La decada de los ocasos (I)

1950, LA DECADA DE LOS OCASOS

Lo opuesto reside en cam­biar la memo­ria de los hom­bres: en demostrar que todo lo que recor­damos, y en todo lo que somos, nun­ca es de una sola man­era. Que la ver­dad no es una ni mucho menos abso­lu­ta, sino frágil y con innu­mer­ables fac­etas, como los ojos de una mosca”.

          Son pal­abras de Tomas Eloy Mar­tinez al inten­tar enten­der el fenó­meno del per­o­nis­mo.

I. Ver­dades y men­ti­ras

          La his­to­ria que comen­zó con un ter­re­mo­to y ter­minó con un bom­bardeo en la Plaza de Mayo, todavía vibra de sus repli­cas con­vul­si­vas. En el medio de estos dos even­tos trági­cos, se for­jó uno de los peri­o­dos más inten­sos y trans­for­madores en la his­to­ria Argenti­na: nace y se con­sol­i­da el per­o­nis­mo.

          Juan Domin­go Perón nació en 1895 en la local­i­dad de Lobos, provin­cia de Buenos Aires, hijo nat­ur­al de Mario Tomas Perón y Jua­na Sosa. Sus abue­los lo mar­caron a fuego, Tomas Lib­er­a­to Perón, su abue­lo, fue un desta­ca­do médi­co, par­ticipó en la guer­ra de la Triple Alian­za (una guer­ra region­al que opu­so Brasil, Uruguay y Argenti­na por un lado, y Paraguay del lado opuesto), la abuela de Perón se llam­a­ba Mer­cedes Tole­do del Pueblo de Azul, era una india tehuelche, por eso Perón se ufan­a­ba de ten­er san­gre india, ten­er un lina­je de mes­ti­zo, así llegó a pres­i­dente de la nación, afirma­ba; “me sien­to orgul­loso de lle­var san­gre tehuelche, descen­di­en­do por vía mater­na de quienes poblaron la Argenti­na des­de sig­los antes que lle­garan los col­o­nizadores”.

Estación de Lobos — Foto Com­mons Wiki­me­dia

          En 1899 el padre de Juan Domin­go se trasladó a las lla­nuras patagóni­cas, al sur de la Argenti­na, el cli­ma hos­til del sur ven­toso le tem­pló el carác­ter al hijo naci­do en la zona bonaerense de Lobos.

En Patag­o­nia — Foto PV

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          Des­de 1944, para bien o para mal el fenó­meno cobra cuer­po y se insta­la como un men­hir en la sociedad argenti­na. Perón accede al gob­ier­no como can­dida­to del Par­tido Laborista, orga­ni­za­do por un con­jun­to de sindi­catos, enar­bolan­do la ban­dera políti­ca de la “Jus­ti­cia Social”, un con­cep­to bas­tante nue­vo para la época en Argenti­na. Las medi­das imple­men­tadas favore­cen a los sec­tores obreros, el líder gana el apoyo del movimien­to de tra­ba­jadores, y al mis­mo tiem­po se gana un abier­to repu­dio de los sec­tores empre­sar­i­ales.

          El coro­nel Perón se hin­cha de una pop­u­lar­i­dad que crece has­ta con­ver­tir­le en una figu­ra rel­e­vante, un nue­vo mesías en la cha­ta políti­ca argenti­na, muñi­do de nuevas ideas se lan­za a con­sti­tuir un esta­do mod­er­no, más dinámi­co y más jus­to. Gana las elec­ciones de febrero de 1946 con un 56% y se vuelve pres­i­dente de la repúbli­ca argenti­na.

          Su primera pres­i­den­cia se car­ac­ter­i­za por un exce­si­vo gas­to públi­co, una redis­tribu­ción hacia los más pobres cono­ci­da como “la rev­olu­ción dis­trib­u­ti­va”. Impone cua­tro lla­ma­dos “prin­ci­p­ios per­o­nistas”: mer­ca­do inter­no, nacional­is­mo económi­co, rol pre­pon­der­ante del esta­do y papel cen­tral de la indus­tria. Bajo estas premisas, el man­datario pro­cede en 1946 a nacionalizar el Ban­co de la Nación Argenti­na, más tarde esta­ti­za a los fer­ro­car­riles del país que pertenecían a empre­sas británi­cas y france­sas.
Su dis­cur­so pop­ulista, por parte inspi­ra­do en el fas­cis­mo de Mus­soli­ni, resul­ta seduc­tor y con­vin­cente, aunque la supues­ta sim­patía por antigu­os nazis – que ayudó a var­ios radi­carse en el ter­ri­to­rio es un secre­to a voces — le costó ser denun­ci­a­do por algunos esta­men­tos sociales.

          La suma­to­ria de deci­siones uniper­son­ales es sufi­ciente para el comien­zo de la gran deba­cle económi­ca y políti­ca, en for­ma pro­gre­si­va se pul­ver­izan los már­genes de pro­duc­ción y der­rumbe de la bonan­za económi­ca, en silen­cio los argenti­nos comien­zan a empo­bre­cerse, mien­tras que el líder le habla a la mul­ti­tud con voz edul­co­ra­da: «estoy luchan­do por Ust­edes».

          El énfa­sis de la ver­dad dela­ta al men­tiroso. Mira y fasci­na a la muchedum­bre que lo idol­a­tra, se siente un encan­ta­dor de aves de cor­ral, has­ta aho­ra le bastó con mostrar un juego de som­bras y sim­u­lación, no tiene que cam­biar­lo, es efec­ti­vo, seduce con facil­i­dad a las masas, sabe con clar­i­dad solar que el pasa­do no volverá para sal­var­lo, ven­drá para aplas­tar­lo, pero no impor­ta: si la real­i­dad mata, la fic­ción lo sal­vará.
La son­risa del líder ilu­mi­na la explana­da de la Plaza de Mayo. Su dis­cur­so grandilocuente, mecha­do de metá­foras y prome­sas doradas, crea un puente comu­ni­ca­cional con la muchedum­bre, les habla en man­ga de camisa, de igual a igual, imi­tan­do el esti­lo de Mus­soli­ni, (Mus­soli­ni lo hacía con el tor­so desnudo para igualarse con el pop­u­lo laboro), la visión de igual­dad crea cier­to encan­tamien­to en la vol­un­tad viva de los tra­ba­jadores. Se procla­ma el primer tra­ba­jador: lle­ga a las seis de la mañana a la casa de gob­ier­no, y cuan­do le pre­gun­tan el moti­vo de sus madru­gones a su lugar de tra­ba­jo, el responde con jocosi­dad: «sigo una vie­ja cos­tum­bre del cuar­tel, al pedo, pero tem­pra­no».

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          Yo nací en 1950, amanecí al mun­do en la déca­da de los oca­sos, cor­ría final del primer peri­o­do del gob­ier­no de Juan Domin­go y Eva Perón, la déca­da del cin­cuen­ta rod­a­ba con las ruedas cubier­tas por un bar­ro empon­zoña­do, una energía maligna traían los vien­tos, luego se insta­laría en el núcleo vul­ner­a­ble del per­o­nis­mo: el cuer­po de Eva Duarte de Perón.

          Mi casa pater­na era un enorme habitación, sim­i­lar a un galpón, fun­ciona­ba como dor­mi­to­rio, come­dor y lugar de estar, con techos de cinc desnudo, con sus pare­des de bar­ro pin­tadas a la cal, recuer­do los obje­tos de la pared, había dos cuadros enfrenta­dos, uno era el Corazón de Jesús y en la pared del frente, el retra­to del gen­er­al Perón, vesti­do con uni­forme de gala, mon­ta­do en su cabal­lo tobiano , con una son­risa de sol.

          La déca­da del cin­cuen­ta traía entre sus pliegues el oca­so de un rég­i­men, la reit­eración de un golpe de esta­do, una modal­i­dad remani­da de recom­pon­er el orden des­de el des­or­den, como un ade­lan­to del futuro rela­to mági­co de “Cien años de soledad”. El eter­no retorno a lo mis­mo.

Manuel Sil­va

(Con­tin­uará)

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Quizás esta cronología pue­da ser­le utíl…

Ter­re­mo­to: Juan Perón y Eva Duarte se conocieron en San Juan, donde tuvo lugar el más impor­tante ter­re­mo­to de la his­to­ria argenti­na, en enero de 1944. (Ver acá)

Bom­bardeo de la Plaza de Mayo: en sep­tiem­bre de 1955, los mil­itares opuestos a Perón atac­aron la Casa Rosa­da, pala­cio de la pres­i­den­cia, para ater­rorizar a la gente y obligar el pres­i­dente a renun­ciar. Ver el cuen­to “La telaraña” en este mis­mo blog.

Junio de 1943: Perón par­tic­i­pa del golpe mil­i­tar que puso fin a la “déca­da infame” y al gob­ier­no de Ramón Castil­lo.

Diciem­bre de 1943: Perón for­ma parte del gob­ier­no lid­er­a­do por Pedro Ramírez, en tan­to Sec­re­tario de Esta­do para el tra­ba­jo y la pre­visión.

Febrero de 1944 has­ta octubre de 1945: Perón min­istro de guer­ra en el gob­ier­no del gen­er­al Edelmiro Far­rell.

Febrero de 1946: Perón gana las elec­ciones pres­i­den­ciales con 56% de los votos.

1952: gana otra vez la elec­ción (con 62% de los votos) y empieza su segun­do manda­to.

Sep­tiem­bre de 1955: golpe de esta­do lla­ma­do “Rev­olu­ción lib­er­ta­do­ra”. Las fuerzas armadas der­ro­can a Perón. Empieza un exilio de 18 años.

2ème partie : la vie comme dans un rêve

I. Le Père éter­nel au pou­voir

          Le leader agit comme une sorte de kitsch esthé­tique, il offre du rêve à quiconque est prêt à le con­som­mer sans se pos­er de ques­tion, déposant son sucre sur les papilles du désir, voilà le gour­mand comblé mâchant en silence l’offrande du leader pater­nal­iste, sans que la main du don­neur n’ait eu le moin­dre effort à faire, et il se sent comme béni par cette main supérieure.

          La pho­to du leader est sus­pendue dans toutes les écoles du pays, dans les com­mis­sari­ats, les admin­is­tra­tions publiques, image d’un cav­a­lier mon­tant un cheval tobiano, toisant la foule depuis sa hau­teur, pro­tégeant et guéris­sant les hum­bles de son seul regard, ce regard qui les comble en leur offrant leur dose d’espoir quo­ti­di­en.

Affiche de Raúl Man­te­o­la — 1948 — Musée du Bicen­te­naire, Buenos Aires.

          Dans son auto décapotable, Perón tra­verse les quartiers déshérités pour dis­tribuer des bal­lons de foot­ball, des « numéros 5 » en cuir sur lesquels on a imprimé son por­trait le plus souri­ant, ce bal­lon de cuir qu’on rêvait tant de pouss­er sur son ter­rain vague, et qu’aucun autre cadeau de Noël ne pour­rait dépass­er.

          Voici la foule domes­tiquée, rece­vant avec des can­tiques lau­da­teurs les paroles du leader, les fidèles n’attendent que sa présence, ne veu­lent rien enten­dre d’autre que le son de sa voix, n’espèrent rien d’autre qu’entrevoir sa coif­fure luisante de bril­lan­tine, son vis­age lisse, dont le grain dis­parait sous une épaisse crème visant à dis­simuler une anci­enne mal­adie de la peau… Il ne lit jamais ses dis­cours, les vis­ages et les cris rem­plis d’espoir du pub­lic de la Place de mai suff­isent à lui souf­fler les mots qu’ils atten­dent, ces mots, et les gestes qui les accom­pa­g­nent, sont leur pain quo­ti­di­en.

          Pen­dant son pre­mier man­dat il gou­verne avec pru­dence, sous le regard sévère de sa com­pagne qui veille à ce qu’il reste en prise con­stante avec les enjeux nationaux. C’est elle qui le guide, lui indi­quant les bons moments, celui d’ouvrir le mag­a­sin pour dis­tribuer la farine du pain quo­ti­di­en, et le bon peu­ple apprend ain­si à l’aimer, à la désir­er, à voir en elle la grande pro­tec­trice des plus hum­bles.

          Quant à moi, qui peine à démêler l’écheveau his­torique telle­ment con­fus de cette époque, je tente d’en pénétr­er l’intérieur à la machette, de recon­stituer le mythe en le décrivant, me bas­ant sur mes pro­pres sou­venirs d’enfant. Ce petit train de bois que j’avais reçu cer­tain Noël, de la part de la fon­da­tion Evi­ta, que je cares­sais comme un tal­is­man, et avec lequel je voy­ageais loin, au-delà des mers, des mon­tagnes et des lacs. Mon grand-père m’avait con­stru­it une échelle en bois pour que je puisse grimper à un arbre, et de là-haut j’en voy­ais pass­er un vrai, de train, avec son panache de fumée cou­vrant l’horizon, et pour l’enfant de cinq ans que j’étais, c’était comme un prodi­ge, une appari­tion mag­ique, quand je descendais de l’arbre, je retrou­vais mon petit train de bois, ce pre­mier cadeau des rois mages que je n’ai jamais, jamais oublié.

          Perón pen­dant ce temps est le grand cuisinier d’une réal­ité illu­soire et tox­ique, et ceux qui ten­dent la main veu­lent à tout prix le touch­er, recevoir ses mannes divines. Evi­ta, qui apprend vite les ressorts du pou­voir et de la poli­tique, s’ouvre un espace dans le cœur des petites  gens, et des­sine peu à peu l’icône qu’elle va devenir. C’est elle qui lance la révo­lu­tion dis­trib­u­tive, les mir­a­cles quo­ti­di­ens accom­plis pour les plus mod­estes, ces cadeaux sem­blant tomber du ciel, ici une mai­son, là des machines à coudre, ailleurs des fraiseuses pour les petits entre­pre­neurs, des bar­ques pour les pêcheurs du Paraná, des mate­las, des jou­ets, des uni­formes sco­laires, et puis, aus­si, l’amélioration de la con­di­tion ouvrière, le droit de vote pour les femmes…

 

          «Les femmes voteront pour elle, et les hommes pour moi», dis­ait le général. Et c’est vrai. Pas toutes les femmes, pas tous les hommes, mais au moins les croy­ants, ceux qui voient en eux les messies du mir­a­cle de la foi, tous ceux qui, plus tard, auront la nos­tal­gie de ces jours heureux, quand l’histoire, sans pitié pour les fidèles, aura décidé de chang­er de cap pour prof­iter à d’autres.

II. Magie du pou­voir

          Il existe une croy­ance forte­ment enrac­inée dans l’inconscient col­lec­tif des Argentins, au sujet d’un sup­posé pou­voir mag­ique de leurs dirigeants : celle du «prési­dent sauveur de corps et des âmes». Un bon exem­ple nous en est don­né par l’histoire édi­fi­ante de la famille Godoy. Celle-ci fêtait la nais­sance du sep­tième enfant de la fratrie, Hyp­po­lite. Or, une légende courait selon laque­lle si le sep­tième enfant d’une fratrie n’avait pas pour par­rain le prési­dent de la République, il pou­vait se trans­former en loup-garou. Pour éviter cela, le père Godoy com­mença par bap­tis­er son fils des deux prénoms de Perón, Juan Domin­go, puis entre­prit de frap­per à toutes les portes pour obtenir que le prési­dent voulût bien être le par­rain du reje­ton.

          Après deux semaines de démarch­es, vint la bonne nou­velle : le petit Godoy avait obtenu l’onction prési­den­tielle. Il est vrai qu’un refus assor­ti de la véri­fi­ca­tion d’une pré­dic­tion aval­isée par l’Eglise elle-même aurait pu con­stituer une mau­vaise presse pour le gou­verne­ment. Voilà donc Hyp­po­lite dûment bap­tisé sous l’égide de Perón, tout le monde est con­tent, tout est bien qui finit bien, rien de mal n’arrivera, la vie peut repren­dre son cours har­monieux : l’onction prési­den­tielle a préservé le fils de la malé­dic­tion !

          Je nage pour ma part dans ce mélange étrange de réal­ité quo­ti­di­enne et d’irrationalité, je m’arrange comme je peux avec une mémoire par­tielle – et par­tiale – car j’ai gran­di dans un pays dont l’univers poli­tique est un labyrinthe impéné­tra­ble, j’y cherche mon chemin à tâtons, n’entrevoyant à grand peine qu’un tis­su d’incohérences, de con­tra­dic­tions, de cor­rup­tion, avec pour seul guide un tant soit peu effi­cace le recours à l’univers fic­tion­nel, de ces fauss­es pistes lais­sées sur le chemin par un péro­nisme habile à habiller d’un pardessus de vérité des faits incer­tains, de vagues inten­tions et de sim­ples pos­tures.

          Ma com­préhen­sion est seule­ment par­cel­laire, des échos, des ombres portées d’une vérité qui se dérobe, me voici à la recherche d’une date man­quante, d’un élé­ment qui m’aide à inter­préter ce labyrinthe où suinte l’histoire d’un pays lové dans son pro­pre cré­do, la réal­ité argen­tine est un ani­mal agreste, échap­pant per­pétuelle­ment à l’analyse et à l’entendement.

          Les Argentins avan­cent comme des som­nam­bules dans un monde qui leur reste incon­nu, soix­ante-dix ans après nous écou­tons le même con­cert, le même cri, reflets réprimés d’une his­toire trag­ique. Les événe­ments devi­en­nent filan­dreux, et pour pou­voir les racon­ter on doit détourn­er les out­ils de la fic­tion, pour en don­ner un aspect à peu près lis­i­ble.

III. Les gou­ver­nants et la super­sti­tion

          L’histoire des coups d’état révèle notre pro­pre déca­dence, qui com­mence en 1930 et se répète ensuite en 1943, 1955, 1962, 1966, 1976, un coup d’état tous les dix ans, inter­rup­tion du proces­sus démoc­ra­tique qui revient comme une roue dévalant vers l’abîme. Le passé se répète comme une étrange malé­dic­tion indi­enne. Niet­zsche fai­sait observ­er que les êtres humains ne sup­por­t­aient pas le trop-plein de vérité, que la vérité, sou­vent, était mau­vaise pour la san­té. Notre pays a oublié le passé, il a oublié que le passé ne s’efface jamais, qu’il n’est qu’une par­tie, une autre dimen­sion, du présent, comme l’affirmait Faulkn­er – mais il est bien pos­si­ble que le leader n’ait jamais lu Faulkn­er, ou qu’il ait oublié cette cita­tion du grand écrivain Nord-Améri­cain.

          C’est un secret de Polichinelle que tous les prési­dents Argentins cachaient une véri­ta­ble per­son­nal­ité super­sti­tieuse, que, dans l’intimité, ils con­sul­taient, au sein même de la Mai­son Rose, des voy­ants avant de pren­dre toute déci­sion impor­tante.

          Hyp­po­lite Jesus Paz, chance­li­er durant le pre­mier gou­verne­ment de Perón, entre 1949 et 1951, assur­ait dans ses mémoires que Juan Domin­go Perón avait l’habitude de con­sul­ter un voy­ant du nom de « Mis­ter Lock », qui lui avait été chaude­ment recom­mandé par le min­istre de la san­té publique de l’époque, Ramon Car­ril­lo. Evi­ta, qui ne croy­ait pas à tout cela, fit cess­er les vis­ites du voy­ant de manière abrupte, lui sig­nifi­ant de se retir­er et de ne plus jamais revenir, car, dira-telle, «La seule ici qui prédise le futur du général, c’est moi.»

          Après la mort d’Eva, Perón com­mença à con­sul­ter régulière­ment le Frère Lalo (Hilario Fer­nán­dez, un Espag­nol), qui dirigeait l’école sci­en­tifique – néo-spiri­tiste – Basilio.

          De la même façon que dans le réal­isme mag­ique, à l’intérieur du réal­isme poli­tique, le péro­nisme, en tant que phénomène social d’ordre mys­tique, casse l’ordre logique des choses, et dans ce con­texte, n’importe quel événe­ment prend une tour­nure mag­ique.

          «Il pas­sa de mai­son en mai­son, traî­nant après lui deux lin­gots de métal, et tout le monde fut saisi de ter­reur à voir les chau­drons, les poêles, les tenailles et les chauf­fer­ettes tomber tout seuls de la place où ils étaient, le bois cra­quer à cause des clous et des vis qui essayaient dés­espéré­ment de s’en arracher, et même les objets per­dus depuis longtemps appa­rais­saient là où on les avait le plus cher­chés, et se traî­naient en déban­dade tru­cu­lente der­rière les fers mag­iques de Melquiades.»

Cent ans de soli­tude, Gabriel Gar­cía Márquez.

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Manuel Sil­va — 2021

Ver­sion française PV

2ª parte: El peronismo, la vida es un sueño

I. Gob­ier­na el Padre eter­no

           El líder fun­ciona como un kitsch estéti­co, le regala ilusión a quien lo con­sume sin pre­gun­tar nada, les deja un sabor dulzón en el sitio de los deseos, per­manecen felices gozan­do de lo que reciben, la mano que entre­ga la sal de la vida lo hace sin ningún esfuer­zo per­son­al, el boca­do edul­co­ra­do del líder pater­nal­ista lo mas­ti­can en silen­cio, se sien­ten ungi­dos por una mano supe­ri­or.

          La fotografía del líder cuel­ga en la pare­des de todas las escue­las del país, en las comis­arias, en los despa­chos públi­cos, es la ima­gen de un cen­tau­ro mon­tan­do en un cabal­lo tobiano, mira des­de su cabal­gadu­ra a la muchedum­bre, su mira­da pro­tege y sana a los desposeí­dos, su mira­da les renue­va la esper­an­za de cada día, los deja com­placidos.

Car­tel de Raúl Man­te­o­la — 1948 — Museo del Bicen­te­nario, Buenos Aires.

          Perón recorre los bar­rios caren­ci­a­dos en su auto descapota­do, regala pelotas de fut­bol, las número 5, de cuero, en los gajos de cuero esta la cara del líder, con su mejor son­risa, una pelota de cuero pican­do en un baldío, era un sueño que ningún rey mago podía super­ar.

          La masa está domes­ti­ca­da, acep­ta con rui­dosos can­ti­cos apro­ba­to­rios la ver­bal­ización del líder, es apos­tóli­ca, la mul­ti­tud solo quiere su pres­en­cia, escuchar su voz, ver­lo con su peina­do bril­lante de gom­i­na, la cara restal­la por la cre­ma que ocul­ta una vie­ja enfer­medad de la piel, nun­ca por­ta un dis­cur­so escrito, las caras expec­tantes de la Plaza de Mayo, las expre­siones de los mov­i­liza­dos son sufi­ciente inspiración para decir lo que ellos quieren escuchar, pal­abras y gestos del líder son el pan para la muchedum­bre.

          Yo, cernido por la difi­cul­tad de com­pren­der el entra­ma­do históri­co, entro a pun­ta de machete en algunos tramos espe­sos de la his­to­ria, escri­bi­en­do recon­struyo el mito des­de el llano, mis recuer­dos de aquel tren de madera que recibí en una navi­dad, era de la fun­dación Eva Perón. Acari­cia­ba el tren de madera como un tal­is­mán, desea­ba via­jar por mares, mon­tañas, lagos. Mi abue­lo me con­struyó una escalera de madera para trepar a un árbol, des­de su fon­da podía ver el paso de un tren de ver­dad, la for­ma­ción cruz­a­ba por el hor­i­zonte echan­do vapor por su chime­nea, era una visión mág­i­ca para un niño de cin­co años, aque­l­la ima­gen se parecía mucho a un acto prodi­gioso, al bajar del árbol, me reunía con mi tren de madera de la fun­dación Eva Perón, nun­ca olvide aquel primer rega­lo de reyes.

          Perón se mues­tra como el gran cocinero de una real­i­dad ilu­so­ria y tóx­i­ca, per­son­ifi­ca a un vende­dor de fan­tasía, los que siem­pre piden, esper­an ser toca­dos por sus manos, recibir las sales de la bue­naven­tu­ra. Su mujer, Evi­ta, aprende rápi­do, los rescol­dos del poder la motor­izan, se está ganan­do un lugar entre los humildes, será una ima­gen de cul­to; ella encar­ga la rev­olu­ción dis­trib­u­ti­va, el mila­gro de obse­quiar unas casas, una maquinas de coser, unos tornos mecáni­cos para los emprende­dores, canoas a los pescadores del Rio Paraná, col­chones, juguetes, uni­formes esco­lares, mejo­rar las leyes lab­o­rales, leg­is­lar el voto femeni­no.

          “Las mujeres votaran por ella, los hom­bres por mí” decía el gen­er­al. Acer­ta­do. No todas las mujeres, no todos los hom­bres, pero sí los creyentes, los que veían en ellos los mesías del mila­gro de la fe, los quienes luego año­raran “los días felices”, cuan­do la his­to­ria, sin piedad para los fieles, habrá deci­do cam­biar de rum­bo para ben­e­fi­ciar a otras almas.

II. Magia del poder

          Existe una creen­cia bas­tante arraiga­da en la mente de unos argenti­nos, en cuan­to al poder mági­co de sus diri­gentes supre­mos: la del pres­i­dente sal­vador de cuer­po y alma. Así la famil­ia Godoy cel­e­bra­ba la lle­ga­da de su sép­ti­mo hijo varón, Hipól­i­to Godoy. El padre del vásta­go comen­zó a ges­tionar por dis­tin­tas ofic­i­nas públi­cas como con­seguir el padri­naz­go de vásta­go por el pres­i­dente de la nación. Porque el padri­naz­go pres­i­den­cial es el úni­co recur­so ter­re­nal para evi­tar que el sép­ti­mo hijo varón se trans­forme en un lobizón, (un hom­bre lobo). Así el sép­ti­mo hijo de la famil­ia Godoy fue ano­ta­do con el nom­bre de Juan Domin­go, o sea, como el pres­i­dente, como el líder.

           El bautismo con la venia pres­i­den­cial para evi­tar la con­ver­sión del retoño en una bes­tia sedi­en­ta de san­gre. De no cumplirse con lo estip­u­la­do por la igle­sia y el manda­to del gob­ier­no, la mutación en lobizón con­sti­tuirá una mala pren­sa para el gob­ier­no del gen­er­al. Después de dos sem­anas de gestión, Godoy fue escucha­do en las ofic­i­nas del epis­co­pa­do como de la gob­er­nación, le otor­garon una fecha para bau­ti­zar a su sép­ti­mo hijo. Todos fes­te­jan, el pueblo fes­te­ja, nada va a cam­biar, todo vuelve a estar en armonía. La unción pres­i­den­cial ha sal­va­do el hijo de la maldición.

          Den­tro de esta mez­cla de real­i­dad cotid­i­ana y de irra­cional­i­dad, soy par­ticipe de la expe­ri­en­cia viva, mi memo­ria es par­cial, indi­vid­ual y colec­ti­va, crecí en un país que no me per­mite com­pren­der su entra­ma­do políti­co, inten­to una primera aprox­i­mación, solo me deja ver un entrete­ji­do de inco­heren­cia, de con­tradic­ciones, de cor­rup­ción, al recor­rer la andadu­ra políti­ca la expli­cación me lle­ga a través de la fic­ción, el per­o­nis­mo en su trayec­to­ria deja pis­tas fal­sas, unos mon­ta­jes des­ti­na­dos a dar viso de ver­dad a supuestos hechos, a sen­timien­tos de inten­ción, a gestos que se ago­taron en ade­manes, en amagues.

          Poseo frag­men­tos de com­pren­sión, son ecos y som­bras de una ver­dad esqui­va, bus­co el dato ausente, la nota que me ayude a inter­pre­tar el laber­in­to por donde se escurre la his­to­ria de un país que se ovil­la en su pro­pio cre­do, la real­i­dad Argenti­na es un ani­mal mon­tuno, siem­pre esqui­vo al análi­sis y la com­pren­sión.

          Los argenti­nos deam­bu­lan como sonám­bu­los en un mun­do que no recono­cen como pro­pio, después de 70 años seguimos escuchan­do el mis­mo concier­to, el mis­mo griterío, rep­re­sen­tan el refle­jo reprim­i­do de una his­to­ria trág­i­ca. Los acon­tec­imien­tos se vuel­ven eva­sivos, es nece­sario usurpar bue­nas her­ramien­tas de la fic­ción para poder con­tar­las, el zigzagueo de la políti­ca argenti­na requiere imprim­ir un efec­to pre­for­ma­ti­vo para escribir­lo, dar­le algún viso de entendimien­to sat­is­fac­to­rio a lo redac­ta­do.

III. Los diri­gentes y la super­sti­ción

          La his­to­ria de los golpes de esta­do mar­ca nues­tra deca­den­cia, comien­za en 1930, luego se fueron repi­tien­do: en el 1943, 1955, 1962, 1966, 1976, un golpe de esta­do cada diez años, una inter­rup­ción del pro­ce­so democráti­co, una suerte de noria infini­ta rodan­do hacia un abis­mo. El pasa­do es repet­i­ti­vo como una pas­mosa maldición india. Niet­zsche observó que los seres humanos no podemos sopor­tar demasi­a­da real­i­dad y que a menudo la ver­dad es mala para la vida. El país en su andar olvidó el pasa­do, olvidó que el pasa­do no pasa nun­ca, es solo una parte o una dimen­sión del pre­sente, —lo dijo Faulkn­er—, es posi­ble que el líder nun­ca leyó a Faulkn­er, perdió de vista la obser­vación del gran escritor del sur de los Esta­dos Unidos.

          No es un secre­to que los pres­i­dentes argenti­nos oculta­ban una mar­ca­da per­son­al­i­dad super­sti­ciosa, en la intim­i­dad del poder con­sulta­ban a bru­jos y videntes antes de tomar una decisión impor­tante, famoso augures ingresa­ban a la Casa Rosa­da man­da­dos a lla­mar por el primer mag­istra­do.

          Hipól­i­to Jesús paz, quien fue can­ciller entre 1949 y 1951 del primer gob­ier­no de Perón, ase­guro en sus memo­rias que Juan Domin­go Perón solía recur­rir a un vidente lla­ma­do Míster Lock, al augur lo “pro­tegía y admira­ba” el Min­istro de Salud Públi­ca de la época, Ramón Car­ril­lo. Las con­sul­tas al vidente se inter­rumpieron por la inter­ven­ción direc­ta de Evi­ta, que no creía en bru­jas ni en videntes y fue ter­mi­nante con Míster Lock: “retírese, no vuel­va más, porque aquí la úni­ca que le lee el futuro al gen­er­al soy yo”.

          Muer­ta Eva, Perón comen­zó a con­ver­sar con fre­cuen­cia con el Her­mano Lalo (Hilario Fer­nán­dez, un español) que dirigía la neo espiri­tista Escuela Cien­tí­fi­ca Basilio.

          Como ocurre en el real­is­mo mági­co, en el real­is­mo políti­co, el per­o­nis­mo como un fenó­meno social mís­ti­co, puede romper el orden lógi­co de las cosas, y en ese con­tex­to, cualquier acon­tec­imien­to puede resul­tar inverosímil, revesti­do de magia.

          “Fue de casa en casa arras­tran­do dos lin­gotes metáli­cos, y todo el mun­do se espan­to al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes caían de su sitio, y las maderas cru­jían por la deses­peración de los calvos y los tornil­los tratan­do de desclavarse, y aun los obje­tos per­di­dos des­de hacía mucho tiem­po aparecían por donde más se les había bus­ca­do, y se arras­tra­ban en des­ban­da­da tru­cu­len­ta detrás de los fier­ros mági­cos de Melquiades”.

                                                             Cien años de soledad, Gabriel Gar­cía Márquez.

Manuel Sil­va — 2021

 

1a parte: esperando al mesías

           “Muchos años después, frente al pelotón de fusil­amien­to, el coro­nel Aure­liano Buendía había de recor­dar aque­l­la tarde remo­ta en que su padre lo lle­vo a cono­cer el hielo”.

           Es el magis­tral ini­cio de “Cien años de soledad” de Gabriel Gar­cía Márquez, el creador del real­is­mo mági­co.

I. Encan­tos

          En Argenti­na, el real­is­mo mági­co lle­ga de la mano de un líder pater­nal­ista, mucho antes de la apari­ción de la nov­ela “Cien años de soledad”. El hom­bre que deja el cuar­tel y se trepa al potro de la políti­ca, es obser­vador, dis­ci­plina­do, empa­pa­do por los conocimien­tos sis­temáti­cos de Karl von Clause­witz, al primer golpe de vista sabe lo que le fal­ta y tam­bién lo que le sobra, dom­i­na con bue­nas artes la tác­ti­ca y la estrate­gia, procu­ra pon­er de su lado el tiem­po y el espa­cio, como el tem­po­rizador de su andadu­ra.

           Es el hom­bre indi­ca­do, dice su com­pañera, el guiará a los tra­ba­jadores hacia un ter­ri­to­rio de glo­ria, será el Moisés guian­do un pueblo por el desier­to de caren­cia y dubita­ciones. Su com­pañera, la que cono­ció aquel día del ter­re­mo­to de San Juan, entre las piedras de un pueblo destru­i­do por el cat­a­clis­mo telúri­co, entre las ruinas del sis­mo, está a su lado, radi­ante, llena de energías, ella lo mira con ojos desafi­antes, con una mira­da sev­era, deja ver la seguri­dad de un feli­no, lo tiene en su cam­po visu­al, próx­i­mo a sus gar­ras. Él la con­tem­pla con la vehe­men­cia de un mís­ti­co, se deja invadir por su encan­to, esa mujer surgi­da de entre los escom­bros de la con­vul­sión telúri­ca es el epi­cen­tro de su aten­ción. Guar­da una dis­tan­cia pru­dente, la nece­saria para no perder­lo de vista, actúa como una lám­para, le alum­bra el camino de ruinas. El líder se mueve seguro, sabe con certeza donde plan­ta sus botas, ve con clar­i­dad rayana las necesi­dades rizoma­man­do en el cam­po social, bulle frente a una muchedum­bre en situación de caos, sus pal­abras llanas son sufi­cientes para remover los resabios de la furia telúri­ca, su voz atem­per­a­da los acom­paña, por un momen­to se olvi­dan de la catástrofe, de los gob­ier­nos con­ser­vadores, jun­tas mil­itares y obis­pos lúbri­cos.

Juan Per­on y Evi­ta

          Como en el teatro piran­del­liano, los per­son­ajes salen a bus­car un autor, al final lo encuen­tran, son los após­toles del per­o­nis­mo: los diri­gentes de los sindi­catos, los pun­teros políti­cos, los cap­i­tanes de empre­sa, las damas de la cari­dad, todos dis­puestos a ganar un lugar donde nutrirse del poder, todos medran y se ben­e­fi­cian, el líder los con­tem­pla y a cada uno les pone un pre­cio.

          Siem­pre aten­to al mur­mul­lo enfer­mi­zo que trans­mite la muchedum­bre, sabe en qué momen­to dar un golpe de timón, cam­bia el rum­bo de su dia­tri­ba, mod­era los vien­tos aven­tan­do de popa, con la mis­ma par­si­mo­nia les habla a los empre­sar­ios, a los man­dos mil­itares, a los pur­pu­ra­dos, a los campesinos empan­tana­dos en la mis­e­ria, tiene el tono medi­do para cada uno, elige el momen­to opor­tuno para sat­is­fac­er sus deseos inmedi­atos.

II. Luz de los humildes

          La clase tra­ba­jado­ra en los ini­cios del per­o­nis­mo hervía de inqui­etudes, los sindi­catos con­sol­id­a­ban su poder, bus­ca­ban unas fig­uras fuertes en donde apun­ta­larse, al mesías capaz de fun­dar un mejor por­venir, un catal­izador de las necesi­dades de los más humildes. En 1945 acon­tece su apari­ción, como un cátaro trae una nue­va real­i­dad, emite una ora­to­ria campechana, les habla de igual a igual, ya elaboró la sal­sa que coci­nará el esper­a­do boca­do de la sat­is­fac­ción.

          El inte­ri­or del país se mov­i­liza a la Cap­i­tal Fed­er­al, los trenes lle­gan abar­ro­ta­dos de famil­ias, no traen val­i­jas, care­cen de equipa­je, bajan del tren con lo puesto, solo quieren estar cer­ca de la magia, recibir en algún momen­to la ben­di­ción del líder. La gran cap­i­tal comien­za a mutar de col­or, otras voces resue­nan en las calles siem­pre ilu­mi­nadas de Buenos Aires, son los “cabecitas negras” o “los grasas del inte­ri­or” tran­si­tan bul­li­ciosos por las calles porteñas, un nue­vo col­or de piel se cua­ja en la mul­ti­tud.

           El per­o­nis­mo des­cubre en el andar que el pasa­do no pasa nun­ca, el pasa­do dom­i­na al pre­sente y se pro­lon­ga hacia el futuro. El dis­cur­so no logra atem­per­ar la fran­ca descon­fi­an­za en los esta­men­tos altos de la sociedad porteña, en espe­cial, en la igle­sia, el per­son­al de las Fuerzas Armadas, se inqui­etan, la reac­ción inmedi­a­ta es xenó­fo­ba, racista, no sopor­tan ver a aque­l­los indi­vid­u­os nece­si­ta­dos de tra­ba­jo llenan­do las calles de la gran ciu­dad de Buenos Aires, son los huér­fanos históri­cos, son señal­a­dos de man­era pey­ora­ti­va, los lla­man “cabecitas negras”, descamisa­dos”, el líder y su esposa lo saben, la nue­va olea­da de “los cabezas” son el respal­do de su gob­ier­no.

          La mira­da de indio del líder, esa mira­da que no tra­sun­ta ningu­na ima­gen, ningún sen­timien­to por den­tro, su voz cau­ti­va, emite las pal­abras abso­lu­tas, grandilocuentes, las que espera escuchar la mul­ti­tud, sabe como otor­gar­le otro sen­ti­do a una mis­ma acción, se mues­tra como la polea de trans­misión de una maquina de com­plac­er, de dar­le for­ma a los deseos de los más nece­si­ta­dos, está allí para sal­var, para otor­gar­les val­or a los que no tienen val­or.

          Si su energía físi­ca y su ora­to­ria pun­tu­al ganan espa­cio entre las masas tra­ba­jado­ras, tam­bién se gana el mal humor en la clase media alta, el descon­tento de los man­dos mil­itares, los obis­pos en sus homilías arro­jan dar­d­os pon­zoñosos a la gestión guber­na­men­tal.

          La real­i­dad de la políti­ca argenti­na pre­sen­ta una lóg­i­ca demen­cial, escur­ridiza, se exhibe imposi­ble de nar­rar, para los pro­pios y los extraños. El argenti­no de a pie está con­de­na­do a saber esper­ar, como decía Charles Ives, «saber esper­ar lo que viene, níti­do, invis­i­ble, como la silue­ta de una mari­posa con­tra la tela vacía».

          En la atmos­fera políti­ca flota siem­pre una prome­sa, un con­juro, la magia del líder que sabe con­stru­ir expec­ta­ti­vas, solu­ciones a un futuro que nun­ca cobra for­ma. Allí están las necesi­dades de sus gob­er­na­dos, con la mejor son­risa, con la pal­abra dul­ci­fi­ca­da les expli­ca a los que esper­an: el pasa­do no pasa nun­ca, vuelve como una rue­da den­ta­da, muerde el pre­sente, lo destruye, lo barniza, luego lo ofrece como el por­ten­to de todas las solu­ciones.

          El sil­lón de Riva­davia fun­ciona como un tram­polín, des­de allí se lan­zará a dom­i­nar los esta­men­tos de la sociedad, será el gran direc­tor de orques­ta, tocará todos los instru­men­tos, entonará can­ti­cos gre­go­ri­anos de un nue­vo tiem­po, todos baila­ran al rit­mo de su músi­ca, la músi­ca doma a las fieras, crea emo­ciones, estoy seguro que tam­bién cal­ma a los ham­bri­en­tos, a los más humildes, los desh­ereda­dos, ellos rezarán por el líder, pedirán por su salud, por el esta­do de gra­cia de su com­pañera, cada noche, antes de acostarse mirarán el retra­to col­ga­do en la pared con su tra­je mil­i­tar.

                                                                                   Manuel Sil­va — 2021

(Con­tin­uará en parte 2)

1ère partie : l’attente du messie

« Bien des années plus tard, face au pelo­ton d’exécution, le colonel Aure­liano Buendía devait se rap­pel­er ce loin­tain après-midi au cours duquel son père l’emmena faire con­nais­sance avec la glace »

          Tel est le début magis­tral de « Cent ans de soli­tude », de Gabriel Gar­cía Márquez, un des écrivains phares du réal­isme mag­ique.

I. Enchante­ments

          En Argen­tine, le réal­isme mag­ique arrive par l’entremise d’un leader pater­nal­iste, bien avant la pub­li­ca­tion du roman « Cent ans de soli­tude ». Celui qui aban­donne la caserne pour enfourcher le destri­er de la poli­tique est un homme obser­va­teur, dis­ci­pliné, pénétré des enseigne­ments de Karl Von Clause­witz ; d’emblée il sait éval­uer ses qual­ités et ses failles, il maitrise à la per­fec­tion l’art de la tac­tique et de la stratégie, sait utilis­er à son prof­it le temps et l’espace à son pro­pre rythme.

          Sa com­pagne dira de lui : « Il est l’homme par­fait, il saura guider les tra­vailleurs sur un chemin glo­rieux, il sera le Moïse guidant son peu­ple à tra­vers le désert de la dis­ette et du doute ». Cette com­pagne, c’est celle qu’il a ren­con­trée ce fameux jour du trem­ble­ment de terre de San Juan, par­mi les décom­bres d’une ville rav­agée par le cat­a­clysme, par­mi les ruines occa­sion­nées par le séisme. Elle est à ses côtés ; radieuse, énergique, elle lui jette un regard de défi, sévère, lais­sant poindre l’assurance d’un félin, elle ne le perd jamais de vue, le gar­dant tou­jours à prox­im­ité de ses griffes. Lui la con­tem­ple avec la pas­sion d’un mys­tique, envouté par ses charmes, cette femme sur­gis­sant des ruines tel­luriques devient l’épicentre de son atten­tion. Elle garde une dis­tance pru­dente, juste assez pour le garder dans son champ de vision, elle est comme une lumière lui éclairant le chemin entre les décom­bres. Le leader est sûr de lui, il sait avec exac­ti­tude où pos­er ses bottes, il a une con­science nette des néces­sités du peu­ple, il bouil­lonne d’idées face à la foule prise dans le chaos, ses mots sim­ples suff­isent à effac­er les stig­mates de la cat­a­stro­phe, sa voix chaude ras­sure les gens et pour un instant ils oublient tous leurs tra­cas, le drame, les gou­verne­ments con­ser­va­teurs, les juntes mil­i­taires et les évêques lubriques.

Juan Per­on et Evi­ta

          A l’instar du théâtre piran­del­lien, des per­son­nages sor­tent en quête d’auteur, qu’ils finis­sent par ren­con­tr­er, et voilà les nou­veaux apôtres du péro­nisme : dirigeants de syn­di­cats, poli­tiques aux dents longues, cap­i­taines d’industrie, dames patron­ness­es, tous sont prêts à s’asseoir à la table où ils se nour­riront du pou­voir, tous accourent à la gamelle, et le leader les regarde, attribuant un juste prix à cha­cun d’entre eux.

          Atten­tif au bruisse­ment con­tagieux de la foule, il sait pré­cisé­ment quand don­ner un coup de barre, chang­er le cours de sa dia­tribe, gér­er calme­ment les vents arrières, avec le même calme il par­le aux patrons aus­si bien qu’aux empour­prés et aux paysans englués dans la mis­ère, il adopte le ton juste avec cha­cun, sachant choisir le bon moment pour sat­is­faire leurs désirs immé­di­ats.

II. Lumière des hum­bles

          Au com­mence­ment du péro­nisme la classe ouvrière est en ébul­li­tion. Les syn­di­cats con­soli­dent leur pou­voir, cher­chant des fig­ures majeures sur lesquelles s’appuyer, un messie capa­ble de dessin­er un avenir meilleur, catal­y­seur des besoins des plus pau­vres. Il appa­rait en 1945, por­tant avec lui, comme un cathare, une réal­ité nou­velle, un dis­cours pop­uliste, il par­le d’égal à égal, élab­o­rant déjà la sauce qui liera le tant espéré plat des espoirs comblées.

          Et voilà que le pays tout entier se met en marche, des trains bondés par­tent pour la cap­i­tale, des voyageurs sans bagage descen­dent sur les quais sans autre richesse que les vête­ments qu’ils por­tent, car ils ne vien­nent que dans un seul but, approcher le mage et recevoir sa béné­dic­tion. La ville prend de nou­velles couleurs, partout réson­nent des voix nou­velles, voici les « cabecitas negras » les « grasas del inte­ri­or » qui chahutent les rues, voici qu’une nou­velle couleur de peau vient détein­dre sur la pop­u­la­tion.

          Le péro­nisme se rend compte en pas­sant que le passé ne meurt jamais, le passé domine le présent et se pro­longe dans le futur. La teneur du dis­cours ne ras­sure pas les hautes class­es de la société, en par­ti­c­uli­er l’Eglise et les mil­i­taires que ce mes­sage préoc­cupe. La réac­tion, xéno­phobe, raciste, est immé­di­ate, la vision de tous ces néces­si­teux, ces orphe­lins de l’histoire, envahissant les rues de la grande ville, accla­mant le leader et sa femme, leur est insup­port­able, ils les affublent de surnoms péjo­rat­ifs, «têtes noires», «sans chemise»…

          Le regard d’indien du leader, ce regard qui ne cache aucune image, aucun sen­ti­ment intérieur, est par­faite­ment trans­par­ent. Sa voix envoutante émet des paroles absolues, grandil­o­quentes, ce sont ces mots que la foule veut enten­dre, il sait com­ment don­ner un sens dif­férent à des actions pour­tant sem­blables, il est comme la cour­roie de trans­mis­sion d’une machine à com­plaire, à don­ner corps aux espoirs des plus hum­bles, il est venu les sauver, don­ner de la valeur à tous ceux qui jusqu’ici n’en avaient aucune.

          Mais si son énergie et son dis­cours ont le pou­voir de soulever les mass­es laborieuses, il provoque en même temps l’agacement des class­es moyennes supérieures, le mécon­tente­ment des états-majors mil­i­taires, et dans leurs ser­mons les évêques fusti­gent la ges­tion gou­verne­men­tale.

          La réal­ité poli­tique argen­tine prend un tour démen­tiel, insai­siss­able, elle devient incom­préhen­si­ble, pour les locaux autant que pour les étrangers. L’Argentin moyen est con­damné à l’attente, comme le dis­ait Charles Ives «savoir atten­dre ce qui s’annonce, net, invis­i­ble, comme la sil­hou­ette d’un papil­lon con­tre la toile vide».

          Dans l’atmosphère poli­tique flotte en per­ma­nence une promesse, une incan­ta­tion, la magie du leader qui sait créer l’expectative, trou­ver des solu­tions pour un avenir qui ne prend jamais corps. Il exprime les besoins de ses conci­toyens, le fait avec son meilleur sourire, ses mots sucrés dis­ent à ceux qui espèrent que jamais le passé ne meurt, il tourne à la manière d’une roue den­tée, mor­dant le présent, le détru­isant, l’enduisant de ver­nis, pour l’offrir ensuite comme la clé de tous les prob­lèmes.

          Le fau­teuil de Riva­davia est le trem­plin d’où il s’élance pour par­tir à la con­quête de toutes les couch­es sociales, il sera le grand chef d’orchestre, jouera de tous les instru­ments à la fois, il enton­nera les chants gré­goriens des temps nou­veaux, tous danseront au rythme de sa musique, cette musique qui dompte les bêtes sauvages, crée des émo­tions, je suis sûr qu’elle apaise aus­si les affamés, les plus hum­bles, les déshérités, qui prieront pour leur leader, pour sa san­té, pour l’état de grâce de sa com­pagne, et qui chaque soir avant de se couch­er auront un regard vers le por­trait accroché au mur où il pose dans son plus beau cos­tume mil­i­taire.

(A suiv­re)

***

Petit glos­saire (éventuelle­ment) utile :

Trem­ble­ment de terre de San Juan : le 15 jan­vi­er 1944, a eu lieu dans la province de San Juan (500 km à l’ouest de Buenos Aires) le séisme le plus destruc­teur de l’histoire argen­tine. Juan Perón, alors min­istre du gou­verne­ment mil­i­taire de Pedro Ramírez, s’y était ren­du dans le cadre de ses fonc­tions. C’est là qu’il a ren­con­tré sa future épouse Eva Duarte.

Cabecitas negras, grasas del inte­ri­or : lit­térale­ment, “Têtes noires”, “Grais­seux de l’intérieur », surnoms péjo­rat­ifs don­nés (encore aujourd’hui, hélas) aux Argentins d’origine indi­enne, émi­grant de leurs provinces du nord et de l’ouest vers la cap­i­tale.

Le fau­teuil de Riva­davia : Bernadi­no Riva­davia (1780–1845) fut le pre­mier chef d’état offi­ciel de l’Argentine indépen­dante, alors encore nom­mée «Provinces unies du Rio de La Pla­ta».

Adap­ta­tion française PV.

 

Encargados de edificios en Buenos Aires

1. Encar­ga­dos de acá y de allá

          Hablam­os hoy de una pro­fe­sión que casi desa­pare­ció del paisaje de las cap­i­tales euro­peas: la de los porteros. O, mejor dicho, de los encar­ga­dos de edi­fi­cios.

          Los más ancianos den­tro de nosotros quizás recor­darán que has­ta los años 70, cada edi­fi­cio parisi­no con­ta­ba con su “loge”, un depar­ta­men­to minús­cu­lo donde vivía, con toda su famil­ia, la “concierge”, la portera. Digo “la”, ya que en la may­oría de los casos, en Paris el ofi­cio lo ocu­pa­ba una mujer. ¿En qué con­sistía ese ofi­cio? Muchas cosas dis­tin­tas. Ella recogía el correo, y luego lo repartía entre los moradores. Del mis­mo modo, ellos podían deposi­tar sus sobres en la portería. Tenía la respon­s­abil­i­dad del buen esta­do de las partes colec­ti­vas del edi­fi­cio – entra­da, escaleras, rel­lanos, ascen­sores… — percibía para los propi­etar­ios los alquil­eres, hacía vis­i­tar los depar­ta­men­tos vacíos a los futur­os inquili­nos, servía de inter­me­di­ario entre los inquili­nos y los dueños cuan­do esos vivían a lo lejos, con­trata­ba a los arte­sanos para los arreg­los nece­sar­ios, abría el por­tal e indi­ca­ba los pisos y/o número de depar­ta­men­tos a los vis­i­tantes. Eso durante el día. Pero tenía que tra­ba­jar de noche, casi. Porque de noche, el por­tal qued­a­ba cer­ra­do, así que los vis­i­tantes – y los moradores – para entrar o salir tenían que lla­mar a la puer­ta y men­cionar su apel­li­do, y la portera, des­de su cama, tenía que “tirar del cordón” para abrir la puer­ta.

          Como se puede deducir, la portera parisi­na tenía mucho con­trol sobre todo lo que entra­ba, salía o pasa­ba por su edi­fi­cio. Sabía más o menos quién escribía a quien, quién vis­ita­ba a quien, y cuán­do, quién salía y a qué hora, y muchas veces recibía las con­fi­den­cias de los moradores más char­la­tanes. De allí que tenían esa fama de chis­mosas, has­ta la pal­abra “concierge” se vuel­vo sinón­i­mo de cotil­la y entrometi­da. Una fama bas­tante mere­ci­da, lamen­to decir­lo.

          Pero en Fran­cia esa hon­or­able pro­fe­sión desa­pare­ció del todo. ¿El por­tal? Se abre con un códi­go dig­i­tal. ¿El correo? El cartero tiene las llaves y se las arregla para repar­tir­lo en los cor­re­spon­di­entes buzones. ¿La limpieza? Una empre­sa se hace car­go, una hora o dos al día, a veces menos, y los/las empleados/as tienen que hac­er­lo todo en el tiem­po impar­tido, sea posi­ble o no. ¡Garan­tía de cual­i­dad! O no. ¿El alquil­er? ¿Las vis­i­tas de depar­ta­men­tos vacíos? Ver con la agen­cia. ¿Las obras nece­sarias? Ver con el admin­istrador. Si el ascen­sor tiene una avería, si se tiene que cam­biar una bom­bil­la en el rel­lano, ten­er pacien­cia. El admin­istrador es un hom­bre muy ocu­pa­do, tiene prob­le­mas mucho más impor­tantes que tratar. ¿Por qué cree ust­ed que lo tiene que pagar tar­i­fa tan alto? Porque es un hom­bre impor­tante y muy ocu­pa­do, el admin­istrador.

          Pues seño­ras y señores, fíjense ust­edes que nue­stros ami­gos porteños no tienen esos prob­le­mas. Ellos supieron con­ser­var, para la may­oría de sus edi­fi­cios, esa per­sona de carne y hue­so, por lo gen­er­al disponible y suma­mente acoge­do­ra. Acoge­dor, ten­dría que decir, ya que al con­trario de Paris, casi todas las porteras de Buenos Aires son porteros.

          Ellos tam­bién viv­en en una portería del piso bajo, más o menos amplía según la gen­erosi­dad del con­struc­tor o de los propi­etar­ios. Unos viv­en acá con su famil­ia, cuan­do hay bas­tante espa­cio, otros pre­fieren vivir en otro sitio, a veces en otro bar­rio. Y es que los encar­ga­dos porteños no tienen que estar pre­sentes las 24 horas. Des­cansan los fines de sem­ana, por lo menos a par­tir de las 12 los sába­dos. En tal caso, el admin­istrador con­tra­ta a un susti­tu­to.

Despa­cho de encar­ga­do- Buenos Aires

          Si me refiero a lo que exper­i­men­té durante mis varias estancias en Argenti­na, los encar­ga­dos son gente amable, disponible, acoge­do­ra y agrad­able. Al con­trario de sus cole­gas parisi­nos, se pueden encon­trar sin prob­le­ma cuan­do uno los nece­si­ta. Cuan­do no están tra­ba­jan­do en las escaleras, están en la entra­da, donde dispo­nen de un pequeño despa­cho para recibir a la gente. Es más: muchas veces, están en la vere­da delante del por­tal, char­lan­do con un morador, un transeúnte, un veci­no o el dueño de la tien­da de enfrente. Unos, con mucho esti­lo, lle­van uni­forme: tra­je oscuro, cor­ba­ta, gor­ra, botones dora­dos… En rig­or de ver­dad, tienen dos tipos de tra­jes. Por la mañana, cuan­do tra­ba­jan en la limpieza o unos arreg­los, tra­je de tra­ba­jo man­u­al, pan­talones y cha­que­ta (saco, en castel­lano argenti­no) de tela azul o mar­rón. Por la tarde, se hal­lan detrás de su escrito­rio en la entra­da, y vis­ten el tra­je “de recep­ción”. Pero cual sea el caso, los van a recono­cer en segui­da.

Encar­ga­dos de edi­fi­cios en recep­ción

          Amables y acoge­dores, sin lugar a dudas. Pero ojo que son muy aten­tos. Ni hablar de dejar entrar a un inde­seable en el edi­fi­cio, los encar­ga­dos están vig­i­lan­do. Para entrar, hay que ten­er motivos hon­estos, que si no, no les van a dejar pasar. Los moradores pueden dormir tran­qui­los: ningún vende­dor de aspi­radores podrá subir has­ta su piso. Bueno, podrá inten­tar lla­mar­le des­de el por­tal. Tam­poco Buenos Aires es una ciu­dad antic­ua­da, y cada edi­fi­cio cuen­ta con un inter­fono. Pero ojo que aunque pue­da pasar el por­tal, ¡es muy prob­a­ble que vaya a ten­er que con­tes­tar la pre­gun­ta del encar­ga­do!

          Disponibles lo son. Los moradores siem­pre pueden solic­i­tar­los cuan­do lo nece­si­tan. Los encar­ga­dos de edi­fi­cios de Buenos Aires son muy ver­sátiles, capaces de resolver todos los pequeños prob­le­mas de la vida cotid­i­ana en un edi­fi­cio. Fre­gadero obstru­i­do, per­siana dete­ri­o­ra­da, ascen­sor blo­quea­do (eso pasa a menudo en la cap­i­tal argenti­na, donde los ascen­sores son por lo gen­er­al bas­tante antigu­os), el encar­ga­do de edi­fi­cio porteño está acá para sacar­le del lío. Conoce muy bien el bar­rio: así que no dude en pedirle infor­ma­ción, dónde se puede encon­trar el mejor restau­rante de la zona, un buen médi­co, un den­tista, que colec­ti­vo lle­va a tal lugar, como con­seguir un taxi sin necesi­dad de ir andan­do media hora, etc…

Char­lan­do delante del por­tal

          O sea que nue­stros ami­gos porteños tienen suerte. Den­tro de un mun­do cada vez más des­en­car­na­do, rep­re­sen­tan la pres­en­cia humana impre­scindible que está fal­tan­do cada vez más en nue­stro ambi­ente robo­t­i­za­do. Cada vez más esta­mos hablan­do con maquinas, fal­tan inter­locu­tores en carne tré­mu­la, lo cual gen­era estrés, irritación, sen­timien­to de impo­ten­cia frente a los pequeños prob­le­mas de la vida cotid­i­ana. Pero guardamos la esper­an­za: en Paris, recién empezamos a ver como vuel­ven los “concierges”, lo que demues­tra clara­mente su util­i­dad y el deseo de la gente de ten­er inter­locu­tores direc­tos en sus edi­fi­cios.

2. Tes­ti­mo­nio de un portero de Buenos Aires

          Durante mi estancia en Buenos Aires, en 2020, tuve la suerte de encon­trar en el edi­fi­cio donde vivía un encar­ga­do del edi­fi­cio encan­ta­dor. Un hom­bre tan amable como cul­to, y recuer­do con mucha nos­tal­gia nues­tras char­las en todos los temas, así como nue­stros inter­cam­bios sobre nues­tras cul­turas respec­ti­vas. Has­ta me hizo el hon­or de su casa, él y su esposa no me dejaron pasar la cena de Nochebue­na solo, me invi­taron a com­par­tir la suya, con sus dos hijos. A pesar de la dis­tan­cia, todavía quedamos en con­tac­to casi a diario, y acep­tó colab­o­rar en ese artícu­lo, con­te­s­tando mis pre­gun­tas y mandán­dome unas fotos. Le agradez­co mucho su amis­tad, así como la de toda su famil­ia. Un orgul­lo y un plac­er cono­cer­los.

Siguen sus respues­tas a mi pequeña entre­vista, sobre su ofi­cio.

¿Puedes pre­sen­tarte un poco, tu nom­bre, edad, famil­ia?
Mi nom­bre es Ben­i­to Romero, ten­go 55 años. En mi famil­ia somos 4 mi esposa mis dos hijos (varón /mujer) y yo.

¿Eres encar­ga­do de edfi­cio des­de que empeza­ste a tra­ba­jar, o tenías otro ofi­cio antes?
Soy encar­ga­do de edi­fi­cio des­de hace 18 años antes de eso tra­ba­je 18 años en un com­er­cio.

¿En qué con­siste tu tra­ba­jo?
Mi tra­ba­jo con­siste en la limpieza y el man­ten­imien­to gen­er­al del edi­fi­cio en el que tra­ba­jo, ver­i­ficar que fun­cio­nen bien los ascen­sores, las bom­bas de agua, las luces, recep­ción y repar­to de cor­re­spon­den­cia, y todo lo que haga al fun­cionamien­to nor­mal de un edi­fi­cio.

Ben­i­to tra­ba­jan­do por la mañana

¿Cuáles son tus horar­ios de tra­ba­jo?
Tra­ba­jo en horario cor­ta­do, a la mañana des­de las 7 has­ta las 12 y a la tarde des­de las 17 has­ta las 21.

¿Qué es lo que más te gus­ta en este ofi­cio?
Lo que más me gus­ta de este tra­ba­jo, es que uno inter­ac­túa con­stan­te­mente con todo tipo de per­sonas y conoce y se hace ami­go de mucha gente de difer­entes clases sociales.

¿Tenés un buen suel­do? Sin decir lo que ganas exac­ta­mente, ¿Por lo menos puedes com­parar con otro(s) oficio(s) más o menos equiparable(s)?
Yo ten­go un buen suel­do puedo lle­gar a fin de mes hol­gada­mente porque ten­emos un plus en el que cuan­ta más antigüedad ten­gas mejor suel­do tenés. Este gremio esta en el medio del escalafón salar­i­al com­para­do con otros gremios.

¿Existe un gremio de porteros?
En Argenti­na ten­emos un gremio de porteros grande y fuerte. Grande a niv­el de afil­i­a­dos y fuerte porque es respeta­do tan­to por los otros gremios como así tam­bién por los empleadores. Es el úni­co gremio que tiene una uni­ver­si­dad para los hijos de los tra­ba­jadores.

¿Cono­ces a muchos otros porteros? ¿En tu calle/barrio/ciudad?
Somos gente muy comu­nica­ti­va por eso en el bar­rio nos cono­ce­mos casi todos, nos encon­tramos por la calle, el super­me­r­ca­do, la panadería , la escuela y así se con­for­ma una lin­da comu­nidad de porteros.

En Paris desa­parecieron poco a poco los porteros en los años 70–80. Hoy quedan pocos. ¿Cuál es la ten­den­cia en Buenos Aires?
En Buenos Aires es un gremio que tam­bién tiende a desa­pare­cer con el tiem­po, hay lugares donde cuan­do se jubi­la el portero ya no lo reem­plazan, ponen empre­sas de limpieza y así se va ter­cer­izan­do todo.

¿Puedes con­tarnos una anéc­do­ta que ocur­rió cuan­do estabas tra­ba­jan­do?
Mis anéc­do­tas son siem­pre con los niños. Me gus­tan mucho los chiq­ui­tos y había una pare­ja joven que alquilaron un depar­ta­men­to en el edi­fi­cio; al poco tiem­po, la seño­ra que­do embaraza­da y nació un niño que vi cre­cer has­ta que se mudaron dos años después.
Unos meses después, sue­na el tim­bre de casa y al respon­der ¡escu­cho una voce­si­ta que pre­gun­ta por mi! Ese día recibí uno de los más her­mosos abra­zos de mi vida. Todavía a pesar de la edad se acord­a­ba de mi !!!!!! El car­iño y la ter­nu­ra de mi ami­gu­i­to fue algo que me con­movió, aun hoy cuan­do me acuer­do o lo cuen­to me emo­ciono.

Ben­i­to Romero

Concierges de Buenos Aires

1.LES CONCIERGES D’ICI ET DE LA-BAS

          Voilà bien une pro­fes­sion pour­tant très utile qui a pra­tique­ment dis­paru de nos cap­i­tales européennes : celle des concierges d’immeubles. Les plus anciens d’entre nous se sou­vien­dront peut-être que jusque dans les années soix­ante-dix, chaque immeu­ble parisien était doté, à son rez-de-chaussée, d’une petite loge où vivait, avec sa famille, la concierge. Je dis «la», car dans l’immense majorité des cas, il s’agissait d’une femme. Que fai­sait-elle dans l’immeuble ? Plein de choses. C’est elle qui rece­vait, puis dis­tribuait le cour­ri­er des rési­dents, elle qui était chargée de main­tenir les espaces com­muns en bon état de pro­preté, qui sor­tait les poubelles col­lec­tives, qui perce­vait les loy­ers des éventuels locataires, qui fai­sait vis­iter les apparte­ments vacants, qui fai­sait l’intermédiaire avec les pro­prié­taires dis­tants, qui se chargeait de sol­liciter les entre­pris­es de répa­ra­tions, elle encore qui indi­quait aux vis­i­teurs l’étage des vis­ités, elle enfin qui con­trôlait stricte­ment l’accès des dits vis­i­teurs à l’immeuble. Et même l’accès tout court, car il fut une époque où elle devait ouvrir à tous ceux qui son­naient durant la nuit pour entr­er ou sor­tir. Elle «tirait le cor­don» depuis son lit, comme on peut le lire dans cer­tains romans pop­u­laires.

          Naturelle­ment, cette posi­tion priv­ilégiée de «tour de con­trôle» de son immeu­ble lui per­me­t­tait de con­naitre beau­coup de l’intimité des habi­tants. Le pas­sage du cour­ri­er par sa loge lui per­me­t­tait de savoir qui écrivait à qui, elle savait qui sor­tait quand, qui rece­vait qui et quand, et il n’était même pas rare qu’on lui fasse spon­tané­ment des con­fi­dences. D’où une répu­ta­tion de curiosité, voir d’intromission, qui n’était pas for­cé­ment usurpée.

           Mais chez nous, cette hon­or­able et pré­cieuse pro­fes­sion a totale­ment dis­paru. Le por­tail d’entrée ? Action­né par un «digi­code». Le cour­ri­er ? Le fac­teur a le code et les clés des boites aux let­tres, qu’il se débrouille. Le ménage ? Une entre­prise vient une heure ou deux par jour, quelque­fois moins, et ses employés sous pres­sion doivent se dépêch­er de tout faire dans le temps qui leur est impar­ti. Qual­ité garantie ! Les loy­ers ? Les vis­ites d’appartements vacants ? Voyez avec l’agence. Les petits – ou grands – travaux col­lec­tifs ? Adressez-vous au syn­dic. S’il y a une panne d’ascenseur, ou une ampoule à chang­er, prenez votre mal en patience. Le syn­dic, il n’a pas que ça à s’occuper, de vos petits prob­lèmes. C’est même pour ça que vous payez si cher vos charges loca­tives : c’est un per­son­nage super impor­tant, et tou­jours très occupé, le syn­dic.

          Et bien mes­dames-messieurs fig­urez-vous que nos heureux amis portègnes (habi­tants de Buenos Aires) ont le bon­heur d’échapper à tout ça, et d’avoir con­servé, dans la plu­part de leurs immeubles, une per­son­ne en chair et en os, et en règle générale disponible et char­mante. Char­mant, devrait-on dire plutôt, car con­traire­ment à Paris, à Buenos Aires ce sont prin­ci­pale­ment des hommes qui occu­pent la fonc­tion.
          Eux aus­si habitent une loge, plus ou moins grande selon la générosité des con­struc­teurs et/ou des pro­prié­taires. Cer­tains y rési­dent à demeure, avec leur famille – quand c’est assez grand, donc – d’autres logent ailleurs. Car à la dif­férence de nos anci­ennes concierges, leurs col­lègues Argentins ne doivent pas être présents 24h sur 24. Dans la plu­part des cas, ils dis­posent égale­ment de leur week-end, au moins à par­tir du same­di midi. Dans ce cas, ils sont rem­placés, pour assur­er une per­ma­nence.

Bureau d’ac­cueil d’un immeu­ble de Buenos Aires

          Pour ce que j’en ai vu pen­dant mes dif­férents séjours, ce sont générale­ment des gens affa­bles, disponibles, accueil­lants et con­vivi­aux. Con­traire­ment à leurs anciens col­lègues parisiens, on les trou­ve facile­ment quand on a besoin d’eux. S’ils ne sont pas en train de tra­vailler dans les étages, vous les voyez dans le hall d’entrée, où ils dis­posent d’un petit bureau d’accueil. Sou­vent même, ils se tien­nent sur le pas de la porte, et tail­lent une bavette avec un locataire, un pas­sant, un voisin, ou le com­merçant d’en face. Cer­tains, très stylés, revê­tent un uni­forme impec­ca­ble, cos­tume som­bre, cra­vate, cas­quette, bou­tons dorés… En réal­ité, vous les ver­rez tou­jours habil­lés de deux façons dif­férentes selon le moment de la journée. Le matin, ce sont les travaux d’entretien, alors, tenue «ouvrière», pan­talon et veste de toile brune, ou bleue. L’après-midi, en général, ils sont de per­ma­nence dans le hall, et là oui, cos­tume «de récep­tion». Dans les deux cas, vous les recon­naitrez au pre­mier coup d’œil.

Concierge à son bureau

          Affa­bles et accueil­lants, sans l’ombre d’un doute, mais atten­tion, ils sont vig­i­lants. Pas ques­tion de laiss­er entr­er un intrus indésir­able dans l’immeuble, ils veil­lent au grain. Pour entr­er, il faut mon­tr­er pat­te blanche, sinon, vous pou­vez tou­jours courir. Avec eux, les locataires peu­vent être tran­quilles : il y a peu de chances qu’un démarcheur parvi­enne jusqu’à leur porte per­son­nelle. Mais bon, celui-ci peut tou­jours ten­ter sa chance en son­nant depuis l’extérieur : chaque immeu­ble est pourvu d’un inter­phone, Buenos Aires est une ville mod­erne. Mais même si le locataire vous a ouvert, atten­dez-vous à être inter­rogé au pas­sage !
          Disponibles, cer­taine­ment. Les habi­tants peu­vent tou­jours les sol­liciter en cas de besoin : les concierges portègnes sont très poly­va­lents, et capa­bles de faire face à tous les petits tra­cas du quo­ti­di­en rési­den­tiel. Évi­er bouché, volet coincé, ascenseur blo­qué (ennui fréquent dans la cap­i­tale argen­tine, où le parc d’ascenseurs a un cer­tain âge : beau­coup d’immeubles dis­posent encore d’ascenseur à grille !), le concierge portègne est là pour vous sor­tir de la panade. Il con­nait le quarti­er comme sa poche : n’hésitez donc pas à lui deman­der des ren­seigne­ments : où se trou­ve le meilleur restau du coin, un bon médecin, un den­tiste, quel bus pren­dre pour aller n’importe où, obtenir un taxi sans être obligé de marcher pen­dant une demi-heure, etc…

          Bref, nos amis portègnes ont bien de la chance. Dans notre monde chaque jour plus dés­in­car­né, ils sont l’indispensable présence humaine qui com­mence à sérieuse­ment man­quer dans notre envi­ron­nement sans cesse plus robo­t­isé. Nous par­lons tou­jours davan­tage à des machines, et trop sou­vent, nous man­quons d’interlocuteur en chair et en os, ce qui génère stress, énerve­ment, sen­ti­ment d’impuissance face aux petits prob­lèmes de la vie quo­ti­di­enne. Mais il y a de l’espoir : à Paris, depuis peu, on recom­mence à voir quelques concierges dans les immeubles, preuve de leur util­ité, et du désir gran­dis­sant des habi­tants de se dot­er d’interlocuteurs directs à l’intérieur de leur immeu­ble.

2. UN CONCIERGE PORTEGNE TEMOIGNE

          Pen­dant notre séjour à Buenos Aires, en 2020, j’ai eu la chance de ren­con­tr­er, dans l’immeuble où j’habitais, un concierge vrai­ment char­mant. Un homme aus­si gen­til que cul­tivé, et ce n’est pas sans nos­tal­gie que je me sou­viens de nos con­ver­sa­tions sur toutes sortes de sujets, et nos échanges sur nos cul­tures respec­tives. Il m’a même fait les hon­neurs de sa mai­son, et ne m’a pas lais­sé pass­er seul le réveil­lon de Noël, puisque son épouse et lui m’ont invité à partager leur repas ce soir-là, avec leurs deux grands enfants. Mal­gré la dis­tance, nous sommes restés en con­tact et nous échangeons presque quo­ti­di­en­nement. Il a accep­té de par­ticiper à cet arti­cle en répon­dant à mes ques­tions et en m’envoyant les quelques pho­tos qui l’illustrent. Je tiens à le remerci­er chaleureuse­ment de son ami­tié fidèle, et celle de toute sa famille. Les con­naitre est pour moi une fierté et une grande joie.

          Voici ci-dessous les répons­es qu’il a bien voulu faire à mes ques­tions.

Tu peux te présen­ter un peu, ain­si que ta famille ?
Je m’appelle Ben­i­to Romero, j’ai 55 ans. Dans ma famille, nous sommes qua­tre, avec ma femme et mes deux enfants (un garçon et une fille).

Tu es concierge depuis tou­jours, ou tu as tra­vail­lé ailleurs avant ?
Je suis concierge depuis 18 ans. Avant, j’ai tra­vail­lé pen­dant 18 autres années dans un com­merce.

En quoi con­siste ton tra­vail ?
Je m’occupe du net­toy­age et de l’entretien général de l’immeuble, je véri­fie le bon fonc­tion­nement des ascenseurs, de la dis­tri­b­u­tion d’eau, de l’électricité, je fais l’accueil, la dis­tri­b­u­tion du cour­ri­er, tout ce qui con­cerne le fonc­tion­nement nor­mal d’un immeu­ble.

Ben­i­to au tra­vail

Quels sont tes horaires de tra­vail ?
Je tra­vaille en horaire dis­con­tinu, le matin de 7 heures à 12 h et l’après-midi de 17 h à 21 h.

Qu’est-ce qui te plait dans ce tra­vail ?
Ce que j’aime, c’est surtout le con­tact per­ma­nent avec toutes sortes de gens, on ren­con­tre et on sym­pa­thise avec des gens de toutes con­di­tions sociales.

Tu es bien payé ? Sans dire com­bi­en tu gagnes exacte­ment, peux-tu au moins faire une com­para­i­son avec d’autres métiers ?
J’ai un bon salaire, qui me per­met de join­dre aisé­ment les deux bouts, d’autant qu’il s’améliore avec l’ancienneté. C’est un méti­er qui fait par­tie du milieu de l’échelle, en ter­mes de salaire, com­paré aux autres.

Il existe un syn­di­cat de concierges ?
En Argen­tine nous avons un syn­di­cat de concierge impor­tant et fort. Impor­tant en nom­bre d’adhérents et fort parce qu’il est respec­té, autant par les autres syn­di­cats que par les employeurs. Et c’est le seul syn­di­cat qui pro­pose une uni­ver­sité pour les enfants des employés.

Tu con­nais beau­coup d’autres concierges, dans ta rue, ton quarti­er ou ta ville ?
Nous sommes des gens très com­mu­ni­cat­ifs et socia­bles, dans le quarti­er nous nous con­nais­sons tous, on se voit dans la rue, au super­marché, chez le boulanger, devant l’école, nous for­mons ain­si une très belle com­mu­nauté.

Aimable dis­cus­sion devant l’en­trée

A Paris, les concierges ont peu à peu dis­paru dans les années 70–80. Il n’en reste pra­tique­ment plus aucun. Quelle est la ten­dance à Buenos Aires ?
A Buenos Aires c’est une cor­po­ra­tion qui tend égale­ment à dis­paraitre avec le temps, il y a de plus en plus d’endroits où le concierge qui part en retraite n’est plus rem­placé, ils font appel à des entre­pris­es de net­toy­age, le méti­er tend à s’externaliser.

Tu peux nous racon­ter une anec­dote con­cer­nant ton méti­er ?
Les anec­dotes que je pour­rais racon­ter ont trait aux enfants. J’adore les enfants, et je me sou­viens d’un cou­ple de jeunes qui avait loué dans l’immeuble. Quelque temps après, la femme était tombée enceinte, et avait don­né nais­sance à un petit que j’ai vu grandir jusqu’à ce qu’ils démé­na­gent, deux ans après.
Quelques mois plus tard, la son­nette de notre apparte­ment reten­tit, je réponds à l’interphone, et voilà que je recon­nais une petite voix famil­ière ! Ce jour-là, j’ai reçu un des plus beaux câlins de ma vie. En dépit du temps passé il se sou­ve­nait de moi ! L’affection et la ten­dresse de mon très jeune ami m’ont beau­coup ému, et aujourd’hui encore, en le racon­tant, je ressens beau­coup d’émotion.

Ben­i­to à son bureau

¿Buenos o malos aires?

Escrito el 22 de enero de 2020

          Es LA pre­gun­ta, cuan­do me inter­ro­gan sobre mi pasión por la cap­i­tal argenti­na. Y ya que no me gus­ta, cuan­do se me hace una pre­gun­ta, no saber qué con­tes­tar, ten­go la respues­ta prepara­da. ¿Lo que me gus­ta de Buenos Aires? Su alma, su ambi­ente, su atmós­fera.

          Ya. O sea, la típi­ca respues­ta cur­si, la fór­mu­la rim­bom­bante por exce­len­cia. El alma, la atmós­fera, esas pal­abras tan vacías que uno puede llenarlas con todo lo que le viene a la gana. Hay lugar. Pero sin embar­go… Sí que hay algo en el aire, en la atmós­fera, algo difí­cil de describir, pero que hace de Buenos Aires una ciu­dad que no se parece a ningu­na otra, bueno, den­tro de las que ya vis­ité, en Fran­cia o en otros país­es. Ya, ¿y entonces? ¿Qué? ¿Qué es lo que se puede enten­der detrás de esas pal­abras?

          Me lo pre­gun­to. Ya que en real­i­dad, por qué amo esta ciu­dad, si me paro un rato a reflex­ionar, en abso­lu­to no lo sé. Si me paro un rato a reflex­ionar, si me paro cin­co min­u­tos para medir sus encan­tos, lo que veo primero son sus defec­tos. Dicho de man­era des­or­de­na­da: es una ciu­dad demasi­a­do grande, rui­dosa, mal cuida­da, anárquica, imposi­ble de enten­der para el via­jero oca­sion­al, has­ta puede pre­sen­tar un ambi­ente hos­til a veces, en cier­tos bar­rios a cier­tas horas. Al con­trario de otras cap­i­tales más val­o­radas, como Paris o Lon­dres, mues­tra una cara total­mente dis­o­nante en cuan­to a la arqui­tec­tura. Per­mi­tieron los peo­res aten­ta­dos al buen gus­to, el van­dal­is­mo más sal­va­je con­tra la his­to­ria, jus­ti­fi­caron, has­ta alen­taron destruc­ciones irrepara­bles con­tra edi­fi­cios que nun­ca más podrán tes­ti­ficar del pasa­do sin embar­go tan apa­sio­n­ante de esta ciu­dad.

          Tomem­os de ejem­p­lo el bar­rio que mejor conoz­co puesto que resi­do aquí cuan­do voy a Argenti­na: La Reco­le­ta. Leer las guías, ver los doc­u­men­tales, siem­pre sale el mis­mo refrán: Reco­le­ta es “el bar­rio más parisi­no de Buenos Aires”. Bueno, no es que sea total­mente fal­so. Reco­le­ta es más parisi­no que San Nicolás, La Boca, Paler­mo, Bal­van­era… eso sí. Y mucho. Pero hay que rel­a­tivizar un poco. Depende de lo que uno entiende por “parisi­no”, claro.

          El nom­bre del bar­rio viene del francés: aquí los “Rec­ol­lets”, mon­jes fran­cis­canos que venían de Fran­cia, con­struyeron un con­ven­to a prin­ci­p­ios del siglo XVIII. Luego, hubo una ola de migración france­sa entre 1840 y 1850, una déca­da de fuerte inmi­gración gala. La úni­ca, puesto que la sigu­iente, entre 1890 y 1910 tra­jo sobre todo ital­ianos, ale­manes y europeos del este, sin hablar de los españoles, claro, siem­pre may­ori­tar­ios (Una curiosi­dad en cuan­to a la inmi­gración españo­la. Como den­tro de ellos fig­ura­ba un mon­tón de gente proce­dente de Gali­cia, per­maneció el apo­do: en Argenti­na, un inmi­grante español siem­pre lo cal­i­f­i­can de “gal­lego”).

          No se puede cues­tionar que Fran­cia dejo cier­tas huel­las arqui­tec­turales en el bar­rio, que todavía se pueden notar allí o allá, como por ejem­p­lo el Pala­cio Duhau o unos edi­fi­cios “hauss­ma­ni­anos”, (del barón Hauss­mann, quien tan­to influyo en el aspec­to actu­al de Paris durante el reino de Napoleón III), o “art déco”, ya que esta influ­en­cia france­sa se man­tu­vo has­ta 1930, más o menos.

          Pero la ver­dad es que Argenti­na es un país amer­i­cano, con todas sus cual­i­dades y todos sus defec­tos. Quiero decir que aquí la úni­ca regla en arqui­tec­tura, es… que no hay ningu­na regla. No existe un organ­is­mo como “Bâti­ments de France” en Argenti­na, para pro­te­ger el pat­ri­mo­nio arqui­tec­tur­al nacional.

         Los años 60 (años en que, además, gob­ernaron sobre todo mil­itares poco afi­ciona­dos a la piedra antigua), ansiosas de encon­trar espa­cio para la vivien­da, fueron dev­as­ta­do­ras. No se alzó nadie para defend­er los edi­fi­cios históri­cos. No sólo destruyeron mucho, pero tam­bién con­struyeron sin reglas, tan­to en lo que se refiere al esti­lo como en lo que se refiere a la altura o los mate­ri­ales uti­liza­dos. Así poco a poco la ciu­dad se vuelve un mero “patch­work” de con­struc­ciones het­erogéneas. Por ejem­p­lo, aveni­da Callao:

Y así se podrían mul­ti­plicar los “encon­tron­a­zos”.

          Así que no puedo, ver­dadera­mente, pre­tender que Buenos Aires sea “una ciu­dad lin­da”. Ni hablar de las veredas (cuida­do con los bach­es y las pla­cas que sobre­salen), tam­poco de los enormes con­tene­dores de basura en ple­na calle, o de las avenidas reple­tas de coches boci­nan­do (Buenos Aires cuen­ta con tan sólo una calle peaton­al, la Flori­da). No, no es por su belleza que amo a esta ciu­dad. Paris, Lon­dres, Madrid, Viena, son ciu­dades muchos más lin­das en cuan­to a su arqui­tec­tura. Ciu­dades cuyo pat­ri­mo­nio supieron preser­var, y donde no se per­mi­tió a los pro­mo­tores realizar masacres arma­dos de mar­til­los neumáti­cos y hormigoneras. Aunque ojo, inclu­so en Paris, si uno se pasea en la zona de la “Porte d’Italie”, por ejem­p­lo, se puede con­statar tam­bién como se per­pe­traron aten­ta­dos irrepara­bles…

          Cuida­do que no estoy pre­ten­di­en­do que Buenos Aires ya no tiene pat­ri­mo­nio. Que­da mucho, por suerte. Además des­de una déca­da hay una toma de con­scien­cia, y el tiem­po ale­gre de la fies­ta destruc­ti­va parece haber ter­mi­na­do. Sin embar­go ya es demasi­a­do tarde para algunos tesoros desa­pare­ci­dos. Se cometieron daños irre­versibles. No que­da nada por ejem­p­lo de los con­ven­til­los de San Tel­mo, que alber­garon los migrantes del fin de siglo XIX. Nada del primer puer­to de la ciu­dad, en La Boca, con­ver­tido en teatro para tur­is­tas, con sus casas pin­tadas y sus fal­sos bares de tan­go (Para el tan­go, ir has­ta Boe­do, menos osten­toso pero mucho más aut­en­ti­co).

          Bueno, entonces, ¿Aca­so nos va a escu­pir porque te gus­ta tan­to esta ciu­dad desven­ci­ja­da? Exac­ta­mente eso: sus cica­tri­ces, sus dolores, su nos­tal­gia para una his­to­ria cuyos tes­ti­gos ya fal­l­ecieron casi todos, su alma de ciu­dad heri­da, mar­t­i­riza­da, arru­ina­da, pero sin embar­go tan viva, tan ale­gre, tan opti­mista a pesar de las bru­tal­i­dades del tiem­po, de la economía y de la cor­rup­ción de sus elites políti­cas. O sea que lo que me gus­ta ante todo en esta ciu­dad son sus habi­tantes, los porteños. Los que ani­man a su alma, que mod­e­lan su ambi­ente, y calien­tan su atmós­fera.

 

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Para ilus­trar este artícu­lo, añadí una pequeña galería de fotos aba­jo. Inten­té ele­gir unas imá­genes rep­re­sen­ta­ti­vas de la arqui­tec­tura porteña.

(Todas las fotos son del autor del pre­sente artícu­lo)

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Pequeño panora­ma de la arqui­tec­tura porteña:

LA RECOLETA, esquina Jun­cal y Talc­ahuano:

LA PLAZA DE MAYO. A la izquier­da, el Cabil­do, en frente la cat­e­dral.

Aveni­da San­ta Fe:

SAN TELMO

Otra vez en SAN TELMO, calle San Loren­zo:

Aveni­da Cor­ri­entes:

Entra­da al « Camini­to », bar­rio de La Boca

En 1940 :

70 años más tarde:

LA BOCA para los tur­is­tas:

LA BOCA de los porteños:

PALERMO:

PUERTO MADERO:

La tien­da ingle­sa Har­rods, esquina de San Martín y Cór­do­ba. Aban­don­a­da des­de 1998:

PARQUE CHAS, bar­rio res­i­den­cial en el norte de Buenos Aires:

 

 

Y para ter­mi­nar, al voleo:

 

 

 

 

 

 

 

PV

Pourquoi aimer Buenos Aires ?

Rédigé le 22 jan­vi­er 2020

          C’est une ques­tion qui revient sou­vent, lorsqu’on m’interroge sur ma pas­sion pour cette ville. Comme j’ai hor­reur, en général, de ne pas savoir répon­dre à une ques­tion, j’en ai donc une toute prête pour celle-ci. Ce que j’aime de Buenos Aires ? Son âme, son ambiance, son atmo­sphère.

         Voilà bien une réponse qui sent la for­mu­la­tion toute faite, prête à l’emploi. «L’âme», «l’atmosphère», ces mots telle­ment creux qu’on peut y faire ren­tr­er tout ce qu’on veut, il y a de la place. Mais pour­tant… Il ya quelque chose dans l’air, dans l’atmosphère, juste­ment, dif­fi­cile à décrire, mais qui fait que cette ville ne ressem­ble à aucune autre, enfin, par­mi celles que j’ai eu la chance de vis­iter, en France et ailleurs. Alors quoi, hein ? Qu’est-ce qu’on peut met­tre de réel der­rière ces mots ?
Je me le demande sérieuse­ment. Parce qu’en réal­ité, pourquoi j’aime tant cette ville, si je réfléchis un peu, je n’en sais fichtre rien.

          Parce que si je me pose cinq min­utes pour l’observer dans tous ses atours, pour la regarder vivre dans tout son quo­ti­di­en, ce que je con­state d’abord, c’est qu’elle ne manque pas de défauts. Pêle-mêle : c’est une ville trop grande, sale, bruyante, assez mal entretenue, désor­don­née, incom­préhen­si­ble au voyageur de pas­sage, voire hos­tile par­fois, à cer­tains moments ou dans cer­tains quartiers. Con­traire­ment à d’autres cap­i­tales plus hup­pées, comme Paris ou Lon­dres, elle est totale­ment dishar­monique, archi­tec­turale­ment par­lant. On y a autorisé les pires atten­tats au bon goût, per­mis le plus sauvage van­dal­isme con­tre l’Histoire, jus­ti­fié, voire même encour­agé des destruc­tions irré­para­bles con­tre des bâti­ments qui ne pour­ront plus jamais témoign­er du passé pour­tant pas­sion­nant de cette ville.

          Prenons par exem­ple le quarti­er que je con­nais main­tenant le mieux : La Reco­le­ta. Con­sul­tez les guides, lisez les brochures, regardez les doc­u­men­taires, vous enten­drez tou­jours le même refrain : Reco­le­ta, c’est le «quarti­er le plus parisien de Buenos Aires». Ce n’est pas tout à fait faux : le plus parisien, cer­taine­ment. Plus parisien que San Nico­las, que la Boca, que Paler­mo, que Bal­van­era… Naturelle­ment. Tout dépend de ce qu’on entend par «parisien».

          Le nom même du quarti­er est d’origine française : c’est à cet endroit que les «Rec­ol­lets», moines fran­cis­cains venus de France, ont instal­lé un cou­vent au début du XVI­I­Ième siè­cle. Puis, sec­onde vague française vers 1840, décen­nie de forte immi­gra­tion gauloise. La seule, d’ailleurs, car ensuite, durant l’autre grande vague migra­toire européenne vers l’Argentine, entre 1890 et 1910, ce sont surtout les Ital­iens, les Alle­mands et les Européens de l’est qui sont arrivés. (Je ne par­le pas des Espag­nols, migrants per­ma­nents vers ce pays. C’est rigo­lo d’ailleurs : au XIXème siè­cle, c’était surtout des gali­ciens qui venaient, du coup le nom est resté. Pour un Argentin, un Espag­nol d’origine, c’est tou­jours un «gal­lego»).

          Il n’en est pas moins vrai qu’au cours du XIXème, la France a lais­sé une assez forte empreinte archi­tec­turale sur le quarti­er, dont il reste quelques traces mar­quantes, comme le Palais Duhau ou quelques immeubles effec­tive­ment «hauss­man­niens», voire art déco, car cette influ­ence s’est main­tenue jusqu’en 1930 à peu près.

          Seule­ment voilà : l’Argentine est un pays améri­cain dans toute sa splen­deur. Je veux dire par là que la seule règle qui vaille, c’est qu’il n’y en a pas. De règle. Pas de «Bâti­ments d’Argentine» comme il y a les «Bâti­ments de France», pour pro­téger le pat­ri­moine his­torique.

          Les années soix­ante (durant lesquelles, de sur­croit, dom­inèrent des gou­verne­ments mil­i­taires ultra-libéraux pas vrai­ment ama­teurs de vieilles pier­res), avides d’espace pour le loge­ment, ont été dévas­ta­tri­ces. Et per­son­ne pour défendre les édi­fices his­toriques. Non seule­ment on a beau­coup démoli, mais on a con­stru­it sans règle, donc. Ni pour le style, ni pour les hau­teurs, ni pour les matéri­aux. C’est ain­si que peu à peu, la ville s’est retrou­vée totale­ment «mitée», ne for­mant plus qu’un vilain patch­work de con­struc­tions hétéro­clites.

          Tenez, par exem­ple, sur l’avenue Callao :

Pho­to PV

          On pour­rait mul­ti­pli­er les exem­ples d’ «encon­tron­a­zos», comme on dit ici, de chocs de cul­ture.

          Alors non, je ne peux pas pré­ten­dre que Buenos Aires soit une belle cap­i­tale. Ne par­lons pas des trot­toirs (gaffe aux trous et aux plaques descel­lées), des con­teneurs à poubelles énormes, le long des rues, et qui débor­dent, et des avenues livrées aux voitures (une seule pau­vre rue pié­tonne dans le micro-cen­tre : la rue Flori­da). Ce n’est pas pour sa beauté que j’aime tant cette ville. Paris, Lon­dres, Madrid, Rome, Vienne, sont des villes bien plus belles archi­tec­turale­ment par­lant. Des villes où on a su préserv­er le pat­ri­moine, et où on n’a pas per­mis partout que des pro­mo­teurs mas­sacrent l’histoire à coup de marteaux-piqueurs et de béton­nières. (Je dis bien «pas partout», parce que si on va faire un tour du côté du quarti­er de la Porte d’Italie à Paris, hein…)

          Atten­tion cepen­dant : je ne suis pas non plus en train de dire que Buenos Aires n’a plus de pat­ri­moine. Il en reste quand même pas mal, heureuse­ment. Et depuis une dizaine d’années, une prise de con­science a eu lieu, et le joyeux temps du n’importe sem­ble ter­miné.

          Mais hélas, des dégâts irréversibles ont été com­mis. Il ne reste plus rien, par exem­ple, des con­ven­til­los de San Tel­mo, qui abri­taient les émi­grants du début du XXème. Plus rien non plus du pre­mier quarti­er por­tu­aire, trans­for­mé en guig­nol à touristes avec ses maisons peintes et ses fauss­es boites à tan­go. (Pour le tan­go, allez voir à Boe­do, c’est moins pim­pant, mais bien plus authen­tique).

          Alors quoi, qu’est-ce que tu aimes tant, de cette ville déglin­guée ? Ben juste­ment ça : ses cica­tri­ces, ses douleurs, sa nos­tal­gie pour une his­toire dont on a tué tous les témoins, son âme de ville blessée, mar­tyrisée, enlai­die, mais pour­tant telle­ment vivante, telle­ment gaie, telle­ment opti­miste en dépit des bru­tal­ités du temps, de l’économie et de la cor­rup­tion de son per­son­nel poli­tique. En somme, ce que j’aime de Buenos Aires, surtout, ce sont les Portègnes, comme s’appellent ici les habi­tants. Et qui font… son âme, son ambiance et son atmo­sphère.

          Pour illus­tr­er mon pro­pos, vous trou­verez ci-dessous en annexe une petite galerie pho­tos, où j’ai essayé de vous présen­ter les divers­es facettes de l’architecture portègne !

          (Toutes les pho­tos sont du rédac­teur de cet arti­cle)

 

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GALERIE PHOTOS : petit tour d’hori­zon archi­tec­tur­al.

La Reco­le­ta, au coin des rues Jun­cal et Talc­ahuano :

Plaza de Mayo. A gauche, le Cabil­do, en face, la cathé­drale :

Avenue San­ta Fe :

San Tel­mo :

Tou­jours dans San Tel­mo, rue San Loren­zo :

Avenue Cor­ri­entes :

L’en­trée du Camini­to, quarti­er de La Boca :

En 1940

70 ans plus tard

La Boca pour les touristes :

 

La Boca au naturel :

 

Paler­mo :

Puer­to Madero :

Le mag­a­sin anglais Har­rods, au coin de la rue San Martín et de l’avenue Cór­do­ba. Friche com­mer­ciale depuis 1998 :

Par­que Chas, quarti­er rési­den­tiel au nord de Buenos Aires :

 

 

Et un petit « pêle-mêle » au hasard des rues, pour finir :

Hablar el argentino

          Uno puede hablar un español per­fec­to, inclu­so sin el mín­i­mo acen­to de su país de ori­gen, al lle­gar por primera vez en Buenos Aires, nadie se va a equiv­o­car. Todo el mun­do se per­catará de que no viene de “acá”, como dicen en vez de “aquí”. A lo mejor, van a pen­sar que viene de España, y ya es todo un elo­gio. Pero lógi­co: los europeos apren­demos el español de España. Los suramer­i­canos en gen­er­al, y los argenti­nos en par­tic­u­lar, hablan el “castel­lano”. Tam­bién lógi­co: era el idioma de los primeros colonos. Claro que los españoles tam­bién hablan el castel­lano, pero ya no es más que una for­ma de dis­tin­guir ese idioma de los demás idiomas regionales, como el catalán, el gal­lego o el asturi­ano. El castel­lano se volvió el idioma de todos los españoles. O sea, el español. Pero los suramer­i­canos no son españoles. Así que ellos siguen hablan­do el castel­lano. Está claro además que castel­lano y español evolu­cionaron de man­era bas­tante dis­tin­ta. Has­ta for­mar dos idiomas muy pare­ci­dos eso sí, pero al mis­mo tiem­po muy dis­tin­tos. No sé si me expli­co bien.

          En Améri­ca influyeron en el idioma muchas aporta­ciones aje­nas. Empezan­do, como es de supon­er, por los pueb­los orig­i­nar­ios: incas, mayas, aztecas, pero tam­bién guaraníes, quechuas, aymaras, mapuch­es, pam­pas, etc… Y luego, todos los inmi­grantes, sobre todo europeos. No sólo apor­taron su propia cul­tura, sino tam­bién su man­era de hablar, y su pro­pio vocab­u­lario.

          Argenti­na acogió al mun­do entero, o poco menos. Europeos, africanos, asiáti­cos, por una parte, y otros amer­i­canos, luego, por otra parte. Los primeros lle­garon sobre todo has­ta el prin­ci­pio del siglo XX, los demás, sobre todo paraguayos, boli­vianos, uruguayos, en la actu­al­i­dad. El gran campeón de las migra­ciones “argenti­nas” es sin duda el ital­iano. Son los ital­ianos, al fin y al cabo, quienes dejaron la huel­la más pro­fun­da en la cul­tura argenti­na. Has­ta tal pun­to que muchas veces oí decir que “los argenti­nos son ital­ianos hablan­do español”. O, hablan­do sólo de idiomas, que el castel­lano es un ital­iano dis­fraza­do de español. No es por casu­al­i­dad que el “Lun­far­do”, esa jer­ga porteña, viene direc­ta­mente del ital­iano napoli­tano.

Unos ejem­p­los de pal­abras en lun­far­do — Foto DP

          Y parece una evi­den­cia: los argenti­nos hablan en español, pero como lo haría un ital­iano. Mis­mo tono de voz, mis­mo lengua­je cor­po­ral, mis­mo vol­u­men. Mis­ma man­era de insi­s­tir en las sílabas acen­tu­adas, mis­ma neg­a­ti­va a pro­nun­ciar cor­rec­ta­mente las “z” y las “c” delante de los vocales. El argenti­no no habla con la lengua entre los dientes. Coser y cocer se pro­nun­cian igual, lo que fas­tidia a los españoles. Otra difer­en­cia, pero esta vez los españoles no se enfadan, sino que se ríen, es esta man­era de pro­nun­ciar las “y” y las “ll”. Algo como la “x” en asturi­ano, casi una “ch”, como en “Xurde”, o en “Xavi”. Algo de que, des­gra­ci­ada­mente, este tex­to no puede dar cuen­ta.

          Sin hablar del vocab­u­lario. Las par­tic­u­lar­i­dades amer­i­canas no con­tribuyen poco a la riqueza del dic­cionario español. Y es que hay muchas. Por ejem­p­lo, una cha­que­ta españo­la es un saco en Argenti­na. Una fal­da en Madrid es una pollera en Buenos Aires. No intente encon­trar melo­co­tones en un mer­ca­do argenti­no: sólo encon­trará duraznos. Inútil pedir un bil­lete de tren cuan­do sólo venden bole­tos. No que­jarse del mal esta­do de las aceras porteñas: no hay más que veredas, de todas man­eras. No protes­tar cuan­do el camarero le pro­pone fac­turas para desayu­nar: se tra­ta sólo de bollería. Bollería con­sti­tu­i­da de medi­alu­nas en vez de “crois­sants” sin duda demasi­a­dos france­ses. Y al mar­charse de la cafetería, no lla­mar al mozo con el tradi­cional “¿me cobras por favor?”, pedir la cuen­ta, sen­cil­la­mente.

          Y sólo son unos ejem­p­los, claro. No pre­tendo ten­er una cien­cia académi­ca en este ter­reno, fal­taría mucho. Mi niv­el de castel­lano argenti­no todavía que­da muy bajo. En Buenos Aires todo el mun­do se daba cuen­ta de que no era más que un mero europeo hablan­do español. Bas­tante bien, eso sí, pero hablan­do el español de España, con un acen­to indefinible, aunque sin lugar a dudas no español.

          Lo más diver­tido aho­ra, al volver a Europa, es que mis ami­gos asturi­anos se burlan de mis con­fu­siones. Fin­gien­do irri­tarse. Es que después de cua­tro via­jes a Argenti­na, y muchos, muchos más, a Asturias, ya no hablo español ni castel­lano, sino una pobre mez­cla de los dos. Aunque no sé decidir si “pobre” o “rica”. Pero sí sé que me fal­ta mucho todavía para saber mane­jar bien los dos idiomas en todas cir­cun­stan­cias. Sin mezclar­los.

Para ir más lejos :

Cómo hablan los argenti­nos : cor­to video de 3’41 sobre par­tic­u­lar­i­dades emblemáti­cas
https://www.youtube.com/watch?v=9U_HCP-FVSU

Lun­far­do : cómo hablar el slang de los argenti­nos. Video de 8’25 ani­ma­do por dos argenti­nas muy sim­páti­cas. Se pre­sen­ta como un pequeño dic­cionario de lun­far­do.
https://www.youtube.com/watch?v=4p8SuPSMEx4

¿Puedes adiv­inar los acen­tos his­panos? Un poco de diver­sión (6’17)
https://www.youtube.com/watch?v=-hJgDufbBO0

¡Y estos videos sólo rep­re­sen­tan una parte de los que podrán encon­trar en la red!

Sobre una pared en Salta — 2016 — Foto PV