

En San Tel­mo, ves­ti­gio de una época desa­pare­ci­da… — Foto PV

          Me parece que es esta doble iden­ti­dad – bar­rio aco­moda­do, luego bar­rio muy pobre – que le procu­ra este alma espe­cial y emblemáti­co. San Tel­mo es como un con­cen­tra­do de épocas y pobla­ciones muy dis­tin­tas. Pero de todo eso no que­da casi nada: ni de la primera época, ni de la segun­da. Como lo que ocur­rió con el bar­rio de Mont­martre en Paris, San Tel­mo se volvió un museo al aire libre. Uno puede andar en sus calles (muchas guardaron sus antigu­os ado­quines), es difí­cil imag­i­nar gente de ver­dad vivien­do acá, por lo menos en el corazón del bar­rio, rec­tán­gu­lo for­ma­do por la aveni­da Bel­gra­no, la plaza Dor­rego, y las calles Piedras y Defen­sa. No se ven muchas tien­das tradi­cionales en esta zona, donde pul­u­lan las tien­das para tur­is­tas. En eso el mer­ca­do es emblemáti­co: no se ven muchos puestos de com­er­cio de vian­das, la may­or parte del espa­cio estando ocu­pa­do por puestos de antigüedades y de comi­da ráp­i­da y bara­ta “típi­ca”. O sea que se des­ti­na a un públi­co muy par­tic­u­lar.

El mer­ca­do – foto PV- 2020

          Ayer me dejé lle­var por el instin­to turís­ti­co, y me acerqué a uno de estos puestos. No tenía sil­las, ni mesas, solo una bar­ra por sus tres lados, con sil­las altas. Encon­tré un sitio en la úni­ca que qued­a­ba libre, y esperé a que me atendier­an leyen­do la car­ta del menú. Se trata­ba de un puesto de chori­panes: algo pare­ci­do al per­ro caliente, pero en vez de la salchicha de plás­ti­co tradi­cional, ponen unos chori­zos muy gor­dos. Bueno, no exac­ta­mente chori­zo, quiero decir, lo que nosotros france­ses sole­mos cono­cer bajo este nom­bre. No, acá se tra­ta de otra salchicha, que puede ser de cer­do o de cordero. Y añaden, según el gus­to del cliente, sal­sa, cebol­la, lechuga, rúcu­la (a los argenti­nos les gus­ta sobre­man­era la rúcu­la) etc…
          Como es de cos­tum­bre en Argenti­na, el cliente tiene que ten­er mucha pacien­cia. Me lle­varon el vaso de vino muy rápi­do, pero luego tuve tiem­po para tra­gar­lo todo antes de que me lle­varan el tan esper­a­do choripán. Cabe admi­tir que es una garan­tía de cal­i­dad: asen los chori­zos a medi­da de los pedi­dos. Me gustó mucho. Pero com­er así solo frente a la bar­ra, escuchan­do las con­ver­sa­ciones alrede­dor – y escuchar no sig­nifi­ca enten­der, a lo mejor se oye un bul­li­cio con­fu­so – no favorece el deseo de pro­lon­gar el almuer­zo. Supon­go que otro tur­ista menos tími­do hubiera entabla­do con­ver­sación con su veci­no, pero eso es algo casi imposi­ble para mí.
          San Tel­mo-Mont­martre. Supon­go que es mi ape­ten­cia para la his­to­ria que moti­va mi amor por estos dos bar­rios, pese a que se volvieron sólo tram­pas para tur­is­tas. Tam­bién es que, detrás de esos dis­fraces bas­tante nuevos, no es muy difí­cil encon­trar la esen­cia antigua y evo­car, aunque sea sólo en su mente, lo que fueron antes de vol­verse museos: los tes­ti­gos de una gran his­to­ria pop­u­lar. De todos mod­os, me parece imposi­ble vis­i­tar las dos cap­i­tales sin pasar por sus calles por lo menos una vez.

Foto PV — 2008

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