Kioscos (En español)

Escrito el 28 de enero 2020

          Den­tro de los lugares más típi­ca­mente argenti­nos que uno puede encon­trar vis­i­tan­do Buenos Aires, como las milon­gas, los bares nota­bles, los teatros de la aveni­da Cor­ri­entes, los restau­rantes de “tene­dor libre” , existe uno que por su parte no existe sino en Argenti­na, y, que yo sepa, nun­ca copi­a­do en otro lugar del mun­do: el kiosco. Todo el mun­do sabe lo que sig­nifi­ca la pal­abra kiosco. En francés por ejem­p­lo, des­igna tan­to una suerte de tari­ma cubier­ta para tocar músi­ca en los par­ques – algo que casi desa­pare­ció con el tiem­po – como un lugar donde se puede com­prar diar­ios y revis­tas, en las aceras. Este últi­mo existe tam­bién en España. Acá (en Argenti­na), los diar­ios se com­pran tam­bién – por cier­to, úni­ca­mente – en las veredas, pero entonces a esas tien­das se las lla­man “puestos”, no kioscos.
          En Buenos Aires, “kiosco” tiene otra sig­nifi­cación. Se puede decir que es el tipo de com­er­cio más fre­cuente en la ciu­dad: pueden encon­trar uno por cuadra, nada menos. O sea, casi uno cada 150 met­ros.
Se tra­ta de una tien­da muy pequeña, abier­ta sobre la calle, y todas pare­cen des­ig­nadas de igual man­era: después de la entra­da, por la izquier­da o la derecha, un mostrador de for­ma semi­cir­cu­lar, con­tra la otra pared, una estantería y en el fon­do refrig­er­adores para las bebidas.
Todos venden lo mis­mo: por­querías. Choco­late, carame­los, chips, chi­cles, gal­letas, soda, cerveza, barati­jas. A veces, se puede com­prar yer­ba mate u obje­tos útiles como baterías o llaveros. Sólo cosas pequeñas, siem­pre. Y baratas. Unos kioscos alber­gan tam­bién una máquina para recar­gar la tar­je­ta « Sube » para los colec­tivos o el subte.

Dos kioscos. ¡Uno procla­man­do “abier­to los 25 horas”, nada menos! – Fotos PV

          Pero los kioscos no sólo son puestos de ven­ta. Me per­caté bas­tante ráp­i­da­mente que tam­bién se uti­liz­a­ban como lugares de encuen­tro y de ter­tu­lias. El policía de guardia en la calle nun­ca se ale­ja mucho, y entra a menudo para con­ver­sar con los emplea­d­os. Supon­go que eso le per­mite tomar el pul­so del bar­rio, o escuchar los últi­mos chismes. Los ancianos fin­gen nece­si­tar chi­cle para venir a encon­trar a otro com­pañero con la mis­ma necesi­dad. A los pocos min­u­tos, otro lle­ga, y otro, y así se mon­ta toda una ter­tu­lia para comen­tar las últi­mas noti­cias del mun­do.
No descar­to la posi­bil­i­dad de un acuer­do con las com­pañías de colec­tivos, si juz­go por el número de paradas que se colo­caron exac­ta­mente frente a un kiosco. Así el com­er­cio puede con­tar con la espera siem­pre larga del auto­bús para flo­re­cer.
          Muchas veces me pre­gun­té si, dado el tipo de mer­cancías que acá se venden y el número asom­broso de kioscos abier­tos en la ciu­dad, ese tipo de com­er­cio podía ser rentable de ver­dad. Parece que sí. Eso me dijeron unos porteños. Les creo: no sobre­vivirían tan­tos si no.
          Pero si se puede ganar algo de dinero en eso, se tiene que pagar con un ver­dadero tra­ba­jo de escla­vo. Los horar­ios son extra­or­di­nar­i­a­mente exten­di­dos, hay kioscos abier­tos las 24 horas. Pero eso es el pro­pio de casi todo el rubro del com­er­cio en Buenos Aires, que quedó bas­tante arte­sanal. Otro tipo de tien­das muy fre­cuente, por ejem­p­lo, son los puestos de ver­duras. Son casi tan numerosos como los kioscos. Abren des­de las 7 has­ta las 21, a veces más tarde. Igual con los “shop­pings” como los lla­man los porteños, pequeñas tien­das de comestibles a menudo aten­di­das por asiáti­cos. Se puede encon­trar tam­bién super­me­r­ca­dos, como en mi bar­rio el “Car­refour mar­ket” (una mar­ca france­sa), abier­to los 24 h, inclu­so los domin­gos. Imposi­ble quedarse con la nev­era vacía. Yo, en tan­to francés típi­co, siem­pre me niego a salir de com­pras un domin­go. Cuan­do lo comen­to con mis ami­gos porteños, sue­len mirarme como si fuera un mar­ciano, aunque dig­no de respeto. Acá a los france­ses nos con­sid­er­an como gente que “no se deja lle­var” y sabe impon­er sus reglas a los “dom­i­nantes”. Tal vez. Que­da por ver si ellos nos van a imi­tar, o si por el con­trario somos nosotros quienes esta­mos inte­gran­do cada vez más su mod­e­lo. En eso, ten­go mis propias dudas.
          Otro moti­vo de sor­pre­sa, que tiene cier­ta relación, aunque algo dis­tante, con lo que acabo de comen­tar. Dado el número de lugares donde se puede com­prar “comi­da basura” (y no sólo los kioscos, sino tam­bién los restau­rantes de “fast food” (comi­da ráp­i­da), los puestos de piz­zas y empanadas, etc…) uno podría esper­ar encon­trar a mucho más per­sonas obe­sas. Para nada. A primera vista los argenti­nos apare­cen may­ori­tari­a­mente del­ga­dos. Claro que hay excep­ciones. Y esas excep­ciones, como es de supon­er, rev­e­lan una evi­dente pobreza. La medi­da de la cin­tu­ra es, acá como allá, inver­sa­mente pro­por­cional al tamaño de la cartera, supon­go que no hace fal­ta argu­men­tar más sobre ese con­cep­to bien cono­ci­do. Lo que me lla­ma la aten­ción tam­bién, es que los lugares de mala comi­da, por lo gen­er­al, tienen nom­bres con con­so­nan­cia ingle­sa. Bueno, como en Europa. Acá se lla­man Whoop­ies, Mon­day, Kentucky’s (sin el “Fried chick­en”), Dean and Den­nys, The Burg­er Joint, The Burg­er Com­pa­ny, sin hablar de los “McDon­alds”, “Burg­er king” y com­pañía que pul­u­lan en esta ciu­dad tan­to como en las nues­tras.
          Así que “lengua ingle­sa” tam­poco rima con “gas­tronomía”. Van a tacharme de angló­fobo. Sería una calum­nia. Sólo acor­darme de los mag­ní­fi­cos almuer­zos toma­dos en los pubs del norte de Inglater­ra, donde vive mi cuña­do, me provo­ca una irrepren­si­ble nos­tal­gia. Allí los nom­bres de Black Bull, George and Drag­on y Roy­al Oak me hacen agua la boca. Pero Inglater­ra no es Esta­dos-Unidos. Y Argenti­na es ante todo un país… amer­i­cano. Donde, como no, el Coca-Cola es el pro­duc­to estrel­la. Algo menos que en Chile, pero estrel­la. Aparece en las mesas más a menudo que el vino, sin embar­go orgul­lo de los argenti­nos. El Coca, y la Fan­ta de nues­tra niñez que todavía existe, pero que hoy es propiedad de Coca-Cola Com­pa­ny. El agua con gas que bebo, aunque se llame Villav­i­cen­cio y procla­ma su ori­gen men­doci­na, pertenece al grupo francés Danone. Améri­ca lati­na siem­pre fue muy per­me­able a las influ­en­cias extran­jeras, nada nue­vo. A eso debe parte de sus más cru­eles dic­taduras.
           Por suerte, tam­poco fal­tan en Buenos Aires mar­avil­losos sitios gas­tronómi­cos. Sin embar­go muy ase­quibles para las carteras euro­peas. ¡Prome­to redac­tar­les una lista pron­to!

¡Encon­tré un kiosco lle­van­do (casi) mi apel­li­do! ¡Aunque muy pequeño, este “maxi” kiosco! – Foto PV

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